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viernes, 29 de abril de 2016

Mareros en Milán

MAREROS EN MILÁN

Las maras salvadoreñas han echado raíces en Milán, una de las urbes más importantes de Europa y que acoge la mayor concentración de connacionales fuera del continente americano. No se trata de una presencia anecdótica o de la llegada de dosquetrés pandilleros, como ya se ha reportado en otras latitudes. No. En la capital industrial italiana, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 tienen estructuras estables que han provocado ya varios muertos, y que se han convertido en un serio problema de seguridad pública para la Polizia di Stato. Incluso se ha duplicado la ruptura entre Revolucionarios y Sureños. El fenómeno es algo nuevo y genera situaciones surrealistas, como que mientras en El Salvador el Estado está guerreando contra los mareros, a quienes considera terroristas, el consulado en Milán vela por sus derechos humanos y procesales. –

por ROBERTO VALENCIA
Publicado en "El Faro", de El Salvador, el 22 de abril de 2016

Miles de milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses, furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.

Zinedine Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños, fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado, Sleepy, Mecha…

Algunos generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas del fenómeno de ‘le gang latine’, pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura, ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9 de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.

Aunque no tardaría en desbocarse todo... en regresar a la normalidad.

                                                                ***

Para hallar huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger, un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.

—Tenemos que ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.

Tiger aterrizó en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla perfecto italiano y... y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero aka del Tiger.

Tiger migró a Milán a mediados de la década pasada, y sus tatuajes ya viajaron con él. Casi todos aluden de forma explícita a la que era su pandilla, el Barrio 18, pero en una sociedad como la italiana, que aún desconoce el fenómeno de las maras, no resultan tan disonantes.
Foto © Nanni Fontana (Internazionale).


En El Salvador desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia, sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades relevantes de su barrio.

“Ya no le tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”

En plaza Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos bajo la imponente estación Milano Centrale.

                                                        ***

La Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica, los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.

Las gangas se importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales, económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.

La aparente paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a 2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000 habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas y victimarios la ponen las maras. Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras 400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social, en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.

Más allá de los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional, fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla, fronteras erigidas sobre la sangre de miles.

La mitad de la población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros, un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18. Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares que residen en áreas controladas por pandillas rivales.

Pero… ¿por qué Milán, a 10,000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.

El Consulado General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de salvadoreños en Milán y alrededores.

“Estamos un poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”, dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.

Hay salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de salvadoreños ya –miles quizás- de segunda y hasta de tercera generación. El flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por las pandillas como detonante.

A Italia migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados, amenazados de muerte. Y migran también mareros: algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el corazón.

“En 2005 o 2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano, por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.

Mareros dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.

Desde afuera resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir, siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo ve cómo son las leyes, las costumbres... uno se adapta. Luego entrás a cometer delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los deportan”.

                                                       ***

La estación Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su monumentalidad: 200 metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone, la plaza Duca d'Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para hallar huellas.

—‘È qui’ cerca –dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.

La calle al costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este ‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.

Este placazo de la 18 está sobre el muro perimetral de la expiscina del parque Trotter, un espacio público emblemático de Milán. Por años, el Trotter y un sector de vía Padova han sido una de las bases de la 18, pandilla que hasta que agarró fuerza se llevaba con los Latin Kings-Chicago y con Comandos.
Foto © Nanni Fontana (Internazionale).

En la entrada de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador: metro y medio de altura, aerosol... Había un gran ‘18’ azul, y a los costados, en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día Tiger.

Su teléfono vuelve a sonar.

—¿¡Y quién va a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?

—...

—Casi todo lo han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.

En el placazo aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza brutal que un grupo de emeeses le propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más destacado, el Gato.

Gato es el aka de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013, inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir su vida.

—Quizá sea el único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.

En septiembre de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia. Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en Milán.

—Vamos a Carbonari –me apura Tiger–, quizá queden más placazos.

Trata de disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.

***

Cuando Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía, y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.

La poderosa burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia Católica canalizó esa necesidad. Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas, cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.

Cuatro décadas después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la Iglesia Católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero, con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.

—¿Cuándo empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.

—Se escuchaban cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó… quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.

El domingo 13 de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros. Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon, le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.

—La Policía nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.

Los nuestros, dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo. Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.

Los nuestros, dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El Salvador.

Los nuestros, dice Deidamia, con el alma doliente.

                                                            ***

Rara vez baja a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.

—¿En Milán está dividida la 18? –pregunto.

—Sí, pero de hace poco.

En El Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios, fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.

—Acá no había división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.

—¿Pagar a la pandilla?

—Aguantar verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron la pandilla.

A escala minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a lo que representó el Viejo Lyn.

—Vaya, estamos en Carbonari –me dice Tiger.

                                                      ***

Dentro del enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las más nutridas y especializadas.

En 2005 se conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean, estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.

En Milán, por su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida mayor preocupación.

—La mentalidad del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes más experimentados del grupo.

Lisi y Campari manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero, palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño promedio tiene problemas para definir con precisión.

—La mentalidad es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.

—¿Creen que pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.

—Yo no lo creo –dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la Salvatrucha o la 18.

—Son diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios, por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo nacional, de solidaridad interna... Las pandillas salvadoreñas no; según mi experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.

Los operativos más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa ferroviaria regional.

El jueves 11 de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme

Operativo nocturno desplegado sobre la via Toffetti por una ‘Squadra volante’ de la Polizia di Stato, el cuerpo policial sobre el que recae el peso de la seguridad pública. La institución creó en 2005 una Sección de Criminalidad Extranjera, concebida y diseñada para controlar las pandillas latinas.
Foto © Nanni Fontana (Internazionale). 

Lisi y Campari están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.

—Cuando apagas un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de nuevo.

Dentro de dos días, Cholo el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo. Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.

                                                         ***

Me dice Tiger que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en Milán.

