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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cárcel o Infierno: La Realidad IV

Cárcel o Infierno: La Realidad IV (4-4)


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viernes, 6 de diciembre de 2013

PEDOFILIA: MEA MAXIMA CULPA








La pantalla del siglo

Mea maxima culpa

Annemarie Meier

Hay películas que uno no va a ver para divertirse sino para informarse y aprender. Son películas que pueden doler pero son necesarias. Tal es el caso de Mea máxima culpa: Silencio en la casa de dios, documental que encontró distribuidor en México mientras que en otros países no llegará a las salas de cine. El realizador de Mea máxima culpa: Silencio en la casa de dios (2012) es Alex Gibney, experimentado documentalista estadunidense que cuenta con una filmografía de más de veinte documentales en los que muestra, describe y denuncia todo tipo de problemas desde el fracaso del sueño americano, la corrupción en empresas y la política, la tortura en las cárceles y los abusos de poder. Acaba de estrenar The Armstrong Lie en el que sigue el caso del exitoso  ciclista que después de subir a las nubes cayó al infierno del rechazo generalizado. 

En Mea máxima culpa: Silencio en la casa de dios, Gibney trata el tema de los casos de pederastia por parte de miembros del clero católico, en especial la de un sacerdote en un hogar para niños sordo mudos en Milwaukee, Wisconsin. A la pregunta por los motivos que lo movieron para abordar justamente este caso de abuso de niños, Gibney contestó: “Soy católico y tuve una educación católica: Por eso mismo la historia me movió profundamente. Hubo varias historias sobre abuso pero para mí fue importante seguir este caso hasta la cúspide”. (Entrevista en la televisión alemana Das Erste, 7 de julio 2013)

El caso de niños abusados que Gibney menciona en la entrevista para la televisora alemana, fue el centro de una amplia investigación y se convirtió en la espina dorsal del documental. Gibney “ da voz” – o mejor: “cede la imagen” - a un grupo de hombres sordomudos quienes narran en lenguaje de señas, cómo durante su estancia en St. John, hogar para niños sordomudos, sufrieron abuso. St. John, un edificio de tipo castillo medieval en medio de jardines, atendido por monjas y padres católicos. Entre las niñas y niños el padre Lawrence Murphy era el más popular puesto que dominaba el lenguaje de señas y acompañaba a los pequeños en sus actividades educativas, deportivas y de ocio. Doblados por voces, los hombres narran con manos y gestos cómo el padre empezó a molestarlos, cómo el abuso se convirtió en un trauma que los marcó de por vida. También cuentan cómo, al denunciarlo, primero con autoridades eclesiásticas y después civiles, obtuvieron poca respuesta. Gibney menciona en la entrevista a la televisión alemana que su investigación llegó hasta la cúspide, también las víctimas treparon la jerarquía eclesiástica y jurídica para denunciar los casos, hablaron con sacerdotes, escribieron cartas al arzobispado, al Vaticano e incluso al papa Juan Pablo II en Roma. Como no tuvieron respuesta emprendieron campañas de denuncia pública e incluso buscaron y se enfrentaron con el padre Murphy ya retirado para reclamar su castigo.      

Con las narraciones de las víctimas, material de archivo, fotos familiares, escenas recreadas y tomas de los habitantes de St. John, niños sonrientes haciendo deporte, jugando o estudiando, el filme teje un relato complejo. Las secuencias – o capítulos - con imágenes de espacios religiosos y rituales católicos, forman un discurso paralelo que muestra la belleza de iglesias y conventos. Son planos fijos y coreografías coloridas de las ceremonias de religiosos y creyentes. Es un mundo perfectamente estructurado, altamente estético y significativo. A través de las narraciones de las víctimas y las voces de expertos, investigadores, terapeutas y religiosos, se muestra, sin embargo, un sistema cerrado en sí y movido por leyes petrificadas que callan, silencian y tabuízan lo que llega desde afuera. Para no tratar el caso de pederastia en St. John como caso aislado, el filme aborda, aunque de manera lateral, los casos de los sacerdotes en Irlanda y el del mexicano Marcial Maciel. Con cuidado Gibney invita al espectador a no confundir los asuntos de la religiosidad y la fe con los casos de sacerdotes pederastas y su exculpación, o incluso justificación, tema que comentan varios de los personajes entrevistados.  

