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domingo, 12 de junio de 2016

Los científicos vinculan la pedofilia con un fallo cerebral

Los científicos vinculan la pedofilia con un fallo cerebral

    La investigación revela que los pederastas tienen menos «materia blanca», la sustancia que interconecta el cerebro.

 14 de febrero de 2011. 18:04h
M. Laguna .

MADRID- La pedofilia podría ser el resultado de una alteración en las conexiones del cerebro. Así lo sostiene un estudio del Centro de Adicción y Salud Mental en Toronto (Canadá) publicado en el último número de la revista «Journal of Psychiatry Research». Los investigadores emplearon imágenes de resonancia magnética y técnicas de análisis informático de última generación para comparar un grupo de pedófilos con otro de no pedófilos.

Los resultados del trabajo muestran que los pedófilos tienen menos cantidad de una sustancia denominada «materia blanca», que es la responsable de conectar entre sí las diferentes partes del cerebro.

La tesis que sostiene el estudio va en contra de la creencia generalizada de que la pedofilia se deriva de un trauma o abuso durante la infancia. A juicio de sus autores, el descubrimiento es la evidencia más fuerte hasta el momento de que la pedofilia sería en vez de ello el resultado de un problema en el desarrollo del cerebro.

Menos inteligentes
Investigaciones anteriores de este mismo grupo sugerían que la clave para comprender la pedofilia podría estar en cómo se desarrolla el cerebro. Los pedófilos tienen, en general, un menor cociente intelectual, son tres veces más propensos a ser zurdos e incluso tienden a ser más bajos físicamente que los no pedófilos.

Otro estudio, de un grupo de científicos alemanes, también relacionó la pederastia con una alteración cerebral, en concreto, en las áreas del cerebro que regulan el deseo sexual. Sin embargo, la literatura científica no aclara por qué se producen estas alteraciones neuronales.

Pero la vinculación con causas cerebrales no exculpa a quienes abusan de los niños. Según el doctor James Cantor, director del estudio, «no existe nada en esta investigación que diga que los pederastas no deberían ser considerados como criminales responsables de sus actos, al no ser capaz de elegir los intereses sexuales personales no significa que no se pueda elegir qué hacer». El estudio, en el que participaron 127 hombres en dos grupos de tamaño similar con pedófilos y no pedófilos, sugiere que se debería prestar una mayor atención a cómo gobierna el cerebro los intereses sexuales. Tal información podría servir para producir métodos para evitar el desarrollo de la pedofilia.

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Fuente: http://www.larazon.es/historico/los-cientificos-vinculan-la-pedofilia-con-un-fallo-cerebral-3-HJLA_RAZON_37566#.Ttt1lCwiCDmgL05

domingo, 29 de mayo de 2016

Los analgésicos reducen la empatía

El paracetamol reduce la empatía

Dos experimentos revelan que disminuye la capacidad de comprender el sufrimiento de otras personas


El paracetamol o acetaminofeno, uno de los analgésicos más comúnmente utilizados, reduce la capacidad de comprender el sufrimiento de otras personas, ha revelado un estudio. Previamente, se había descubierto que también disminuye algunas emociones positivas, como la alegría. En sentido contrario, algunos especialistas barajan actualmente la posibilidad de desarrollar medicinas que aumenten comportamientos prosociales, como la compasión.

 

Martes 17 de mayo de 2016

Por Yaiza Martínez.

Escritora, periodista, y Directora de Tendencias21.





El año pasado, un equipo de investigadores estadounidenses descubrió que el analgésico acetaminofeno (más conocido como paracetamol) embota las emociones positivas, como la alegría. 

Lo hicieron a partir de un experimento en el que participaron 82 personas, la mitad de las cuales tomaron una dosis de 1.000 miligramos de acetaminofeno, y la otra mitad, un placebo de aspecto idéntico. 

Tras esperar 60 minutos para que el medicamento surtiera efecto, los participantes vieron 40 fotografías seleccionadas para provocar respuestas emocionales. Las fotos eran extremadamente desagradables (niños desnutridos llorando), neutrales (una vaca en un campo) o muy agradables (niños pequeños que juegan con gatos). 

Después de ver cada foto, se pidió a los participantes que calificaran cómo de agradable eran las imágenes, en una escala de -5 a 5. Luego se les pidió que midieran la reacción emocional que habían sentido, de 0 a 10. 

Los que tomaron paracetamol clasificaron todas las fotografías de forma menos extrema que aquellos que tomaron el placebo, y lo mismo ocurrió con sus emociones. La gente que tomó el analgésico no parecía saber que estaba reaccionando de manera diferente. 

En este estudio participó Baldwin Way, profesor de psicología y miembro del Ohio State (OSU) Wexner Medical Center’s Institute for Behavioral Medicine Research de EEUU. Más recientemente, Way ha trabajado con el también psicólogo Geoffrey Durso de la OSU en una nueva investigación sobre el paracetamol. 

En este caso, lo que han descubierto los investigadores es que cuando se toma acetaminofeno también se reduce la empatía, tanto por los dolores físicos como  por los dolores sociales de otras personas. 

Los investigadores encontraron, por ejemplo, que cuando los participantes que tomaron paracetamol supieron sobre las desgracias de otros, pensaron que estos habían experimentado menos dolor y sufrimiento, en comparación con los participantes que no habían tomado ningún analgésico. 


Nuevas pruebas realizadas 

Estos resultados fueron obtenidos a partir de dos experimentos. En el primero participaron 80 estudiantes universitarios, la mitad de los cuales tomaron 1.000 mg de paracetamol, mientras que la otra mitad tomó un placebo. 

Después de esperar una hora para que el medicamento surtiera efecto, los participantes leyeron ocho relatos cortos en los que una persona sufría algún tipo de dolor.  Los participantes calificaron el dolor de cada uno de estos personajes entre  1 (ningún dolor) y  5 puntos (peor dolor posible).  En general, los participantes que habían tomado  paracetamol calificaron como menos grave el dolor de los personajes, en comparación con aquellos que habían tomado el placebo. 

En un segundo experimento,  114 estudiantes universitarios fueron divididos en dos grupos: una mitad tomó paracetamol y el resto un placebo. A todos ellos se les presentó el ruido de cuatro explosiones de dos segundos –de entre  75 y 105 decibelios-, y se les pidió que evaluasen  su ruido en una escala de entre  1 (nada desagradable) y 10 (muy desagradable). Se les pidió a continuación que imaginaran cuánta molestia causarían esas mismas explosiones en otro participante en el estudio, anónimo. 

Los resultados mostraron que, en comparación con aquellos que tomaron el placebo, los participantes que tomaron paracetamol clasificaron las explosiones de ruido como menos desagradables para ellos mismos; y también pensaron que serían menos desagradables para los demás.


Implicaciones 

La empatía, según la definición más extendida, es la habilidad que posee un individuo de percibir los pensamientos y sentimientos de otros, lo que genera sentimientos de simpatía, comprensión y ternura. En general se entiende como la acción o actitud de ponerse en el lugar de otro para verlo desde su marco interno de referencia. 