—Aquí se hacían los meeting.

Le dicen plaza Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro, diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima. Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo. Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de bancas, árboles, senderos adoquinados…

—Es un parque escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil, porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían los meeting.

El meeting, de asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero. Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado popular de San Donato Milanese. Y así.

El crecimiento del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso. Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.

—Deben de haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.

Maciachini, un sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de un kilómetro.

—Vamos mejor a ver qué ondas en el Trotter.

                                                    ***

Mientras en El Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia vela por los mareros encarcelados.

—Yo llego a las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.

Habla Vanessa Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados, procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado italiano respete sus derechos humanos.

La mayoría de las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked, al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del total.

—Adentro son bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.

Vanessa Hasbún busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades, incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.

—Pero los demás van a seguir; esa es mi sensación.

                                                         ***

El Trotter todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18… Tiger está inquieto.

—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.

—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.

Desde que a mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador, ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la MS-13, y de 18 en la 18.

"—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto. 
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.
—Es lo que les falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo es el Wicked."

Wicked es el aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, de la 18.

El domingo 7 de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a) King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas de las pandillas latinas milanesas.

—Nosotros escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se metió en lo de matar al King Boricua.

—Algo desequilibrado, ¿no?

—Noooo. Wicked no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona tranquila, bien portado.

El Wicked simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia, dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el arraigo del fenómeno.

Aún vamos en el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a sonar.

Después de lo del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.

— ¿Por qué la dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.

—No, no, no… cada uno lo suyo –responde, casi ofendido- . Lo han insinuado, pero pollos pendejos tampoco somos.

—Entonces, ¿de qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?

—Que se expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí, para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto? Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de locos presos y el vergo fuera.

Con un movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.

***

Con sede en el jesuítico Centro Schuster, la Comunidad Monseñor Romero congrega cada domingo a docenas de salvadoreños para escuchar misa en español y para degustar platillos típicos, como pupusas o empanadas, que se venden para recaudar fondos que financien pequeñas obras sociales en El Salvador. Foto © Nanni Fontana (Internazionale). 

Cuando el salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el ‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.

La Misión Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador, tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.

“Mi función es ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene la metástasis de las maras en Milán.

                                              ***

Desde piazzale Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu, árabe... Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a pasear el milanés clasemediero o de más arriba.

—No hay barrio más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de culeros, prostitutas y transas.

Su teléfono vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza. Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El Manabá.

—Este era nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema.

Ese es el problema, dice.

—Mirá, esta es la entrada del Trotter.


"... en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema."

                                                                ***

La metástasis de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de la sociedad salvadoreña son... nulas.

El italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares. Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier nueva estructura que amenazara sus intereses.


"El italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas."

“Acá en Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.

Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia, por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.

Para que las maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la salvadoreña.

                                                            ***

El ‘parco’ Trotter es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El Dorado.

Un señor mayor nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no. En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos que veré en Milán.

Es mediodía ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá. Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para la comunidad salvadoreña.

—¿Vos sos Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San Siro?

—¡No, ni pendejo! Se llena de salvadoreños.

Vida de peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al estadio.

Su teléfono vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.

—Era mi cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.

Tiger calla por unos segundos.

—Una vez conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n'ombre… malísimo… con cara de asco... de odio. A saber, quizá se vinieron de El Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara... Yo hasta mal me sentí.

—¿No le dijiste nada?

—¿Y qué le voy a decir? Si... ‘a la final’... ella tiene razón.

                                                         ***

Deidamia habla con el alma doliente.

—Estuve en junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te digo: oíme bien... y mirame…

Deidamia me clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta ahora firme.

—… Amo mi patria... amo mis raíces... Primera vez en mi vida que fui y me sentí prisionera... ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección... Si ahora me preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible… ¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.

Deidamia teme que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, cancerígeno, indetenible.

—¿Cómo evitar que esto siga creciendo, Deidamia?

—Ya es tarde –dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que nuestra gente ya no emigre para acá.

Deidamia Morán migró a Italia en 1974. Fue la primera presidenta de la Comunidad Monseñor Romero, ONG que desde hace tres décadas es un importante catalizador de la salvadoreñidad en Milán. Consultada sobre el arraigo creciente de las maras, Deidamia es pesimista. “Ya es tarde”, dice. Foto © Nanni Fontana (Internazionale). 
"Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia..."



  

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Fuente: http://www.elfaro.net/es/201604/salanegra/18451/Mareros-en-Mil%C3%A1n.htm

viernes, 9 de octubre de 2015

El jefe psicópata: Radiografía de un depredador

El jefe psicópata: Radiografía de un depredador

Un libro de Hugo Marietán
  • El psicópata con poder está en su salsa. Es un depredador voraz e impiadoso. Una apasionante libro que describe las tipologías de los jefes psicópatas.

"El jefe psicópata. Radiografía de un depredador"
Dr. Hugo Marietán

El psicópata con poder está en su salsa. Su natural narcisismo le devuelve una y otra vez una imagen embellecida que justifica, en todo, su accionar; no hay resquicio, en su mente, para el error propio. Sin error no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay corrección del rumbo, sino persistencia. Su obrar psicopático se ajusta a sus códigos propios y lo hace impermeable e intolerante a las críticas. El que lo critica no es un adversario, sino un enemigo.

El líder no psicópata adversario del psicópata, en cambio, es una persona que dirige personas y basa su poder en el consenso, en la discusión. Al no saber que se opone a un psicópata trata de elaborar sus estrategias basadas en un error: la empatía, “si yo estuviese en su lugar…”. El psicópata no piensa como él, no es empático. Es un depredador voraz e impiadoso.

Espero contar con un lector que se atreva a lo nuevo, que se despoje de prejuicios e ideologías, que no confunda distinguir con discriminar, y que me acompañe en este apasionante laberinto de desmesuras que conforman la mente del psicópata (Hugo Marietán).