Mea culpa: silencio en la casa de dios es un documental impactante realizado a partir de una profunda investigación, complejo en su estructura, con un ritmo y una progresión dramática perfectamente calculadas. Le sugiero completar el filme estadunidense con el mexicano Agnus Dei: Cordero de Dios de Alejandra Sánchez. El excelente documental mexicano que se puede ver en línea, merece una reseña aparte. Por cierto, mi próxima columna saldrá dentro de quince días.  

annemariemeier@hotmail.com

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Fuente:  http://www.milenio.com/firmas/annemarie_meier/Mea-maxima-culpa_18_187961251.html

martes, 13 de agosto de 2013

OPERACIÓN MIRANDA: LAS PELÍCULAS SNUFF DE LEONARD LAKE Y CHARLES NG





OPERACIÓN MIRANDA: LAS PELÍCULAS SNUFF DE LEONARD LAKE Y CHARLES NG

Autor: FUNDAMERCED


                                                     

      Leonard Lake y Charles Ng son dos asesinos en serie. Ambos tuvieron una infancia difícil y provenían de hogares disociados, ambos fueron huérfanos a edades tempranas; estas carencias características quizás expliquen el que hayan delinquido. Pero no las justifican; de ser así, deberíamos entonces clausurar todos los recintos penitenciarios y no apresar a nadie más. Todo delincuente tiene en su pasado y quizás hasta en su propio genotipo, una razón para delinquir; sin excepción. Deberíamos más bién darle entonces  una palmadita a todo delincuente, en vez de segregarlos para impedir sigan delinquiendo, lo cual socialmente es absurdo y ridículo.

       Leonard Lake perdió a su madre a los seis años de edad, y coincidencialmente comenzó a mostrar signos de sadismo: En la escuela, en vez de limitarse a diseccionar ofidios y batracios como todo estudiante, procuraba eliminarlos, dando así muestras de sadismo: Los eliminaba usando ácidos. Su gran pasión fue verlos retorcerse, mientras eran consumidos por la acción del ácido; tenía una brutal afición. Mientras tanto, Charles Ng, también huérfano y prepúber, se dedicaba a molestar a sus compañeros de clases, bulliándolos, llegando al extremo de incendiar a su propia escuela, hecho por el cual fue suspendido. Sin embargo, ambos eran unos niños, unos angelitos, y nadie quiso advertir que ese sadismo y esa violencia son signos de proclividad criminal. Por supuesto, pasaron los años, y esa inadvertencia les permitió a ambos convertirse en asesinos en serie.                                                    
                     Del mismo modo, esa misma inadvertencia permitió años luego que ambos sujetos se aliaran, unidos por su pasión por las armas y por los actos sádicos, convirtiéndose así en cómplices y en asesinos en serie. Secuestraron entre 25 y 50     personas, entre hombres, mujeres y niños; asesinaron a la mayoría, reservándose sólo a las hembras; las utilizaban como una especie de pareja sexual desechable; apenas se hastiaban de mantener relaciones sexuales con esas mujeres, las eliminaban, asesinándolas; no mediaba amor ni odio, sólo fastidio.

     Inspirados por una novela, “El coleccionista de huesos”, de John Fowles, construyeron un bunker, para alojar  a sus víctimas, a quienes siempre pretendieron esclavizar sexualmente, mientras filmaban sus actos depravados. El bunker fue construído en Wilseyville, California; y allí la policía incautó un inmenso material gore y snuff, cuándo los atrapó. Ya estaba en pleno desarrollo la “Operación Miranda”, nombrada así en honor a la víctima de la novela ya referida.

    Como parte de la Operación Miranda, estos depravados filmaron a sus víctimas femeninas, a quienes indistintamente llaman  “Señora M”: Captan el  tormento que sufrieron, para su posterior visualización. Después de la incursión del bunker de éstos, la policía recuperó las cintas que los asesinos en serie habían filmado. El contenido de las cintas se filtró y las podemos encontrar hasta en Youtube. No es “crimificción”, como algunos ignorantes podrían suponer; es historia, es realidad.