De este modo, se comprende que los resultados obtenidos en este estudio son importantes. Sobre todo si se tiene en cuenta que el acetaminofeno se encuentra en más de 600 de los medicamentos que se venden en EEUU, según se explica en una nota de prensa de la Ohio State University. 

De hecho, se calcula que, a la semana, alrededor del 23% de los adultos estadounidenses (unos 52 millones de personas) utilizan un medicamento que contiene acetaminofeno. 

Posible causa de la ‘desconexión’ 


Pero, ¿por qué un medicamento contra el dolor físico puede reducir nuestra empatía? La respuesta podemos hallarla en otra investigación de hace más de 12 años. 

En 2004, científicos del University College London (UCL) del Reino Unido hallaron que las mismas regiones cerebrales implicadas en el dolor propio se activan también cuando nos identificamos con otras personas que están padeciendo algún dolor. 

Este descubrimiento fue realizado gracias a la observación de las reacciones del cerebro, a través de imágenes de resonancia magnética (que, curiosamente, también detectaron que el efecto placebo no es sólo psicológico, pues implica una disminución de la actividad de las regiones cerebrales relacionadas con el dolor, pero eso no viene ahora al caso). 

Es decir, que si el paracetamol ‘adormece’ aquellas regiones cerebrales que nos producen dolor, inevitablemente hará que también dejemos de conectar con el dolor de otros. 

Estudios posteriores han incidido en la neurobiología de la empatía, por ejemplo, se ha descubierto que losmédicos pueden sentir el dolor de los enfermos que tratan  (e incluso experimentar alivio cuando los pacientes también los sienten);  y que la capacidad humana para identificarnos con el dolor de otros existe desde la infancia. 


Medicamentos para lograr efectos positivos 

Curiosamente, en 2015 se descubrió que otro medicamento llamado  tolcapona, y que se usa para tratar a personas con la enfermedad de Parkinson, puede   hacer a las personas más sensibles y menos tolerantes a la desigualdad social. 

El hallazgo fue realizado por científicos de la Universidad de California en Berkeley, EEUU, y apuntaba a que podría crearse una píldora destinada a impulsar la compasión humana. 

También se ha descubierto recientemente que la oxitocina, también conocida como “hormona del amor” por su importancia en las relaciones de pareja y el establecimiento de los lazos entre madre e hijo, incrementa la sensibilidad, la capacidad de confiar en otras personas y la empatía; por lo que ya se contempla su uso para modificar comportamientos. 

Por último, un libro publicado en 2011 por especialistas en bioética de Oxford analizaba la posibilidad de que en el futuro lleguen a existir medicamentos que mejoren la moralidad humana. Según los autores de la obra, los científicos están cada vez más interesados en el desarrollo de tecnologías biomédicas capaces de intervenir en los procesos biológicos que condicionan el comportamiento y el pensamiento morales.



Referencia bibliográfica:

Dominik Mischkowski, Jennifer Crocker, Baldwin M. Way. From Painkiller to Empathy Killer: Acetaminophen (Paracetamol) Reduces Empathy for Pain. Social Cognitive and Affective Neuroscience(2016). DOI: 10.1093/scan/nsw057.


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Fuente:

http://www.tendencias21.net/El-paracetamol-reduce-la-empatia_a42594.html

martes, 26 de abril de 2016

Pedro Armengol: Patrono de los cristianos perseguidos, redentor de cautivos martirizado, dechado de la contención voluntaria

Pedro Armengol:
Patrono de los cristianos perseguidos, 
redentor de cautivos martirizado,
dechado de la contención voluntaria.


Fundamerced
Caracas, 26 de abril de 2016

La gran familia mercedaria conmemora este miércoles 27 de abril la muerte de San Pedro Armengol, fraile mercedario, redentor de cautivos, mártir y, además, patrono de los cristianos perseguidos.
       Fray Pedro Armengol vivió en la época de la presencia árabe en la península ibérica, cuándo estaba ocupada y dominada por los musulmanes, entre mediados del siglo XIII y principios del siglo XIV, en plena efervescencia de las pugnas contra los moros para expulsarlos del territorio ibérico, y cuándo aún era incipiente el proceso de unificación político-territorial que posteriormente daría lugar al surgimiento al actual Reino de España; vivió en la época de Jaime I “El Conquistador”, bajo cuyo reinado fue fundada la propia Orden de la Merced, a la que permitió el uso de su propio escudo de armas al fundarla junto a San Pedro Nolasco y el Obispo de

Barcelona, como orden real, celestial y militar: Las 4 barras de gules sobre campo de oro.


En fin, San Pedro Armengol vivió en plena época de las cruzadas, caracterizada no sólo por los conflictos de carácter ideológico o religioso propiamente, sino también por las luchas cruentas entre cristianos y musulmanes, disputándose con la fuerza de las armas la posesión y el dominio tanto de la ciudad de Jerusalén así como de las rutas para acceder hasta allí desde Europa; por supuesto, este enfrentamiento implicaba igualmente la expulsión de los árabes de toda Europa, y especialmente del sur de la península hispana dónde se asentó el Califato, hasta su definitiva extinción; asimismo, implicaba que tanto la población como los propios combatientes podrían caer en manos de sus adversarios:
En el caso de los cristianos, al caer bajo el poder de los sarracenos, eran sometidos a crueles suplicios y tormentos, hasta desfallecer, a no ser que abjurasen de su religión cristiana y se convirtieran al Islam, para así salvar la vida y eludir los castigos inflingidos; sobra expresar que innumerables cristianos perdieron la vida atrozmente al caer cautivos. Sin embargo, en algunos casos, los cautivos cristianos conservaban la vida y podían obtener su libertad sólo a cambio de un rescate, del pago de un precio en metálico, cuando así lo exigían los propios musulmanes en razón de la valía o la fortuna del cautivo; y precisamente a esta función se dedicaban los mercedarios, a redimir cautivos: Liberaban cautivos, pagando su precio, aún cuándo ese precio fuese su propia libertad, qué es igualmente su carisma.  
Redimiendo cautivos es el modo cómo Pedro Armengol obtuvo su palma de mártir: Tras visitar unas mazmorras africanas  sarracenas, consoló a los enfermos, curó a los llagados, gastó todo el dinero que llevaba consigo comprando la libertad de cuantos pudo y cuando se quedó sin dinero, se ofreció entonces como rehén el mismo a cambio de liberar a otros cautivos de inmediato, comprometiéndose la Orden Mercedaria a efectuar el pago del rescate en un lapso posterior;
esos cautivos son liberados y trasladados fuera de tierra infiel, y mientras llegaba el pago del rescate, catequizó, animó, se condolió y se convirtió en el paño de lágrimas del resto de los cristianos que permanecían cautivos junto con él, pero el pago del rescate no llegó en la oportunidad convenida.  Expirado el plazo de espera, Pedro Armengol fue colgado de una horca, ajusticiado vilmente; los musulmanes se sintieron burlados por el incumplimiento del pago del rescate, a la vez que ahorcándolo se desquitaban por la actitud del fraile, quién continuamente criticaba a quienes tenían sometidos a cautividad a los cristianos.   