Fragmentos del Capítulo Dos del Libro (tipos de jefes psicópatas)
  • Algunos de los personajes del poder

El fanático es un tipo de personaje que toma las consignas del poderoso como un dogma y no utiliza ningún tipo de criterio para pensarlas o criticarlas. Para el fanático, lo que dice el poderoso es lo que es, y ciegamente debe cumplir las órdenes que le dan. El fanático, a su vez, es un adoctrinador constante. En función de su automatismo es un elemento peligroso para la sociedad, sobre todo para aquellos que son opositores al régimen imperante. El fanático está movido por la fe, es absolutamente irracional y no median en su accionar intereses propios objetivos, es decir, no lo hace por un interés económico o para generar poder él mismo, sino que lo hace por una convicción y una certeza incontrastable. Puede morir defendiendo al poderoso o a su lema y es el último en ser reducido cuando se acaba el período del poderoso. Difícilmente el fanático cambie de bandera; cuando su líder es derrocado se sume en el resentimiento y la añoranza del tiempo pasado. Es un soldado del poder.

El secuaz es el que está en las inmediaciones del poder, en contacto muy cercano al poderoso, quien deposita sobre él un porcentaje de su confianza y le otorga una cuota de poder para que pueda llevar a cabo las acciones accesorias bajo sus órdenes. Es el encargado del trabajo sucio del poder. El poderoso, en realidad, no confía totalmente en nadie. El poderoso lo cubre en todas sus acciones oscuras porque es una herramienta útil del engranaje del poder. Es el encargado de bloquear a los opositores y, en casos graves, de diagramar la supresión de ellos. Es también aquel que se encarga de los factores económicos que contribuyen a agrandar, no lícitamente, las arcas del poder. El secuaz maneja recursos y es el depositario de muchos secretos de la trama que se sucede detrás del telón del poder. El secuaz es una persona con ambiciones propias que momentáneamente coinciden con las ambiciones del poderoso. Este tipo de persona es la encargada de negociar el traspaso de poder cuando las circunstancias son desfavorables para el poderoso. La imagen del secuaz para los mandados es odiosa y les resulta incomprensible que permanezca al lado del líder, que muestra siempre una actitud ambivalente en lo externo hacia el secuaz. Este juego está tan bien hecho, cuando es realizado con arte, que los mandados en su mayoría están seguros de que las acciones negativas del poder son ejercidas individualmente por los secuaces a espaldas del líder, quien permanece con su imagen impoluta.


El influyente realiza el vínculo entre los mandados y los estamentos del poder. Este personaje debe tener un don de gente muy agilizado. Es en realidad un diplomático fuera de la jerarquía de la diplomacia, que es otro de los trucos en la estructura del poder, ya que el influyente consigue las prerrogativas que solicita el mandado, previo acuerdo de los estamentos del poder, que en función de las circunstancias conviene que aparezcan como un favor del influyente hacia el mandado, dejando otra vez libre de culpa y cargo a los estamentos del poder. Estamos hablando aquí del influyente real y no del mentiroso que hace creer que es influyente, pero que, en realidad, es un estafador. El influyente es un negociador que permite acercar al poder aquellas estructuras disidentes que en determinado momento conviene que estén menos críticas o que apoyen ciertos actos de poder. En el campo de la negociación estos actos siempre tienen un costo que beneficia, en parte, a los mandados y, por supuesto, al influyente en sí. El influyente es una especie de comerciante, cuya materia prima de comercio es su acceso a las estructuras de poder. Es un personaje muy voluble y muy dado a cambiar rápidamente de bando cuando cae una estructura de poder. Algunos exagerados los tildan de traidores, pero en realidad son elementos útiles en cualquier esquema de poder. Aun en las revoluciones más recalcitrantes se hace buen uso de estos personajes. Así en la Revolución Francesa un buen porcentaje de nobles pasó a cumplir esta función. Lo mismo pasó en la Revolución de 1917 en Rusia, donde algunos nobles zaristas pasaron a formar parte de la nueva estructura revolucionaria.

El aliado tiene un compromiso transitorio, en función de sus propios intereses de poder, con la estructura del poderoso. La alianza es el resultado de una negociación donde la estructura del poder debió ceder parte de su poder para conseguir el refuerzo del poder que le otorga el aliado. La relación entre esta estructura y el aliado siempre es metaestable, es decir, requiere una constante atención para controlar el estado de la alianza. Y siempre es insatisfactoria. Para el aliado, no se ha recibido el suficiente poder, y para la estructura, se ha cedido demasiado poder al aliado. Este vínculo inestable permanece mientras se sigan las reglas establecidas en el contrato de alianza. Detrás de esto siempre subyace la esperanza de la estructura de fagocitar al aliado o a los factores de poder del aliado. Y el aliado, a su vez, espera en algún momento suplantar a la estructura de poder, es decir, son enemigos latentes con máscara de amigos.

El negociador es la cara visible, a diferencia de los otros negociadores solapados ya mencionados, el encargado del acercamiento de las posiciones entre la estructura del poder y los disidentes. Generalmente son los que tienen cargos de ministros, secretarios u otro cargo jerárquico y constituyen, en realidad, los fusibles en caso de que las negociaciones salgan mal o que el resultado de las negociaciones sea negativo para los mandados. Estos fusibles, otra vez, son resguardos para la imagen del poderoso. El grado de independencia del negociador es mínimo. Ostenta un poder neta y visiblemente delegado, y aquellos que participan de la negociación tienen claro que es un mero intermediario. El negociador tiene que tener la característica de saber con claridad qué es lo que quiere conseguir el poderoso de la gestión que está realizando. A su vez, el poderoso no le da toda la información, sino sólo aquella fracción de información que le es útil para llevar adelante su gestión. Así, muchos negociadores no tienen idea del efecto real de su negociación. Saben que responde a una táctica del poder, pero desconocen la estrategia completa que guía el accionar de esa negociación. Y esto debe ser así, ya que en el proceso de la negociación, el negociador inevitablemente dejará traslucir intenciones del poderoso. De ahí la precaución de otorgarle sólo una fracción de la información necesaria. No cualquiera puede cumplir este rol, debe ser una persona con un don de gente especial y, a su vez, con una firmeza de carácter que lo mantenga tenazmente en el objetivo mientras aparenta plasticidad frente a los otros negociadores. La negociación en sí es un arte, ya que implica elementos prácticos y efectivos; también influye el talento innato del negociador. Suelen ser personajes muy requeridos para la estructura del poder y de difícil hallazgo, ya que, como sabemos, los técnicos abundan pero los artistas son pocos. Por lo general el negociador no tiene una sólida postura doctrinaria y es también un personaje voluble.