   Las mujeres víctimas de Leonard Lake y Charles Ng pasaron por el propio infierno mientras estuvieron encerradas en un bunker construído especialmente para torturar, las cintas Operación Miranda no contienen nada de eso. Leonard Lake y Charles Ng violaron y torturaron a sus víctimas mujeres antes de asesinarlas y quemando sus cuerpos, pero sin violarlas; sólo se refleja la tortura; no las filmaron mientras la violaban. Todo el registro fílmico está centrado en  la tortura psicológica, pero eso es todo, además de la “filosofía” del propio Leonard Lake.

    Las víctimas en las cintas parecen muy relajadas. Brenda O'Connor siente sólo curiosidad  por saber el paradero de su bebé; y Kathleen Allen parece que no podía esperar ninguna tortura; pero ello no implica que no hayan sido torturadas ni asesinadas, pues en realidad fueron torturadas, violadas y torturadas. Así lo confirman sus respectivos cadáveres.

    También hay rumores de que las torturas reales fueron registradas en cintas snuff, y que Leonard Lake las vendió por una  gran suma de dinero. De ser cierto, tendría mucho sentido; los asesinos sometieron a las niñas a tortura sistemática, las violaron y las mataron, ¿por qué no grabar y sacar provecho?  Ninguna de esas cintas han sido  recuperadas, supuestamente, por lo que el rumor sigue siendo un rumor. Para dilucidar la duda, sólo restaría que quién tenga por ahí  un video de lo que realmente sucedió en Wilseyville, las distribuya, compartiéndola, así exija a cambio un montón de dinero, las cuales ya seguramente distribuyó.




   Moraleja: La Realidad esta allí, ante nuestros ojos, no en los libros ni en los datos consensuados; la Ciencia afirma que los objetos más pesados que el aire no pueden volar, pero alguién que ignoraba existía ese axioma científico, voló el primer avión planeador; la Ciencia también afirmó que las rocas no podían caer desde arriba, desde el cielo, y ahora sabemos que hasta los dinosaurios perecieron por un meteorito caído en Yucatán….¿que nos queda?  Ahhhh….que el bullying o  violencia escolar es sólo eso, rubieras…cosas de muchachos…conducta disruptiva…en vez de una nueva faceta del fenómeno criminal.

    Los criminológos debemos trabajar no en entelequías, ni en datos consensuados;, debemos trabajar respecto a aquello que constituya un comportamiento socialmente inaceptable...debemos romper paradigmas, crear un nuevo paradigma...para así situarnos en esta nueva sociedad, una sociedad globalizada. 
                                                
                                          

martes, 6 de agosto de 2013

Criminogénica: Nuevo paradigma criminológico



LA PUNTA DEL ICEBERG:

Contra los sofistas: "Criminogénica", un nuevo paradigma criminológico


Autor: Fundamerced
Apología de Sócrates

         Sócrates fue un crítico acérrimo de todos aquellos quienes no hacían más que repetir lo afirmado por otros, sin aportar siquiera nuevo conocimiento y sin analizar siquiera esa afirmación, para contrastarla, pero para depurarla y obtener así un dato más acertado; y en la Criminología abundan quienes así actúan, cómo en cualquier otra disciplina científica. Sí está de moda la lobotomía, hasta un Nobel confieren al creador de la técnica; sí está de moda suponer que el delincuente es un ser atávico con rasgos simiescos, colman de honores al creador de la teoría; y así, hasta el infinito. El problema sobreviene cuando esa técnica o esa teoría caen en desgracia, pero un problema para los seguidores de esas técnicas o de esas teorías; no un problema para la Ciencia.                                            
Practicando lobotomía
                                                    