Vencido ese lapso de espera para efectuar la redención, llegan los mercedarios con el pago del rescate, tardíamente; ya Pedro Armengol colgaba de una horca. Aún así, se dirigen hacia donde se hallaba colgado el cuerpo de Pedro Armengol, para las
respectivas exequias; sin embargo, los mercedarios advierten que aún está con vida, y proceden a descolgarlo. Pedro Armengol estuvo colgado en la horca un día entero, pero se mantuvo vivo, milagrosamente. Fue martirizado, sufrió la muerte a causa de su fe, redimiendo cautivos; la palma del martirio ya era suya, indiscutiblemente.

De vuelta a su convento, en Tarragona, prosiguió en su ministerio hasta el día de su muerte, acaecida en 1303; por el resto de su vida conservó el cuello torcido y un color macilento en su rostro.  En 1626 fue reconocido su culto inmemorial, y canonizado en 1687; y cómo ya expresáramos, es el patrono de los cristianos perseguidos.
Hasta aquí la nota hagiográfica sobre San Pedro Armengol, fraile mercedario.
Desde que conocí la historia de este fraile mercedario martirizado, advertimos que antes de su ingreso a la Orden Mercedaria, Pedro Armengol había sido un bandolero, un salteador de caminos, un bandido, todo lo cual no es ningún secreto. Muchos otros personajes históricos habían llevado también una vida disoluta antes de ingresar al servicio de Dios como seglares, pero lo que quisiera hacer resaltar, poner de relieve es lo siguiente: 

Pedro Armengol decide cambiar su modo de vida no por una experiencia religiosa, por recibir un llamado celestial, no. Decide cambiar radicalmente su modo de vida dedicada al crimen no por una cuestión sobrenatural sino a causa del impacto emocional que recibe al darse cuenta que pudo haber matado a su propio padre debido a su vida de maleante, asaltando y cometiendo tropelías.
En efecto, Pedro Armengol estaba luchando contra una patrulla del Rey Jaime I, enviada precisamente para limpiar de bandoleros el paso de la comitiva real, cuándo blandiendo sus armas se enfrenta casualmente a su propio padre, que iba como miembro de esa tropa; al reconocerlo, depone las armas y se entrega a la justicia. Fue en ese  preciso momento cuándo decide reflexivamente abstenerse en lo sucesivo de proseguir en su vida criminal.  Los hagiógrafos de la época señalan a Pedro Armengol cómo un sujeto sumamente peligroso: No hubo fechoría que no cometiera ni desmán que le repugnara hacer; sorprendía, atacaba, robaba; era el terror de los caminos, un salteador que siempre estaba en el punto justo para asaltar, al punto que el propio Rey ordenó fuese efectuada una especie de razzia, para que fuese despejada de salteadores la vía por dónde debía transitar con su comitiva.
Así pues, resaltemos en San Pedro Armengol esta cualidad así referida y que numerosos autores desde antaño han propugnado desde diversas perspectivas y con variadas denominaciones: El autocontrol de los impulsos y emociones, la contención voluntaria, la abstención reflexiva del paso al acto criminal.

En nuestra opinión, San Pedro Armengol debería ser erigido en dechado de la contención voluntaria; sí todos somos proclives a delinquir e incurrir en actos socialmente inaceptables, la distinción entre quienes delinquen y quienes no delinquen es casualmente la capacidad para reprimirse y abstenerse de pasar al acto criminal: Delinque quién no quiere o no logra contener su voluntad para abstenerse de pasar al acto criminal. 

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viernes, 9 de octubre de 2015

El jefe psicópata: Radiografía de un depredador

El jefe psicópata: Radiografía de un depredador

Un libro de Hugo Marietán
  • El psicópata con poder está en su salsa. Es un depredador voraz e impiadoso. Una apasionante libro que describe las tipologías de los jefes psicópatas.

"El jefe psicópata. Radiografía de un depredador"
Dr. Hugo Marietán

El psicópata con poder está en su salsa. Su natural narcisismo le devuelve una y otra vez una imagen embellecida que justifica, en todo, su accionar; no hay resquicio, en su mente, para el error propio. Sin error no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay corrección del rumbo, sino persistencia. Su obrar psicopático se ajusta a sus códigos propios y lo hace impermeable e intolerante a las críticas. El que lo critica no es un adversario, sino un enemigo.

El líder no psicópata adversario del psicópata, en cambio, es una persona que dirige personas y basa su poder en el consenso, en la discusión. Al no saber que se opone a un psicópata trata de elaborar sus estrategias basadas en un error: la empatía, “si yo estuviese en su lugar…”. El psicópata no piensa como él, no es empático. Es un depredador voraz e impiadoso.

Espero contar con un lector que se atreva a lo nuevo, que se despoje de prejuicios e ideologías, que no confunda distinguir con discriminar, y que me acompañe en este apasionante laberinto de desmesuras que conforman la mente del psicópata (Hugo Marietán).

Fragmentos del Capítulo Dos del Libro (tipos de jefes psicópatas)
  • Algunos de los personajes del poder

El fanático es un tipo de personaje que toma las consignas del poderoso como un dogma y no utiliza ningún tipo de criterio para pensarlas o criticarlas. Para el fanático, lo que dice el poderoso es lo que es, y ciegamente debe cumplir las órdenes que le dan. El fanático, a su vez, es un adoctrinador constante. En función de su automatismo es un elemento peligroso para la sociedad, sobre todo para aquellos que son opositores al régimen imperante. El fanático está movido por la fe, es absolutamente irracional y no median en su accionar intereses propios objetivos, es decir, no lo hace por un interés económico o para generar poder él mismo, sino que lo hace por una convicción y una certeza incontrastable. Puede morir defendiendo al poderoso o a su lema y es el último en ser reducido cuando se acaba el período del poderoso. Difícilmente el fanático cambie de bandera; cuando su líder es derrocado se sume en el resentimiento y la añoranza del tiempo pasado. Es un soldado del poder.

El secuaz es el que está en las inmediaciones del poder, en contacto muy cercano al poderoso, quien deposita sobre él un porcentaje de su confianza y le otorga una cuota de poder para que pueda llevar a cabo las acciones accesorias bajo sus órdenes. Es el encargado del trabajo sucio del poder. El poderoso, en realidad, no confía totalmente en nadie. El poderoso lo cubre en todas sus acciones oscuras porque es una herramienta útil del engranaje del poder. Es el encargado de bloquear a los opositores y, en casos graves, de diagramar la supresión de ellos. Es también aquel que se encarga de los factores económicos que contribuyen a agrandar, no lícitamente, las arcas del poder. El secuaz maneja recursos y es el depositario de muchos secretos de la trama que se sucede detrás del telón del poder. El secuaz es una persona con ambiciones propias que momentáneamente coinciden con las ambiciones del poderoso. Este tipo de persona es la encargada de negociar el traspaso de poder cuando las circunstancias son desfavorables para el poderoso. La imagen del secuaz para los mandados es odiosa y les resulta incomprensible que permanezca al lado del líder, que muestra siempre una actitud ambivalente en lo externo hacia el secuaz. Este juego está tan bien hecho, cuando es realizado con arte, que los mandados en su mayoría están seguros de que las acciones negativas del poder son ejercidas individualmente por los secuaces a espaldas del líder, quien permanece con su imagen impoluta.