El autor
Dr. Hugo Marietán 


(Bio)
Es psiquiatra especializado en psicopatía y escritor. Se desempeña como docente en la Universidad de Buenos Aires, y ha escrito libros de cuentos y teatro. Entre sus obras relacionadas con la psiquiatría puede citarse "El complementario y su psicópata" (Ananké 2007).


domingo, 21 de junio de 2015

Las personas recurren a la violencia porque sus códigos morales así lo exigen



Las personas recurren a la violencia porque sus códigos morales así lo exigen
Algunas personas son despiadadas. Algunos pierden el control. Sin embargo, la mayor parte de la violencia sigue siendo insondable. Una nueva teoría ilumina la oscuridad.
La policía antidisturbios lucha contra los estudiantes en el Barrio Latino de París, mayo de 1968. Foto por Bruno Barbey / Magnum





"Cuando tenía 14 años, este tipo me golpeaba en las calles. Y mi padrastro se quitó la vida justo en frente de mí. Y me sentí bien por ello, de verdad.” Tio Hardiman, en el documental “The Interrupters” (2011)


Por Tage Rai
18 de junio 2015
 
En su libro “Evil: Inside Human Violence and Cruelty" (1999), el psicólogo Roy Baumeister sostiene que la gente cree que los sádicos perpetran más actos de violencia, quienes obtienen placer del sufrimiento de las víctimas inocentes. Especialmente respecto a  los crímenes más atroces, no podemos dejar de ver a los perpetradores de actos violentos como "malas" personas: Monstruos inhumanos, carentes de sentimiento moral básico. Baumeister llamó a este fenómeno "el mito del mal en estado puro '. Un mito, porque no es cierto.
A pesar de las creencias generalizadas sobre su existencia, el sadismo es tan raro que ni siquiera es un diagnóstico psiquiátrico oficial. Su pariente más cercano es la psicopatía, pero la psicopatía no se caracteriza por la alegría malévola en el sufrimiento de los demás. Es cierto que los psicópatas carecen de emociones morales y hasta de empatía hacia las víctimas. Y pueden ser muy violentos: En estudios a gran escala de los delincuentes, se ha encontrado que alrededor del 10 por ciento de los crímenes violentos son cometidos por aquellos que tienen una calificación por encima de la línea de corte para la psicopatía, y que dichas personas representan menos del 1 por ciento de la población general en todo el mundo. Claramente, los psicópatas provocan más daño que la cuota parte que les correspondería.
Pero eso deja la gran mayoría de los delitos violentos sin explicación alguna. Los no-psicópatas están perjudicando a otros en mucho mayor número que los propios psicópatas. Pero los no-psicópatas no son monstruos. ¿Qué los motiva entonces?
La mayoría de nosotros nunca participaría en un acto de brutalidad extrema. Nunca vamos a disparar, apuñalar, o golpear a alguien hasta la muerte. Nunca vamos a violar a otro ser humano o encenderles fuego. Nunca vamos a atar una bomba en nuestros pechos y detonarnos a nosotros mismos en una cafetería llena de gente. Y así, cuando nos  enfrentamos a estos actos aparentemente sin sentido, nos extraviamos. ¿Qué posible propósito podrían tener todos esos actos? Fundamentalmente, ¿por qué las personas se hieren y matan unos a otros?
Suena como una pregunta sin respuesta. Sin embargo, hay una respuesta. Es simple, potente y muy preocupante. Nosotros fallamos en reconocer que en casi todas partes es importante. Pero si realmente queremos resolver el problema de la violencia, no hay nada para esto. Tenemos que correr el riesgo de un tipo de comprensión que amenaza nuestros valores, nuestra propia forma de vida. Tenemos que mirar hacia un abismo.
En la actualidad, hay dos enfoques dominantes sobre la comprensión de la violencia. Ambos están a la altura. La primera es la que yo llamo la teoría de la desinhibición. Tal vez, según la historia, incluso la gente común tiene impulsos violentos que normalmente se mantienen bajo control. Cuando su sentido moral se descompone o se bloquea de alguna manera, ellos ceden a su lado oscuro. Imagínese el hombre que sabe que está mal golpear a su esposa, pero quién después de un largo día de trabajo, pierde los estribos y la golpea. ¿Es éste nuestro culpable típico?
En 2007, el psicólogo C Nathan DeWall y sus colegas, de la Universidad de Kentucky, publicaron los resultados de un ingenioso experimento para probar esta idea. En primer lugar, agotan la autorregulación de sus sujetos de prueba, provocándolos, haciéndolos resistir ante un tentador postre, obligándolos a que desviasen la mirada hacia una pantalla de ordenador. ¿Y qué? Los sujetos de prueba llegaron a ser más agresivos en sus juicios y comportamientos posteriores, pues el agotamiento de autorregulación aumentó la probabilidad de comportarse agresivamente en respuesta a la provocación.  
Por ejemplo, eran más propensos a provocar deliberadamente un fuerte ruido en los auriculares de otra persona.
Hasta ahora, luce prometedora la teoría de la desinhibición. Sin embargo, los experimentos detectaron un patrón en estas tendencias agresivas: Surgieron sólo en respuesta a una provocación anterior. En el experimento de la voladura de sonido, la agresión fue dirigida hacia una persona que el participante cree les había dado una opinión injusta a una tarea anterior. Cuando ninguna provocación estaba presente, no hubo diferencia estadística en la conducta entre los participantes que habían sido agotados y aquellos cuya autorregulación no fue atacada. En otras palabras, la agresión no era un desbordamiento de violencia al azar. Por el contrario, parecía que los sujetos de prueba estaban tratando de vengarse.
Ahora bien, este tipo de experimentos bien podrían indicar que algo de violencia está habilitada por la pérdida de autocontrol. Pero la teoría de la desinhibición elude la cuestión del por qué, qué nos motiva a ser violentos, en primer lugar. El impulso tiene que venir de alguna parte, y la teoría no dice nada acerca de dónde podría provenir.