         Afortunadamente, el dato científico debe ser verificable, universal, objetivo. La Ciencia no está sujeta a caprichos, ni puede estar condicionada por creencias ni por  prejuicios ni por opiniones personales, aún cuándo esté sujeta a lo que Thomas S. Kuhn denomina paradigmas.
         En líneas generales, un paradigma es un modo de pensar, un modelo; y en el campo científico, paradigma es el conjunto de modelos o modos de pensar compartidos por los miembros de una comunidad científica, para determinar cuál es el objetivo y cómo debe ser observado, cuáles son las interrogantes a ser formuladas para hallar respuestas respecto a las incógnitas planteadas y cómo deben ser interpretados los resultados obtenidos.
         De este modo, tomando como ilustración un ejemplo dado por el propio Thomas S. Kuhn, la precesión de los equinoccios, en su libro “La Revolución Copernicana” (Ediciones Orbis,  1984, Volumen  II, Barcelona, España), sí observamos que el polo celeste se desplaza 0,5° cada siglo alrededor de las estrellas que se encuentran en el polo de la elíptica, formando una especie de circulo, y que esa trayectoria circular tarda 26.000 años para ser completada; ocurre que ese hecho será interpretado de modo diverso dependiendo del paradigma aplicable:  Sí fuese el ptolemaico, para interpretarlo eficazmente agregaríamos unas especies de esferas para explicar el fenómeno, pues supondríamos que la Tierra ocupa el centro del Universo, y todos los demás elementos celestes giran a su alrededor gracias a la existencia de una esfera u órbita en particular; una para la Luna, otra para el Sol, otras para las estrellas y los planetas, para un total de ocho; la novena la ocuparía esa precesión de los equinoccios.  Las distinguiríamos por sus velocidades respectivas, unas rotan en 23’ 56’’, otras en 26.000 años.  No obstante, pese a ser un dato inválido, incierto y falso, así fue pregonado por siglos desde todas las cátedras académicas, pues así estaba en los libros, y se supuso como válido hasta ser desvirtuado.
         Empero, nos ocupamos de la violencia, del mobbing.  La Criminología se ocupa de una tríada*: Delincuente, delito, control social.  En cambio, nosotros nos ocupamos de la exacerbación de la agresividad, de la violencia, y desde ese rasgo procuramos aprehender entonces la etiología del fenómeno criminal, buscar sus causas.  No andamos por allí repitiendo lo que pudiésemos haber leído en los libros: 
         Desde Lombroso hasta ahora, son innumerables las investigaciones que se han realizado en el campo de la Criminología, y ninguna pareciera haber resuelto la cuestión de fondo, qué es diferenciar y distinguir netamente al delincuente del no-delincuente; en cambio, se ha dejado avasallar por otras disciplinas científicas que hasta nos señalan a quienes debemos considerar delincuentes y a quienes no, cómo es el caso de los psicólogos y psiquíatras, avalados por un Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales (DSM*, por sus siglas en inglés), cuya validez se encuentra en entredicho y sumamente cuestionada:
         Son ficticias algunas de las enfermedades catalogadas en el DSM, cómo es el caso del Trastorno de Déficit de Atención por Hiperactividad (TDAH*); asimismo, los criterios diagnósticos parecieran obedecer más bién a los intereses de las industrias farmacéuticas y no al de los pacientes, para así eternamente recetarles medicamentos que pudiesen resultar hasta adictivos, cómo es el caso del metilfenidato*; del mismo modo, por incluir y excluir comportamientos dentro del catálogo casí arbitraria y caprichosamente, por no sujetarse cabalmente a un riguroso método científico, cómo es el caso de los trastornos alimenticios, los trastornos por duelo, etc., y cómo es el caso de los pedófilos*, los sadomasoquistas y un sin fin  de orates que deambulan por nuestras calles asegurando que están cuerdos, por qué así se lo dijo su psiquiatra.  
         De modo pues, tenemos ante nosotros una realidad; pero también tenemos ante nuestros ojos unas gríngolas que nos impiden verla en toda su dimensión, entorpecida además por una errónea interpretación de los Derechos Humanos en cuanto a su aplicación, por cuya causa ni disciplinar se puede a los individuos. Ese es el origen de la violencia que vivimos cotidianamente en nuestras sociedades: 