El influyente realiza el vínculo entre los mandados y los estamentos del poder. Este personaje debe tener un don de gente muy agilizado. Es en realidad un diplomático fuera de la jerarquía de la diplomacia, que es otro de los trucos en la estructura del poder, ya que el influyente consigue las prerrogativas que solicita el mandado, previo acuerdo de los estamentos del poder, que en función de las circunstancias conviene que aparezcan como un favor del influyente hacia el mandado, dejando otra vez libre de culpa y cargo a los estamentos del poder. Estamos hablando aquí del influyente real y no del mentiroso que hace creer que es influyente, pero que, en realidad, es un estafador. El influyente es un negociador que permite acercar al poder aquellas estructuras disidentes que en determinado momento conviene que estén menos críticas o que apoyen ciertos actos de poder. En el campo de la negociación estos actos siempre tienen un costo que beneficia, en parte, a los mandados y, por supuesto, al influyente en sí. El influyente es una especie de comerciante, cuya materia prima de comercio es su acceso a las estructuras de poder. Es un personaje muy voluble y muy dado a cambiar rápidamente de bando cuando cae una estructura de poder. Algunos exagerados los tildan de traidores, pero en realidad son elementos útiles en cualquier esquema de poder. Aun en las revoluciones más recalcitrantes se hace buen uso de estos personajes. Así en la Revolución Francesa un buen porcentaje de nobles pasó a cumplir esta función. Lo mismo pasó en la Revolución de 1917 en Rusia, donde algunos nobles zaristas pasaron a formar parte de la nueva estructura revolucionaria.

El aliado tiene un compromiso transitorio, en función de sus propios intereses de poder, con la estructura del poderoso. La alianza es el resultado de una negociación donde la estructura del poder debió ceder parte de su poder para conseguir el refuerzo del poder que le otorga el aliado. La relación entre esta estructura y el aliado siempre es metaestable, es decir, requiere una constante atención para controlar el estado de la alianza. Y siempre es insatisfactoria. Para el aliado, no se ha recibido el suficiente poder, y para la estructura, se ha cedido demasiado poder al aliado. Este vínculo inestable permanece mientras se sigan las reglas establecidas en el contrato de alianza. Detrás de esto siempre subyace la esperanza de la estructura de fagocitar al aliado o a los factores de poder del aliado. Y el aliado, a su vez, espera en algún momento suplantar a la estructura de poder, es decir, son enemigos latentes con máscara de amigos.

El negociador es la cara visible, a diferencia de los otros negociadores solapados ya mencionados, el encargado del acercamiento de las posiciones entre la estructura del poder y los disidentes. Generalmente son los que tienen cargos de ministros, secretarios u otro cargo jerárquico y constituyen, en realidad, los fusibles en caso de que las negociaciones salgan mal o que el resultado de las negociaciones sea negativo para los mandados. Estos fusibles, otra vez, son resguardos para la imagen del poderoso. El grado de independencia del negociador es mínimo. Ostenta un poder neta y visiblemente delegado, y aquellos que participan de la negociación tienen claro que es un mero intermediario. El negociador tiene que tener la característica de saber con claridad qué es lo que quiere conseguir el poderoso de la gestión que está realizando. A su vez, el poderoso no le da toda la información, sino sólo aquella fracción de información que le es útil para llevar adelante su gestión. Así, muchos negociadores no tienen idea del efecto real de su negociación. Saben que responde a una táctica del poder, pero desconocen la estrategia completa que guía el accionar de esa negociación. Y esto debe ser así, ya que en el proceso de la negociación, el negociador inevitablemente dejará traslucir intenciones del poderoso. De ahí la precaución de otorgarle sólo una fracción de la información necesaria. No cualquiera puede cumplir este rol, debe ser una persona con un don de gente especial y, a su vez, con una firmeza de carácter que lo mantenga tenazmente en el objetivo mientras aparenta plasticidad frente a los otros negociadores. La negociación en sí es un arte, ya que implica elementos prácticos y efectivos; también influye el talento innato del negociador. Suelen ser personajes muy requeridos para la estructura del poder y de difícil hallazgo, ya que, como sabemos, los técnicos abundan pero los artistas son pocos. Por lo general el negociador no tiene una sólida postura doctrinaria y es también un personaje voluble.


El autor
Dr. Hugo Marietán 


(Bio)
Es psiquiatra especializado en psicopatía y escritor. Se desempeña como docente en la Universidad de Buenos Aires, y ha escrito libros de cuentos y teatro. Entre sus obras relacionadas con la psiquiatría puede citarse "El complementario y su psicópata" (Ananké 2007).


lunes, 5 de octubre de 2015

FEROMONAS Y AGRESIVIDAD: ¿Causa y efecto?



FEROMONAS Y AGRESIVIDAD: ¿Causa y efecto?
      Las feromonas inducen atracción sexual pero... ¿también generan o provocan la agresividad?  
      Así lo demuestra una reciente investigación: La misma feromona masculina que genera atracción en una hembra virgen, induce agresión en una hembra madre, tornándola tanto o más agresiva que el propio macho.





Investigadores de la Universitat Jaume I (UJI) de Castellón han desarrollado un modelo pionero para conocer los mecanismos cerebrales que desencadenan la agresividad, según han informado fuentes de la UJI en un comunicado. 


Sus promotores aseguran que es "una oportunidad única" para descubrir las bases neuronales de la agresividad y sus mecanismos de control, "pero también para estudiar otros comportamientos sociosexuales de enorme importancia, como la atracción o los comportamientos maternal y paternal". 


El modelo, publicado en la revista “Frontiers in Behavioral Neuroscience”, permite analizar la zona cerebral conocida como el cerebro sociosexual, responsable de los comportamientos instintivos, a través de la comparación de cerebros de ratones hembras en situaciones fisiológicas como la maternidad en las que su comportamiento difiere sustancialmente del resto. 


El método propuesto ha sido desarrollado a partir de las investigaciones realizadas por Ana Martín Sánchez en su tesis doctoral, realizada en el Laboratorio de Neuroanatomía Funcional (NeuroFun) de la UJI. 

Mediante el estudio del comportamiento maternal de ratones hembra se detectó que las madres desarrollan un comportamiento agresivo frente a los ratones macho, algo que las hembras vírgenes no expresan. 

Como explica Ana Martín Sánchez, "una hembra normalmente no es agresiva. Para que agreda tiene que ocurrir que sea madre y tenga unas crías que defender; en estos casos, cuando se le acerca un ratón macho, la hembra lo va a atacar siendo tan o más agresiva que él". 


Las investigaciones previas del grupo habían demostrado que las hembras vírgenes se sienten atraídas por una feromona que los machos expulsan en su orina, pero tal como señala la investigadora Carmen Agustín, "los estudios recientes del Laboratorio NeuroFun de la UJI han demostrado que la misma feromona masculina que genera atracción en una hembra virgen, induce agresión en una hembra madre". 


Esta agresión está determinada por la zona cerebral conocida como el cerebro sociosexual, la más primitiva, similar en todos los vertebrados y responsable de comportamientos instintivos, no cognitivos, y por ello muy difíciles de controlar. 