Valdría la pena hacer una pausa para preguntarnos qué clase de respuesta esperamos encontrar aquí. ¿Nuestra propensión a la agresión simplemente se reduce a una mezcolanza de diversas provocaciones y factores desencadenantes? ¿O hay alguna, patrón subyacente universal, una sola llave que captura la mayor parte de la violencia en todas las culturas a lo largo de la historia? Esta última opción suena como un objetivo ambicioso para una teoría sociológica. Pero la segunda aproximación general a la violencia, lo que voy a llamar a la teoría racional, es ciertamente ambiciosa.
En este punto de vista, la violencia es sólo una manera de lograr los objetivos instrumentales. Por ejemplo, matando herederos rivales a veces es una buena idea si quieres ser rey. Ya se trate de pelear entre hermanos o entre naciones, estos modelos de la elección racional predicen que la probabilidad de que aumentará la violencia cuando sus beneficios suben o bajan sus costos.
La teoría puede presumir de algunos éxitos empíricos. Richard Felson, profesor de Sociología y Criminología en la Universidad Estatal de Pennsylvania, encontró que la probabilidad de enfrentamientos entre hermanos sube cuando los padres están presentes, y que los hermanos más jóvenes son más propensos a luchar cuando saben que sus padres podrían intervenir, lo que reduce los costos potenciales para sí mismos. A nivel de los estados, Vincenzo Bove, Profesor Asociado de Política y Estudios Internacionales y sus colegas de la Universidad de Warwick en el Reino Unido, descubrieron recientemente que las naciones extranjeras son mucho más propensas a intervenir en una guerra civil cuando el país en guerra consigo mismo también tiene valiosas reservas de petróleo.
Pero una vez más, nos encontramos con un rompecabezas. La gente con frecuencia recurre a la violencia cuando, por cualquier medida de utilidad práctica, los medios no violentos serían más eficaces. Como Baumeister y sus colegas señalaron en el documento ‘Relation of Threatened Egotism to Violence and Aggression’ (1996):
“Guerras dañan ambas partes, la mayoría de los crímenes producen poca ganancia financiera, el terrorismo y el asesinato casi nunca logran los cambios políticos deseados, la mayoría de las violaciones no pueden dar placer sexual y con la tortura rara vez se obtiene información precisa y útil ...”
En 2007, los antropólogos Jeremy Ginges de la New School for Social Research en Nueva York y Scott Atran del Centro Nacional de Investigación Científica realizaron encuestas entre israelíes y palestinos sobre el tema del conflicto de Oriente Medio. Durante estas entrevistas, los investigadores presentaron a sus participantes una serie de acuerdos de paz hipotéticos; algunas ofertas incluyeron incentivos materiales para renunciar a la tierra en disputa. Surgió una inconsistencia peculiar. Un subconjunto de los encuestados vio la tierra en disputa como otro recurso: Estaban, por tanto, dispuestos a cambiarla por una compensación financiera y firmar el acuerdo de paz, al igual que el modelo racional predijo.
Otros participantes, sin embargo, vieron la tierra como algo sagrado, vinculado a su identidad cultural. Para estos participantes, añadir una compensación económica redujo el apoyo al acuerdo. Estos otros participantes mostraron niveles elevados de ira y disgusto, así como un mayor entusiasmo por la violencia. El modelo racional no puede manejar este tipo de datos. Agregar incentivos materiales nunca debería empeorar los acuerdos, a menos que no sean de naturaleza material las utilidades que a las personas preocupen como relevantes.
Parece que fallan las dos principales teorías de la violencia, por una razón u otra.  Ni la teoría de la desinhibición ni la teoría racional proporcionan una imagen completa del por qué las personas se lastiman y matan entre sí. Y en la medida en que nos basamos en estas teorías para reducir la violencia, fracasaremos también al tratar de reducirla. ¿Qué nos estamos perdiendo?
Vine a este tema por una ruta indirecta. Para mí, la cuestión candente era siempre acerca de por qué las personas están en desacuerdo sobre cuándo aplicarla así como sí la violencia es exigida como pauta. ¿Por qué golpear a los niños para evitar la desobediencia fue más aceptable hace 50 años que en la actualidad, y por qué es más aceptable en los estados sureños que en los norteños de Norteamérica? ¿Por qué los occidentales responden con horror ante la matanza de mujeres por las infidelidades sexuales, mientras que en otras partes del mundo no sólo la toleran sino que hasta alientan la práctica?
Para entender cómo las actitudes pueden ser tan diferentes en todas las culturas, empecé a trabajar con el antropólogo Alan Fiske de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Juntos, hemos analizado las prácticas violentas entre culturas y la historia. Hemos examinado los registros de la guerra, la tortura, el genocidio, los crímenes de honor, el sacrificio humano y de animales, el homicidio, el suicidio, la violencia infligida por la pareja, la violación, el castigo corporal, la ejecución, el juicio por combate, la brutalidad policial, las novatadas, la castración, los duelos, las disputas, el contacto en los deportes, y la violencia inmortalizada por dioses y héroes, y más. Peinamos a través de relatos en primera persona, observaciones etnográficas, análisis históricos, datos demográficos, y las investigaciones experimentales de la violencia.
El trabajo era, francamente, deprimente. Nadie quiere leer sobre todas las terribles atrocidades que la gente comete. Pero también fue fructífera. Encontramos un patrón en toda la violencia. Hubo un tema unificador, con todo el poder predictivo y explicativo qué uno podría desear.