         A la mayor o menor capacidad del sujeto para refrenarse a sí mismo, por lo cual fluye entonces libremente todo egocentrismo en la misma proporción de esa incapacidad suya para refrenar su agresividad, siendo indiferente afectivamente en mayor o en menor medida todo los demás excepto uno mismo, y pasando de un estado anímico a otro, al modo de unas caretas o máscaras, usadas cuándo pasamos de un rol social a otro: Una cuándo depredamos, otra cuándo nos interrelacionamos pacíficamente en nuestros propios circulos sociales, conviviendo con familiares, amigos o compañeros en nuestro sitio de trabajo. Esta es la base y el fundamento de la teoría de la personalidad criminal.
         Por tanto, la Criminología debería aprehender la totalidad de la realidad del fenómeno criminal, no parcialidades ni pequeñas parcelas de ésta; asimismo, debería definir por sí misma cuál es su objeto, sin aguardar a que otros se lo definan; en estas cuestiones radicaría el cambio paradigmático.  Recientemente un pedófilo nos aseguró que él era un pedófilo "casto" y "virtuoso", y fue cuándo caímos en cuenta qué esas supuestas castidad y virtuosidad sólo podrían sostenerse sí nadie acusaba a ese pedófilo de haber cometido un acto pederástico: Sí nadie lo acusaba de pederasta, era entonces un santo pedófilo.  En consecuencia, para mantenerse casto y virtuoso era necesario que ese pedófilo se garantizase de cualquier modo el silencio de su víctima, comprándolo, o eliminándola. Simple, una de dos opciones. Pero un criminólogo se enterará de qué alguién es pedófilo cuándo así sea diagnosticado clínicamente, cuándo éste haya permanecido durante seis meses en constante excitación sexual pedófila, quizás hasta satisfaciéndola materialmente, pues de otro modo no podría ser catalogado clínicamente como pedófilo conforme al DSM.
         Empero, la realidad opera con total prescindencia de los criterios diagnósticos del DSM; será pedófilo todo aquél que ejecute un acto pederasta*; los pedófilos castos no existen, así como tampoco existen los pedófilos virtuosos; existen sí, pedófilos que no han sido denunciados por la comisión de actos pederásticos, y otros que efectivamente han sido denunciados como pedófilos pederastas. Es carente de sentido y de toda validez la distinción que en psiquiatría pretende establecerse respecto a los pedófilos castos y virtuosos y los pedófilos pederastas, sublimando* a unos en desmedro de otros; la distinción implica sólo la existencia de alguién que testifique en contra, de alguién que pueda destruir con su testimonio la “castidad” y la “virtuosidad” del pedófilo.
         Por supuesto, sí vemos el caso del Kent y la Barbie* canadiense  esa consecuencia salta a la vista: Sí una de las  víctimas de Paul Bernardo no escapa y sobrevive al cautiverio y las torturas sexuales a las que estaba sometida, y sí la propia cómplice de éste no lo delata ante la policía, Paul Bernardo siguiese conviviendo tranquila y placidamente entre sus vecinos y ni siquiera sería considerado un pedófilo ni un pedófilo pederasta, cómo también lo estaría haciendo el Monstruo de Cleveland, Ariel Castro, el sujeto enjuiciado y condenado recientemente por secuestrar y mantener como esclavas sexuales a tres jóvenes durante años. La Criminología debe definir por sí misma cuál es su objeto de estudio; afirmar qué es el delincuente resulta vacuo.
         Igualmente, debe definir por sí misma cómo interpretar esa realidad que aprehende; nosotros afirmamos que la violencia escolar, el bullying, es una nueva faceta del fenómeno criminal, pero no pasa de ser una mera opinión nuestra. No obstante, correlacionar las desapariciones de individuos con el turismo sexual y las películas snuff resulta elemental, evidente; no es una mera opinión nuestra, es algo que salta a la vista.
         Sin embargo, la Ciencia Oficial afirma que efectuar esa correlación en particular constituye una muestra de desinformación; las desapariciones parecieran no estar relacionadas ni con el turismo sexual ni con las películas “snuff”; habrá que preguntarles entonces a los pedófilos pederastas, pues los muertos no hablan, a no ser que su muerte haya sido registrada mediante video, cómo es el caso de las niñas de Alcácer*. Esperamos equivocarnos; sin embargo, esa correlación es correcta. Es cómo descubrir que sumar dos más dos es igual a cuatro, o que el Sol sale por el Este.
         Así pues, para no extendernos más, suponemos que el nuevo paradigma en Criminología será el “criminogénico”: Hallar la acción que impida la existencia del fenómeno criminal, un elemento que pudiese estar en el proceso de socialización del individuo. La violencia está en cada uno de nosotros; quizás la sociedad sea criminógena, como afirmó Pinatel, pero la violencia está en cada uno de nosotros, y no casualmente en nuestros genes; por consiguiente, será desde allí desde dónde podríamos evitar surja esa violencia que a su vez genera al fenómeno criminal. 