El modelo desarrollado por los investigadores de la Universitat Jaume I contribuirá a entender cómo esta zona del cerebro gestiona el comportamiento social y cómo surge la agresividad a partir del estudio de un animal que agrede en una situación fisiológica definida como es la maternidad. 

El modelo desarrollado por el grupo NeuroFun de la UJI permitiría, mediante el análisis de esas zonas del cerebro y del cambio en la expresión de determinados genes, diseñar una estrategia farmacológica para disminuir la agresividad.

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domingo, 21 de junio de 2015

Las personas recurren a la violencia porque sus códigos morales así lo exigen



Las personas recurren a la violencia porque sus códigos morales así lo exigen
Algunas personas son despiadadas. Algunos pierden el control. Sin embargo, la mayor parte de la violencia sigue siendo insondable. Una nueva teoría ilumina la oscuridad.
La policía antidisturbios lucha contra los estudiantes en el Barrio Latino de París, mayo de 1968. Foto por Bruno Barbey / Magnum





"Cuando tenía 14 años, este tipo me golpeaba en las calles. Y mi padrastro se quitó la vida justo en frente de mí. Y me sentí bien por ello, de verdad.” Tio Hardiman, en el documental “The Interrupters” (2011)


Por Tage Rai
18 de junio 2015
 
En su libro “Evil: Inside Human Violence and Cruelty" (1999), el psicólogo Roy Baumeister sostiene que la gente cree que los sádicos perpetran más actos de violencia, quienes obtienen placer del sufrimiento de las víctimas inocentes. Especialmente respecto a  los crímenes más atroces, no podemos dejar de ver a los perpetradores de actos violentos como "malas" personas: Monstruos inhumanos, carentes de sentimiento moral básico. Baumeister llamó a este fenómeno "el mito del mal en estado puro '. Un mito, porque no es cierto.
A pesar de las creencias generalizadas sobre su existencia, el sadismo es tan raro que ni siquiera es un diagnóstico psiquiátrico oficial. Su pariente más cercano es la psicopatía, pero la psicopatía no se caracteriza por la alegría malévola en el sufrimiento de los demás. Es cierto que los psicópatas carecen de emociones morales y hasta de empatía hacia las víctimas. Y pueden ser muy violentos: En estudios a gran escala de los delincuentes, se ha encontrado que alrededor del 10 por ciento de los crímenes violentos son cometidos por aquellos que tienen una calificación por encima de la línea de corte para la psicopatía, y que dichas personas representan menos del 1 por ciento de la población general en todo el mundo. Claramente, los psicópatas provocan más daño que la cuota parte que les correspondería.
Pero eso deja la gran mayoría de los delitos violentos sin explicación alguna. Los no-psicópatas están perjudicando a otros en mucho mayor número que los propios psicópatas. Pero los no-psicópatas no son monstruos. ¿Qué los motiva entonces?
La mayoría de nosotros nunca participaría en un acto de brutalidad extrema. Nunca vamos a disparar, apuñalar, o golpear a alguien hasta la muerte. Nunca vamos a violar a otro ser humano o encenderles fuego. Nunca vamos a atar una bomba en nuestros pechos y detonarnos a nosotros mismos en una cafetería llena de gente. Y así, cuando nos  enfrentamos a estos actos aparentemente sin sentido, nos extraviamos. ¿Qué posible propósito podrían tener todos esos actos? Fundamentalmente, ¿por qué las personas se hieren y matan unos a otros?
Suena como una pregunta sin respuesta. Sin embargo, hay una respuesta. Es simple, potente y muy preocupante. Nosotros fallamos en reconocer que en casi todas partes es importante. Pero si realmente queremos resolver el problema de la violencia, no hay nada para esto. Tenemos que correr el riesgo de un tipo de comprensión que amenaza nuestros valores, nuestra propia forma de vida. Tenemos que mirar hacia un abismo.
En la actualidad, hay dos enfoques dominantes sobre la comprensión de la violencia. Ambos están a la altura. La primera es la que yo llamo la teoría de la desinhibición. Tal vez, según la historia, incluso la gente común tiene impulsos violentos que normalmente se mantienen bajo control. Cuando su sentido moral se descompone o se bloquea de alguna manera, ellos ceden a su lado oscuro. Imagínese el hombre que sabe que está mal golpear a su esposa, pero quién después de un largo día de trabajo, pierde los estribos y la golpea. ¿Es éste nuestro culpable típico?
En 2007, el psicólogo C Nathan DeWall y sus colegas, de la Universidad de Kentucky, publicaron los resultados de un ingenioso experimento para probar esta idea. En primer lugar, agotan la autorregulación de sus sujetos de prueba, provocándolos, haciéndolos resistir ante un tentador postre, obligándolos a que desviasen la mirada hacia una pantalla de ordenador. ¿Y qué? Los sujetos de prueba llegaron a ser más agresivos en sus juicios y comportamientos posteriores, pues el agotamiento de autorregulación aumentó la probabilidad de comportarse agresivamente en respuesta a la provocación.  
Por ejemplo, eran más propensos a provocar deliberadamente un fuerte ruido en los auriculares de otra persona.
Hasta ahora, luce prometedora la teoría de la desinhibición. Sin embargo, los experimentos detectaron un patrón en estas tendencias agresivas: Surgieron sólo en respuesta a una provocación anterior. En el experimento de la voladura de sonido, la agresión fue dirigida hacia una persona que el participante cree les había dado una opinión injusta a una tarea anterior. Cuando ninguna provocación estaba presente, no hubo diferencia estadística en la conducta entre los participantes que habían sido agotados y aquellos cuya autorregulación no fue atacada. En otras palabras, la agresión no era un desbordamiento de violencia al azar. Por el contrario, parecía que los sujetos de prueba estaban tratando de vengarse.
Ahora bien, este tipo de experimentos bien podrían indicar que algo de violencia está habilitada por la pérdida de autocontrol. Pero la teoría de la desinhibición elude la cuestión del por qué, qué nos motiva a ser violentos, en primer lugar. El impulso tiene que venir de alguna parte, y la teoría no dice nada acerca de dónde podría provenir.
Valdría la pena hacer una pausa para preguntarnos qué clase de respuesta esperamos encontrar aquí. ¿Nuestra propensión a la agresión simplemente se reduce a una mezcolanza de diversas provocaciones y factores desencadenantes? ¿O hay alguna, patrón subyacente universal, una sola llave que captura la mayor parte de la violencia en todas las culturas a lo largo de la historia? Esta última opción suena como un objetivo ambicioso para una teoría sociológica. Pero la segunda aproximación general a la violencia, lo que voy a llamar a la teoría racional, es ciertamente ambiciosa.
En este punto de vista, la violencia es sólo una manera de lograr los objetivos instrumentales. Por ejemplo, matando herederos rivales a veces es una buena idea si quieres ser rey. Ya se trate de pelear entre hermanos o entre naciones, estos modelos de la elección racional predicen que la probabilidad de que aumentará la violencia cuando sus beneficios suben o bajan sus costos.
La teoría puede presumir de algunos éxitos empíricos. Richard Felson, profesor de Sociología y Criminología en la Universidad Estatal de Pennsylvania, encontró que la probabilidad de enfrentamientos entre hermanos sube cuando los padres están presentes, y que los hermanos más jóvenes son más propensos a luchar cuando saben que sus padres podrían intervenir, lo que reduce los costos potenciales para sí mismos. A nivel de los estados, Vincenzo Bove, Profesor Asociado de Política y Estudios Internacionales y sus colegas de la Universidad de Warwick en el Reino Unido, descubrieron recientemente que las naciones extranjeras son mucho más propensas a intervenir en una guerra civil cuando el país en guerra consigo mismo también tiene valiosas reservas de petróleo.