Han existido muchas culturas y períodos históricos donde la gente no buscó particularmente la felicidad como valor o donde buscaron activamente el sufrimiento porque lo vieran como moralmente purificador…
A través de las prácticas, en todas las culturas, y a lo largo de períodos históricos, cuando la gente se apoya y se involucran en la violencia, sus principales motivaciones son morales. Por «moral», quiero decir que la gente es violenta porque sienten que deben ser así, comportándose violentamente; porque sienten que su violencia es obligatoria. Ellos saben que están perjudicando plenamente a otros seres humanos. Sin embargo, creen que deberían hacerlo para su bien. La violencia no se deriva de la falta psicopática de la moralidad. Todo lo contrario: Se trata del ejercicio de los derechos y obligaciones morales percibidas.
Una madre sureña castiga a su hijo porque él desobedeció a su autoridad, para así protegerlo de sí mismo, y para asegurarse de que él se convertirá en un adulto responsable. Sargentos, líderes de pandillas y guerrilleros instruyen brutalmente 'fantástico' a los nuevos reclutas, para así crear lazos de por vida con sus demás compañeros y obtener igualmente la obediencia inquebrantable a sus superiores, factores fundamentales para el éxito en las peleas y luchas que habrán de mantener en el futuro. Un padre en Papúa Nueva Guinea vierte grasa caliente por la parte interna del brazo de su hijo y espera que éste va a soportar estoicamente, porque esto es fundamental si ese muchacho quiere convertirse en un adulto respetable en la comunidad. Un niño se mete en una pelea porque el otro chico le golpeó primero, y porque su padre le enseñó que debía defenderse y nunca dejarse intimidar; cuando el niño se convierte en un hombre, se meterá en una pelea de bar porque alguien insultó a su novia y él debe defender su honor.
Un hombre de Arabia paralizado en una pelea solicita que su atacante sea paralizado en la misma posición exacta sobre la médula espinal - y el juez se ve en ella. Un hermano en el norte de la India rural mata a su hermana porque su infidelidad sexual ha contaminado y avergonzado a su familia; y la  muerte de esa chica es la única manera de restaurar el honor de la familia, para así demostrar a la comunidad que se puede confiar en ellos. Un estudiante universitario de Norteamérica viola a una conocida en vez de 'volver' con las mujeres que lo han rechazado, porque cree que las mujeres son subordinadas que están moralmente obligadas a hacer lo que se le manda. Un atacante suicida en el Medio Oriente mata a otros y se mata a sí mismo, en el nombre de una autoridad que respeta y por lealtad a sus compañeros que también morirán inmolados. Un piloto de combate de EEUU lanza bombas a un objetivo del ISIS, matando a varios terroristas –pero matando también a los civiles cercanos- porque su comandante calculó que era una pérdida aceptable para lograr un bien mayor, la muerte de sus enemigos.
Uno puede multiplicar infinitamente una enorme cantidad de ejemplos similares. En todos los casos, el acto violento es percibido por los autores, los observadores - y en algunos casos hasta por las propias víctimas - como se acaba de referir.
Al mismo tiempo, si la violencia está motivada por sentimientos morales, ¿Qué la motivó? ¿Qué tratan de lograr sus perpetradores? El patrón general que encontramos es que la violencia tiene como objeto regular las relaciones sociales.
En los ejemplos anteriores, los padres se relacionan con los niños; los reclutas y los combatientes se relacionan con sus compañeros y con sus superiores; los niños y los hombres se relacionan con sus amigos; las familias se relacionan con sus comunidades; los hombres se relacionan con las mujeres; las personas se relacionan con los dioses; y los grupos y las naciones se relacionan entre sí. En todos los casos, los perpetradores utilizan la violencia para crear, dirigir, mantener, mejorar, transformar, honrar, proteger, compensar, reparar, o finalizar y lamentarse por las relaciones valoradas.
Sin duda, las personas y las culturas varían en la forma en que hacen esto y los contextos en los que piensan la violencia es un medio aceptable de hacer las cosas bien, pero el objetivo es el mismo. El propósito de la violencia es mantener un orden moral.
Para  muchos, esto parecerá incomprensible. Seguramente el dolor es terrible. El núcleo de la moral de cualquier persona debe ser reducido al mínimo, sólo con lo que pasa cuando sea absolutamente necesario. Pero esto supone que los bienes morales finales de la vida son la búsqueda de la felicidad y la evitación del dolor. Nos podría sonar razonable a nosotros, como reflejo de los ideales occidentales modernos; sin embargo, han existido muchas culturas y períodos históricos donde la gente no buscó particularmente la felicidad como valor o donde buscaron activamente el sufrimiento porque lo vieron como moralmente purificador: Por ejemplo, entre los protestantes, a finales del siglo XVI y principios del XVII, se suponía que el dolor era un bien moral que debía ser  perseguido y alcanzado, deleitable, sublime; y a lo largo de los siglos XVIII y XIX las ejecuciones públicas fueron a menudo un espectáculo popular, con numerosas familias haciendo picnic, presenciando los ahorcamientos.
Podríamos estar tentados a escribir sobre todas estas prácticas como accidentes históricos o como actos de sadismo. Pero en la primavera de 2011, los estadounidenses celebraron en las calles la muerte de Osama Bin Laden y, recientemente, en el verano pasado, los israelíes se reunieron en las colinas para ver y celebrar cómo lanzaban bombas sobre Gaza. La violencia todavía es celebrada por la gente común.