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lunes, 5 de agosto de 2013

Desapariciones, películas snuff y pedofilia



LA PUNTA DEL ICEBERG: Desapariciones, películas snuff y pedofilia
Autor: Fundamerced

         Constantemente aparecen en las noticias denuncias sobre casos de desapariciones de personas, en un número alarmante. Por lo general, quienes desaparecen jamás aparecen, a no ser que aparezcan muertos, tiempo luego; sin embargo, mientras no aparezcan muertos, sus familiares y allegados suponen que quién desapareció está vivo, y que está en cualquier lado, viviendo su vida.   Sin embargo, en el caso de infantes o adolescentes, esta suposición es bastante cándida e inocente:   Es ridículo suponer que un infante o un adolescente ha desaparecido,  para rehacer su vida en otro sitio.
         En el caso de adultos que desaparecen, esa suposición hubiese sido válida en otros tiempos: Al desaparecer, podían rehacer su vida ocultando hasta su nombre, u ocultándose en remotos e inaccesibles sitios o parajes. Sin embargo, en la actualidad, esa posibilidad resulta bastante difícil, con todos los controles migratorios existentes, los avances respecto a detección de identidad (huellas, rasgos fisonómicos, registros dentales, ADN, etc.), los avances tecnológicos existentes que permiten rastrear y localizar individuos apenas utilizan determinados dispositivos para comunicarse o realizar transacciones mercantiles (teléfonos móviles celulares, tarjetas bancarias, etc.) y, en fin, a la mayor conectividad existente en nuestras sociedades globalizadas. Parece poco probable que alguién pueda esconderse u ocultarse indefinidamente, pasando desapercibido o sin ser descubierto; del mismo modo, parece poco probable que alguién pueda esconder u ocultar indefinidamente a otra persona, sin ser descubierto.
         En días recientes, la prensa ha publicado noticias sobre redes de pederastas que han sido desarticuladas por la policía; asimismo, se han publicado noticias sobre innumerables grupos de personas rescatadas, raptadas con fines de explotación sexual, incluída la pornografía.
         Ahora bién, analizando someramente la cuestión, resulta que esa pornografía necesariamente no tiene que ser esa pornografía comercial que es exhibida comúnmente, mucho menos sí se trata de pornografía infantil, y mucho menos sí su contenido implica la perpetración de algún crimen, cómo podría ser el homicidio.
         De allí que ya no nos estaríamos refiriendo a aquellos casos de pedofilia pederástica que implique la muerte de la víctima para silenciarla; no, es algo mucho más grave; implica sí, la muerte de la víctima, pero luego de haber sido registrada en video esa muerte para así explotarla entonces como pornografía infantil.  Nos estamos refiriendo a las películas snuff.
           Las películas snuff, según la leyenda urbana, contienen imágenes de asesinatos genuinos, de asesinatos realmente cometidos en la vida real; son grabaciones de genuinas violaciones y torturas que culminan en el asesinato de la víctima, sin efectos especiales de ningún tipo y carentes de toda dramatización; y son filmados no sólo  para satisfacer el morbo y la apetencia de un mercado cautivado por esta especie de violencia, sino para satisfacer el ego de quienes cometen estos crímenes.