Pero una vez más, nos encontramos con un rompecabezas. La gente con frecuencia recurre a la violencia cuando, por cualquier medida de utilidad práctica, los medios no violentos serían más eficaces. Como Baumeister y sus colegas señalaron en el documento ‘Relation of Threatened Egotism to Violence and Aggression’ (1996):
“Guerras dañan ambas partes, la mayoría de los crímenes producen poca ganancia financiera, el terrorismo y el asesinato casi nunca logran los cambios políticos deseados, la mayoría de las violaciones no pueden dar placer sexual y con la tortura rara vez se obtiene información precisa y útil ...”
En 2007, los antropólogos Jeremy Ginges de la New School for Social Research en Nueva York y Scott Atran del Centro Nacional de Investigación Científica realizaron encuestas entre israelíes y palestinos sobre el tema del conflicto de Oriente Medio. Durante estas entrevistas, los investigadores presentaron a sus participantes una serie de acuerdos de paz hipotéticos; algunas ofertas incluyeron incentivos materiales para renunciar a la tierra en disputa. Surgió una inconsistencia peculiar. Un subconjunto de los encuestados vio la tierra en disputa como otro recurso: Estaban, por tanto, dispuestos a cambiarla por una compensación financiera y firmar el acuerdo de paz, al igual que el modelo racional predijo.
Otros participantes, sin embargo, vieron la tierra como algo sagrado, vinculado a su identidad cultural. Para estos participantes, añadir una compensación económica redujo el apoyo al acuerdo. Estos otros participantes mostraron niveles elevados de ira y disgusto, así como un mayor entusiasmo por la violencia. El modelo racional no puede manejar este tipo de datos. Agregar incentivos materiales nunca debería empeorar los acuerdos, a menos que no sean de naturaleza material las utilidades que a las personas preocupen como relevantes.
Parece que fallan las dos principales teorías de la violencia, por una razón u otra.  Ni la teoría de la desinhibición ni la teoría racional proporcionan una imagen completa del por qué las personas se lastiman y matan entre sí. Y en la medida en que nos basamos en estas teorías para reducir la violencia, fracasaremos también al tratar de reducirla. ¿Qué nos estamos perdiendo?
Vine a este tema por una ruta indirecta. Para mí, la cuestión candente era siempre acerca de por qué las personas están en desacuerdo sobre cuándo aplicarla así como sí la violencia es exigida como pauta. ¿Por qué golpear a los niños para evitar la desobediencia fue más aceptable hace 50 años que en la actualidad, y por qué es más aceptable en los estados sureños que en los norteños de Norteamérica? ¿Por qué los occidentales responden con horror ante la matanza de mujeres por las infidelidades sexuales, mientras que en otras partes del mundo no sólo la toleran sino que hasta alientan la práctica?
Para entender cómo las actitudes pueden ser tan diferentes en todas las culturas, empecé a trabajar con el antropólogo Alan Fiske de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Juntos, hemos analizado las prácticas violentas entre culturas y la historia. Hemos examinado los registros de la guerra, la tortura, el genocidio, los crímenes de honor, el sacrificio humano y de animales, el homicidio, el suicidio, la violencia infligida por la pareja, la violación, el castigo corporal, la ejecución, el juicio por combate, la brutalidad policial, las novatadas, la castración, los duelos, las disputas, el contacto en los deportes, y la violencia inmortalizada por dioses y héroes, y más. Peinamos a través de relatos en primera persona, observaciones etnográficas, análisis históricos, datos demográficos, y las investigaciones experimentales de la violencia.
El trabajo era, francamente, deprimente. Nadie quiere leer sobre todas las terribles atrocidades que la gente comete. Pero también fue fructífera. Encontramos un patrón en toda la violencia. Hubo un tema unificador, con todo el poder predictivo y explicativo qué uno podría desear.
Han existido muchas culturas y períodos históricos donde la gente no buscó particularmente la felicidad como valor o donde buscaron activamente el sufrimiento porque lo vieran como moralmente purificador…
A través de las prácticas, en todas las culturas, y a lo largo de períodos históricos, cuando la gente se apoya y se involucran en la violencia, sus principales motivaciones son morales. Por «moral», quiero decir que la gente es violenta porque sienten que deben ser así, comportándose violentamente; porque sienten que su violencia es obligatoria. Ellos saben que están perjudicando plenamente a otros seres humanos. Sin embargo, creen que deberían hacerlo para su bien. La violencia no se deriva de la falta psicopática de la moralidad. Todo lo contrario: Se trata del ejercicio de los derechos y obligaciones morales percibidas.
Una madre sureña castiga a su hijo porque él desobedeció a su autoridad, para así protegerlo de sí mismo, y para asegurarse de que él se convertirá en un adulto responsable. Sargentos, líderes de pandillas y guerrilleros instruyen brutalmente 'fantástico' a los nuevos reclutas, para así crear lazos de por vida con sus demás compañeros y obtener igualmente la obediencia inquebrantable a sus superiores, factores fundamentales para el éxito en las peleas y luchas que habrán de mantener en el futuro. Un padre en Papúa Nueva Guinea vierte grasa caliente por la parte interna del brazo de su hijo y espera que éste va a soportar estoicamente, porque esto es fundamental si ese muchacho quiere convertirse en un adulto respetable en la comunidad. Un niño se mete en una pelea porque el otro chico le golpeó primero, y porque su padre le enseñó que debía defenderse y nunca dejarse intimidar; cuando el niño se convierte en un hombre, se meterá en una pelea de bar porque alguien insultó a su novia y él debe defender su honor.
Un hombre de Arabia paralizado en una pelea solicita que su atacante sea paralizado en la misma posición exacta sobre la médula espinal - y el juez se ve en ella. Un hermano en el norte de la India rural mata a su hermana porque su infidelidad sexual ha contaminado y avergonzado a su familia; y la  muerte de esa chica es la única manera de restaurar el honor de la familia, para así demostrar a la comunidad que se puede confiar en ellos. Un estudiante universitario de Norteamérica viola a una conocida en vez de 'volver' con las mujeres que lo han rechazado, porque cree que las mujeres son subordinadas que están moralmente obligadas a hacer lo que se le manda. Un atacante suicida en el Medio Oriente mata a otros y se mata a sí mismo, en el nombre de una autoridad que respeta y por lealtad a sus compañeros que también morirán inmolados. Un piloto de combate de EEUU lanza bombas a un objetivo del ISIS, matando a varios terroristas –pero matando también a los civiles cercanos- porque su comandante calculó que era una pérdida aceptable para lograr un bien mayor, la muerte de sus enemigos.
Uno puede multiplicar infinitamente una enorme cantidad de ejemplos similares. En todos los casos, el acto violento es percibido por los autores, los observadores - y en algunos casos hasta por las propias víctimas - como se acaba de referir.
Al mismo tiempo, si la violencia está motivada por sentimientos morales, ¿Qué la motivó? ¿Qué tratan de lograr sus perpetradores? El patrón general que encontramos es que la violencia tiene como objeto regular las relaciones sociales.