¿Significa esto necesariamente que la violencia "se siente bien" o que las personas nunca entran en conflicto cuando se involucran en la violencia? No. Las personas odian herir a los demás. Puede ser muy estresante y traumático ser violento, y puede requerir la formación, el apoyo social y la experiencia para evitarlo; y esta sería la función de muchas prácticas morales. Puede ser difícil decir la verdad o  defender lo que es correcto; la gente a menudo se resiste o deja de hacer lo que se requiere de ellos; la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que es moralmente correcto saltar en el agua helada para salvar a alguien que se está ahogando, pero eso no significa que lo disfrutemos haciéndolo.
Tal vez todo esto suena un poco demasiado conveniente. Algunos individuos violentos podrían decir que sus acciones violentas están motivadas moralmente. ¿Cómo sabemos que no son acomodadas simplemente después de los hechos? ¿Seguramente no es tan difícil compensar justificaciones morales cuando uno está motivado realmente por el egoísmo o por el mal?
Esta es una buena pregunta. Sorprendentemente, sin embargo, no socava mucho el panorama. Lo que debemos recordar es que las justificaciones proporcionadas por quienes perpetran hechos violentos nos dicen mucho acerca de las ideas morales de su propia comunidad. Si el jugador de fútbol americano Ray Rice afirma que su prometida lo golpeó y escupió sobre él antes de que él la golpease en 2014, es porque siente que así mitiga su crimen ante los ojos de la gente que le rodea. Sí  la gente realmente supone que esa declaración es verdadera, entonces Rice tiene razón. Las excusas que los perpetradores ofrecen, revelan los estándares morales de aquellos ante quienes se apela.
Si aceptamos que las personas peligrosas pueden estar motivadas por genuinas creencias morales, nos enfrentamos entonces a una dimensión subjetiva sumamente inquietante en cuanto a la moralidad como tal...
Intentemos suponer lo contrario: Imaginemos que las excusas morales siempre son sólo una farsa del perpetrador para salir del problema y eludir su responsabilidad. Lo primero que se nota es el mal trabajo que hacen. Supongamos que el autor de un crimen brutal quiere evitar la cárcel. ¿Qué debe decir? Definitivamente, no debe pretender que lo que hacía estaba bien o que la víctima lo merecía; eso sería estúpido. No, más bién debería negar rotundamente que sucediera el hecho, o decir que fue un accidente, o que ese día estaba fuera de sus cabales. Casí todos los autores de actos violentos hacen esto, afirman este tipo de excusas todo el tiempo, por supuesto: En los tribunales. Pero antes de que los abogados tengan  la oportunidad de ocuparse de ellos, los perpetradores a menudo pueden ser encontrados jactándose de sus hazañas entre sus amigos y vecinos; en fin, jactándose con gente con la cual compartan su propio código moral.
Las justificaciones morales para la violencia tienen tan poco sentido como artimañas y tenemos que asumir que son sinceras al menos. Este es un pensamiento incómodo. Si aceptamos que las personas peligrosas pueden estar motivadas por genuinas creencias morales, nos enfrentamos entonces a una dimensión subjetiva sumamente inquietante en cuanto a la moralidad como tal. Por lo menos, hay que enfrentarse a la posibilidad de que uno puede estar sinceramente equivocado al respecto. Y una vez que te vas tan lejos, desde allí es un corto salto al pensar que tal vez somos nosotros los que estamos mal o que hay nada para que tener razón.
Tal vez esto suena como un relativismo barato. Pero hay una tendencia psicológica aquí que debemos tomar en serio. ¿Cuál es, empíricamente hablando? ¿Qué ocurre cuando dejamos de pensar en los valores morales como hechos objetivos que son verdaderos en todas partes, en todo momento, y en su lugar comenzamos a verlos como opiniones personales que difieren entre las distintas culturas y las diferentes épocas de la historia? Bueno, en el laboratorio, al menos, parece que perderemos nuestros soportes.
En 2013, el psicólogo Keith Holyoak y yo presentamos en UCLA a algunos sujetos de prueba la evidencia de que ciertos actos violentos -actos que los propios sujetos dijeron que deploraban- fueron percibidos por los demás como actos moralmente aceptables. Más específicamente, los dividimos en tres grupos y procedimos a  interrogarlos posteriormente: A algunos de nuestros sujetos después de leer un artículo defendiendo los derechos de las comunidades para llevar a cabo la mutilación genital femenina, siempre que convengamos estar  de acuerdo con las creencias morales de esas comunidades; otro grupo leyó un artículo afirmando que la mutilación genital femenina era inequívocamente mala; y un tercer grupo, el de control, leyó un artículo acerca de cocina. Cabe destacar que los participantes que leyeron el artículo "relativista" eran más propensos a hacer trampa en un examen de seguimiento que aquellos  participantes que leyeron el artículo "absolutista" o el grupo de control. La mera consulta de una convicción moral tuvo el efecto de socavar el comportamiento moral en un dominio aparentemente distante.
De allí que sería más fácil vivir en un mundo donde las personas crean que la violencia está mal y participar en ella de todos modos; pero ese no es el mundo en el cual vivimos. Aunque nuestra negativa a reconocer este hecho básico puede haber ayudado a orientar nuestra propia brújula moral, también se ha interpuesto en el camino de las intervenciones que en realidad podrían reducir los daños. Sin embargo, dejemos de lado las cuestiones filosóficas que surgen una vez que aceptamos que no hay desacuerdo moral acerca de la violencia. ¿Cómo funciona el mensaje de que la violencia es moralmente una motivación que nos ayuda en nuestros esfuerzos para reducir esa misma violencia?