           Uno de estos casos pudiera ser el de los crímenes cometidos por Paul Bernardo, en Canadá, a principios de la década de los ’90, aún cuando se supone que jamás fueron distribuidos para su venta o exhibición, y a quién procesaron por  violación, tortura y asesinato, resultando condenado. Paul Bernardo filmaba sus hazañas: Violó, torturó y asesinó a dos jóvenes, Kristen French de 15 años de edad, y Leslie Mahaffy de 14 años; y filmó sus respectivas violaciones, tortura y muerte. A Kristen French la estranguló con un cordón eléctrico, y hasta controló con un reloj el tiempo de la agonía de ésta, mientras filmaba: 7 minutos; a Leslie Mahaffy la desmembró con una motosierra. También asesinó a la hermana menor de su esposa y cómplice, a quién le suministraron anestésicos para animales, para luego violarla mientras filmaban:   A Paul Bernardo le excitaba que su esposa y cómplice, Karla Homolka,  se disfrazase de colegiala mientras hacían el amor, pero cuándo esos simulacros dejaron de satisfacerlo, su esposa le ofreció a su propia hermana Tammy, de 15 años, para que satisfaciera sus bajos instintos, como “…regalo de Navidad…”. Luego de la muerte de Tammy, Karla volvió a disfrazarse, fingiendo ser su hermana menor; disfrazada, sostuvo relaciones sexuales con su esposo Paul Bernardo, y filmaron también ese encuentro.
         Paul Bernardo es un psicópata, un asesino serial, y fue juzgado igualmente por otras 28 violaciones que cometió en Toronto, Canadá, antes de su matrimonio. Secuestraba a sus víctimas, las mantenía en cautiverio para utilizarlas como esclavas sexuales, y luego las mataba. Sólo una muchacha logró sobrevivir a las violaciones y torturas, pero su identidad permaneció oculta: Fue raptada, e igualmente mantenida en cautiverio, mientras la esclavizaban sexualmente.
           Sin embargo, pese a que Paul Bernardo filmaba sus atrocidades, esas filmaciones no son “snuff movies”; la policía las incautó, y tras ser exhibidas como pruebas en juicio, fueron destruidas: Según la leyenda urbana, las películas snuff pueden ser  adquiridas en el mercado negro, y las filmadas por Paul Bernardo no; para que sea “snuff”, la película debe ser exhibida con ese propósito, previa adquisición.
         Ahora bién, hemos de referir que esa leyenda urbana ha sido plasmada en diversas películas “comerciales”:   “8 milímetros”, 1999, con Nicholas Cage en papel protagónico; “Tesis”, 1996, de Alejandro Amenabar; “Hardcore”, 1979, con George C. Scott, y por supuesto, la película que originó todo: “Snuff”, 1976, de Michael Findlay, cuyo lema decía: “Filmada en Sudamérica, donde la vida vale poco”, cómo puede apreciarse en el póster de la película, colocado al principio de este post.  
"8 Milímetros"

"Tesis"
 "Hardcore"
         De manera pues, también hemos de referir que la violencia crece a un ritmo exponencial, al igual que crecen la pornografía y las drogas; cada vez es mayor la cantidad de quienes se involucran, así como cada vez es mayor la cantidad de víctimas. En el caso de las películas, ya el morbo no se satisface con películas tipo “gore”, repletas de sangre y desmembramientos ficticios; superado ese umbral se exige entonces que esa profusión de sangre sea genuina; y entremezcladas con parafilias sexuales, las víctimas pudieran ser ese gran número de niños y jóvenes que día tras día son reportados como desaparecidos, que tras satisfacer impulsos pedófilos pederastas terminan siendo asesinados:   Es el caso del crimen de las niñas de Alcácer, Valencia, España,  desaparecidas en Noviembre de 1992, encontradas muertas 75 días luego en Enero de 1993…y del cual existe una película snuff, donde aparecen perfectamente identificables las caras de quienes las asesinaron.





     Finalmente, aún cuándo tampoco sean películas snuff, cabría señalar igualmente que también ha proliferado en Internet la divulgación de videos contentivos de muertes por ajusticiamiento, ejecutadas por bandas criminales.



     
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