En los ejemplos anteriores, los padres se relacionan con los niños; los reclutas y los combatientes se relacionan con sus compañeros y con sus superiores; los niños y los hombres se relacionan con sus amigos; las familias se relacionan con sus comunidades; los hombres se relacionan con las mujeres; las personas se relacionan con los dioses; y los grupos y las naciones se relacionan entre sí. En todos los casos, los perpetradores utilizan la violencia para crear, dirigir, mantener, mejorar, transformar, honrar, proteger, compensar, reparar, o finalizar y lamentarse por las relaciones valoradas.
Sin duda, las personas y las culturas varían en la forma en que hacen esto y los contextos en los que piensan la violencia es un medio aceptable de hacer las cosas bien, pero el objetivo es el mismo. El propósito de la violencia es mantener un orden moral.
Para  muchos, esto parecerá incomprensible. Seguramente el dolor es terrible. El núcleo de la moral de cualquier persona debe ser reducido al mínimo, sólo con lo que pasa cuando sea absolutamente necesario. Pero esto supone que los bienes morales finales de la vida son la búsqueda de la felicidad y la evitación del dolor. Nos podría sonar razonable a nosotros, como reflejo de los ideales occidentales modernos; sin embargo, han existido muchas culturas y períodos históricos donde la gente no buscó particularmente la felicidad como valor o donde buscaron activamente el sufrimiento porque lo vieron como moralmente purificador: Por ejemplo, entre los protestantes, a finales del siglo XVI y principios del XVII, se suponía que el dolor era un bien moral que debía ser  perseguido y alcanzado, deleitable, sublime; y a lo largo de los siglos XVIII y XIX las ejecuciones públicas fueron a menudo un espectáculo popular, con numerosas familias haciendo picnic, presenciando los ahorcamientos.
Podríamos estar tentados a escribir sobre todas estas prácticas como accidentes históricos o como actos de sadismo. Pero en la primavera de 2011, los estadounidenses celebraron en las calles la muerte de Osama Bin Laden y, recientemente, en el verano pasado, los israelíes se reunieron en las colinas para ver y celebrar cómo lanzaban bombas sobre Gaza. La violencia todavía es celebrada por la gente común.
¿Significa esto necesariamente que la violencia "se siente bien" o que las personas nunca entran en conflicto cuando se involucran en la violencia? No. Las personas odian herir a los demás. Puede ser muy estresante y traumático ser violento, y puede requerir la formación, el apoyo social y la experiencia para evitarlo; y esta sería la función de muchas prácticas morales. Puede ser difícil decir la verdad o  defender lo que es correcto; la gente a menudo se resiste o deja de hacer lo que se requiere de ellos; la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que es moralmente correcto saltar en el agua helada para salvar a alguien que se está ahogando, pero eso no significa que lo disfrutemos haciéndolo.
Tal vez todo esto suena un poco demasiado conveniente. Algunos individuos violentos podrían decir que sus acciones violentas están motivadas moralmente. ¿Cómo sabemos que no son acomodadas simplemente después de los hechos? ¿Seguramente no es tan difícil compensar justificaciones morales cuando uno está motivado realmente por el egoísmo o por el mal?
Esta es una buena pregunta. Sorprendentemente, sin embargo, no socava mucho el panorama. Lo que debemos recordar es que las justificaciones proporcionadas por quienes perpetran hechos violentos nos dicen mucho acerca de las ideas morales de su propia comunidad. Si el jugador de fútbol americano Ray Rice afirma que su prometida lo golpeó y escupió sobre él antes de que él la golpease en 2014, es porque siente que así mitiga su crimen ante los ojos de la gente que le rodea. Sí  la gente realmente supone que esa declaración es verdadera, entonces Rice tiene razón. Las excusas que los perpetradores ofrecen, revelan los estándares morales de aquellos ante quienes se apela.
Si aceptamos que las personas peligrosas pueden estar motivadas por genuinas creencias morales, nos enfrentamos entonces a una dimensión subjetiva sumamente inquietante en cuanto a la moralidad como tal...
Intentemos suponer lo contrario: Imaginemos que las excusas morales siempre son sólo una farsa del perpetrador para salir del problema y eludir su responsabilidad. Lo primero que se nota es el mal trabajo que hacen. Supongamos que el autor de un crimen brutal quiere evitar la cárcel. ¿Qué debe decir? Definitivamente, no debe pretender que lo que hacía estaba bien o que la víctima lo merecía; eso sería estúpido. No, más bién debería negar rotundamente que sucediera el hecho, o decir que fue un accidente, o que ese día estaba fuera de sus cabales. Casí todos los autores de actos violentos hacen esto, afirman este tipo de excusas todo el tiempo, por supuesto: En los tribunales. Pero antes de que los abogados tengan  la oportunidad de ocuparse de ellos, los perpetradores a menudo pueden ser encontrados jactándose de sus hazañas entre sus amigos y vecinos; en fin, jactándose con gente con la cual compartan su propio código moral.
Las justificaciones morales para la violencia tienen tan poco sentido como artimañas y tenemos que asumir que son sinceras al menos. Este es un pensamiento incómodo. Si aceptamos que las personas peligrosas pueden estar motivadas por genuinas creencias morales, nos enfrentamos entonces a una dimensión subjetiva sumamente inquietante en cuanto a la moralidad como tal. Por lo menos, hay que enfrentarse a la posibilidad de que uno puede estar sinceramente equivocado al respecto. Y una vez que te vas tan lejos, desde allí es un corto salto al pensar que tal vez somos nosotros los que estamos mal o que hay nada para que tener razón.
Tal vez esto suena como un relativismo barato. Pero hay una tendencia psicológica aquí que debemos tomar en serio. ¿Cuál es, empíricamente hablando? ¿Qué ocurre cuando dejamos de pensar en los valores morales como hechos objetivos que son verdaderos en todas partes, en todo momento, y en su lugar comenzamos a verlos como opiniones personales que difieren entre las distintas culturas y las diferentes épocas de la historia? Bueno, en el laboratorio, al menos, parece que perderemos nuestros soportes.
En 2013, el psicólogo Keith Holyoak y yo presentamos en UCLA a algunos sujetos de prueba la evidencia de que ciertos actos violentos -actos que los propios sujetos dijeron que deploraban- fueron percibidos por los demás como actos moralmente aceptables. Más específicamente, los dividimos en tres grupos y procedimos a  interrogarlos posteriormente: A algunos de nuestros sujetos después de leer un artículo defendiendo los derechos de las comunidades para llevar a cabo la mutilación genital femenina, siempre que convengamos estar  de acuerdo con las creencias morales de esas comunidades; otro grupo leyó un artículo afirmando que la mutilación genital femenina era inequívocamente mala; y un tercer grupo, el de control, leyó un artículo acerca de cocina. Cabe destacar que los participantes que leyeron el artículo "relativista" eran más propensos a hacer trampa en un examen de seguimiento que aquellos  participantes que leyeron el artículo "absolutista" o el grupo de control. La mera consulta de una convicción moral tuvo el efecto de socavar el comportamiento moral en un dominio aparentemente distante.
De allí que sería más fácil vivir en un mundo donde las personas crean que la violencia está mal y participar en ella de todos modos; pero ese no es el mundo en el cual vivimos. Aunque nuestra negativa a reconocer este hecho básico puede haber ayudado a orientar nuestra propia brújula moral, también se ha interpuesto en el camino de las intervenciones que en realidad podrían reducir los daños. Sin embargo, dejemos de lado las cuestiones filosóficas que surgen una vez que aceptamos que no hay desacuerdo moral acerca de la violencia. ¿Cómo funciona el mensaje de que la violencia es moralmente una motivación que nos ayuda en nuestros esfuerzos para reducir esa misma violencia?