Durante años, hemos estado tratando de reducir la delincuencia mediante la promulgación de la encarcelación en masa, mediante la colocación de  restricciones a los enfermos mentales, y enseñando a los posibles perpetradores de actos violentos cómo ejercer más autocontrol. Frente a la violencia, todas estas suenan como estrategias plausibles; pero todas ellas pierden su objetivo.

Una de las conclusiones más sólidas en la criminología es que el aumento de la severidad del castigo tiene poco efecto disuasorio. La gente simplemente no es tan sensible a los costos potenciales de la delincuencia como el modelo de elección racional predice que debería ser, por lo que los esfuerzos para reducir el  crimen mediante la adopción de medidas enérgicas en su contra no han podido justificar los inmensos costos fiscales y sociales de la encarcelación en masa. Mientras tanto, debido a los crímenes más violentos que son cometidos por personas psicológicamente sanas, la legislación que se centra en los enfermos mentales -por ejemplo, impidiendo a éstos la compra de armas- llevaría sólo a una pequeña reducción de la criminalidad.
Sólo cuando la violencia en cualquier relación sea vista como una violación de toda relación, entonces disminuirá.

Por último, si la violencia no es, de hecho, un error desde el punto de vista del perpetrador de los actos violentos, las estrategias destinadas a ayudarle a ejercer un mejor control sobre sí mismo sería perder el tiempo. El ladrón condenado y convicto Daniel Genis, recientemente describió el «tratamiento de  reemplazo de la agresión" (ART, por sus siglas en inglés: ‘Aggression Replacement Training’), al que se ven obligados a asistir los reclusos de prisiones norteamericanas sí son declarados culpables por comisión de un crimen violento:
     “Las lecciones en ART pueden habernos enseñado el cómo evitar puñaladas cuándo son resultado de malentendidos espontáneos; pero de hecho, casi toda la violencia que ví en la cárcel fue deliberada, planificada... muy diferente a las explosiones de temperamento que los programas de ART tienen intención de curar.”
Nada de esto quiere decir que este tipo de intervenciones no deban llevarse a cabo, sobre todo en los casos en que no cuestan mucho. Mejores controles de antecedentes son probablemente una buena idea. Pero si realmente queremos reducir los índices de violencia, hay que centrarse en sus motivos morales. En pocas palabras, la violencia se debe convertir en algo inmoral. Este criterio debería  mantenerse tanto para los perpetradores de actos violentos como para las personas a quienes esto les importa y preocupa. Sólo cuando la violencia en cualquier relación sea vista como una violación de toda relación, entonces disminuirá.

¿Qué pasa con la violencia en el otro lado de la ley? Los defensores de DDHH en los EEUU han estado presionando para que sea obligatorio el uso de cámaras adosadas al cuerpo de los efectivos policiales, para así impedir los actos de brutalidad policial. ¿Podría funcionar eso? Hay un montón de pruebas que sugieren que las personas son menos propensas a involucrarse en comportamientos que ellos creen qué es inmoral cuando saben que están siendo observados. El razonamiento es que sí la policía sabe que están siendo observados, entonces no incurrirían en actos que saben que son moralmente incorrectos. Sin embargo, a menudo la policía y gran parte del público no ven nada malo en sus acciones. No hay datos que sugieran que las personas sean menos propensas a realizar acciones que ellos piensan que son moralmente correctas cuando saben que están siendo observados. Por lo tanto, no está claro cuán útil podrán ser las cámaras corporales a menos que haya un mensaje claro de liderazgo y cultura que prohíba el uso innecesario de la violencia.

En su trabajo para reducir la violencia de las pandillas en Boston, el criminólogo David Kennedy ayuda a organizar las intervenciones. Los asesinos son confrontados con  los líderes locales y las familias de las víctimas, quienes expresan la maldad de matar e insisten en que la violencia contra cualquier persona socava sus relaciones con todo el mundo. Las sanciones legales también están presentes, pero no son suficientes por sí solas. Fundamentalmente, el mensaje tiene que venir de personas respetadas dentro de la propia comunidad del asesino. Como Kennedy expresa: "…sus propias ideas sobre el bien y el mal son un asunto más; pero las ideas de aquellos que se preocupan y respetan importa más."

Estos programas han tenido bastante éxito. Al principio del artículo cité a un entrevistado del documental  “The Interrupters”, que siguió un programa similar al de Chicago, conocido como 'CureViolence'. El programa depende de los miembros de confianza de la comunidad para intervenir con las apelaciones morales y lograr que todos se centren en las consecuencias socio-relacionales, antes de que la violencia de represalia pueda entrar en erupción y haga irrupción, estallando. Un estudio del programa encontró que redujo los tiroteos entre 16% al 28% en las zonas donde se aplicó.

No es fácil cambiar una cultura de violencia. Usted tiene que dar a la gente los medios estructurales, económicos, tecnológicos y políticos para regular sus relaciones de manera pacífica. Los grupos sociales tienen que aprender a sentir vergüenza ante los hechos vergonzosos y rechazar cualquier persona que perjudique a otros. Pero se puede hacer. Se ha hecho en el pasado, y está sucediendo en estos momentos.
 
Las culturas cambian. A nivel mundial, la violencia está en declive. Gente de todo el mundo está encontrando maneras de satisfacer en forma no violenta sus motivos morales y los objetivos de las interacciones sociales. Esto no significa que nuestro trabajo esté terminado. La gente todavía sigue lastimando a otros y matándose  unos a otros,  porque creen qué es lo correcto y lo siguen haciendo. Pero si sus grupos sociales primarios hacen sentir que no deben ser violentos, podría ser que dejen de ser violentos. Una vez que todos, en todas partes, realmente crean que la violencia está mal, va a terminar.
 
18 de junio 2015
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Tage Rai es investigador post-doctoral en el Centro Ford para la Ciudadanía Global de la Kellogg School of Management de la Universidad de Northwestern en Illinois. Es coautor, junto con Alan Fiske, de"Virtuous Violence" (2014).
Editado por Ed Lago
@ejklake

Título del artículo original: "People resort to violence because their moral codes demand it"
Fuente: http://aeon.co/magazine/philosophy/people-do-violence-because-their-moral-codes-demand-it/
Traducción libre al castellano