Durante años, hemos estado tratando de reducir la delincuencia mediante la promulgación de la encarcelación en masa, mediante la colocación de  restricciones a los enfermos mentales, y enseñando a los posibles perpetradores de actos violentos cómo ejercer más autocontrol. Frente a la violencia, todas estas suenan como estrategias plausibles; pero todas ellas pierden su objetivo.

Una de las conclusiones más sólidas en la criminología es que el aumento de la severidad del castigo tiene poco efecto disuasorio. La gente simplemente no es tan sensible a los costos potenciales de la delincuencia como el modelo de elección racional predice que debería ser, por lo que los esfuerzos para reducir el  crimen mediante la adopción de medidas enérgicas en su contra no han podido justificar los inmensos costos fiscales y sociales de la encarcelación en masa. Mientras tanto, debido a los crímenes más violentos que son cometidos por personas psicológicamente sanas, la legislación que se centra en los enfermos mentales -por ejemplo, impidiendo a éstos la compra de armas- llevaría sólo a una pequeña reducción de la criminalidad.
Sólo cuando la violencia en cualquier relación sea vista como una violación de toda relación, entonces disminuirá.

Por último, si la violencia no es, de hecho, un error desde el punto de vista del perpetrador de los actos violentos, las estrategias destinadas a ayudarle a ejercer un mejor control sobre sí mismo sería perder el tiempo. El ladrón condenado y convicto Daniel Genis, recientemente describió el «tratamiento de  reemplazo de la agresión" (ART, por sus siglas en inglés: ‘Aggression Replacement Training’), al que se ven obligados a asistir los reclusos de prisiones norteamericanas sí son declarados culpables por comisión de un crimen violento:
     “Las lecciones en ART pueden habernos enseñado el cómo evitar puñaladas cuándo son resultado de malentendidos espontáneos; pero de hecho, casi toda la violencia que ví en la cárcel fue deliberada, planificada... muy diferente a las explosiones de temperamento que los programas de ART tienen intención de curar.”
Nada de esto quiere decir que este tipo de intervenciones no deban llevarse a cabo, sobre todo en los casos en que no cuestan mucho. Mejores controles de antecedentes son probablemente una buena idea. Pero si realmente queremos reducir los índices de violencia, hay que centrarse en sus motivos morales. En pocas palabras, la violencia se debe convertir en algo inmoral. Este criterio debería  mantenerse tanto para los perpetradores de actos violentos como para las personas a quienes esto les importa y preocupa. Sólo cuando la violencia en cualquier relación sea vista como una violación de toda relación, entonces disminuirá.

¿Qué pasa con la violencia en el otro lado de la ley? Los defensores de DDHH en los EEUU han estado presionando para que sea obligatorio el uso de cámaras adosadas al cuerpo de los efectivos policiales, para así impedir los actos de brutalidad policial. ¿Podría funcionar eso? Hay un montón de pruebas que sugieren que las personas son menos propensas a involucrarse en comportamientos que ellos creen qué es inmoral cuando saben que están siendo observados. El razonamiento es que sí la policía sabe que están siendo observados, entonces no incurrirían en actos que saben que son moralmente incorrectos. Sin embargo, a menudo la policía y gran parte del público no ven nada malo en sus acciones. No hay datos que sugieran que las personas sean menos propensas a realizar acciones que ellos piensan que son moralmente correctas cuando saben que están siendo observados. Por lo tanto, no está claro cuán útil podrán ser las cámaras corporales a menos que haya un mensaje claro de liderazgo y cultura que prohíba el uso innecesario de la violencia.

En su trabajo para reducir la violencia de las pandillas en Boston, el criminólogo David Kennedy ayuda a organizar las intervenciones. Los asesinos son confrontados con  los líderes locales y las familias de las víctimas, quienes expresan la maldad de matar e insisten en que la violencia contra cualquier persona socava sus relaciones con todo el mundo. Las sanciones legales también están presentes, pero no son suficientes por sí solas. Fundamentalmente, el mensaje tiene que venir de personas respetadas dentro de la propia comunidad del asesino. Como Kennedy expresa: "…sus propias ideas sobre el bien y el mal son un asunto más; pero las ideas de aquellos que se preocupan y respetan importa más."

Estos programas han tenido bastante éxito. Al principio del artículo cité a un entrevistado del documental  “The Interrupters”, que siguió un programa similar al de Chicago, conocido como 'CureViolence'. El programa depende de los miembros de confianza de la comunidad para intervenir con las apelaciones morales y lograr que todos se centren en las consecuencias socio-relacionales, antes de que la violencia de represalia pueda entrar en erupción y haga irrupción, estallando. Un estudio del programa encontró que redujo los tiroteos entre 16% al 28% en las zonas donde se aplicó.

No es fácil cambiar una cultura de violencia. Usted tiene que dar a la gente los medios estructurales, económicos, tecnológicos y políticos para regular sus relaciones de manera pacífica. Los grupos sociales tienen que aprender a sentir vergüenza ante los hechos vergonzosos y rechazar cualquier persona que perjudique a otros. Pero se puede hacer. Se ha hecho en el pasado, y está sucediendo en estos momentos.
 
Las culturas cambian. A nivel mundial, la violencia está en declive. Gente de todo el mundo está encontrando maneras de satisfacer en forma no violenta sus motivos morales y los objetivos de las interacciones sociales. Esto no significa que nuestro trabajo esté terminado. La gente todavía sigue lastimando a otros y matándose  unos a otros,  porque creen qué es lo correcto y lo siguen haciendo. Pero si sus grupos sociales primarios hacen sentir que no deben ser violentos, podría ser que dejen de ser violentos. Una vez que todos, en todas partes, realmente crean que la violencia está mal, va a terminar.
 
18 de junio 2015
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Tage Rai es investigador post-doctoral en el Centro Ford para la Ciudadanía Global de la Kellogg School of Management de la Universidad de Northwestern en Illinois. Es coautor, junto con Alan Fiske, de"Virtuous Violence" (2014).
Editado por Ed Lago
@ejklake

Título del artículo original: "People resort to violence because their moral codes demand it"
Fuente: http://aeon.co/magazine/philosophy/people-do-violence-because-their-moral-codes-demand-it/
Traducción libre al castellano