¿POR
QUÉ ES ALTA LA TASA DE CRIMINALIDAD EN VENEZUELA?
Existen muchos factores que
inciden en la génesis del fenómeno criminal, unos del entorno social en el que
se desenvuelve el individuo, otros pertenecientes al genotipo o al fenotipo
mismo del propio individuo; unos y otros propiciarían el crimen, provocando la
proclividad criminal del individuo. Sin embargo, esa proclividad no implica en
modo alguno que el individuo pasará indefectiblemente al acto, que ese
individuo incurrirá inexorablemente en acto criminal. La proclividad criminal
implica sólo eso, una tendencia; la mayor o menor probabilidad que tiene un
sujeto para pasar al acto criminal.
Empero, así como existen
factores que inciden en la génesis del fenómeno criminal, también existen tanto
en el entorno como en el propio individuo otros factores cuya función es
impedir precisamente ese paso al acto criminal, procurando que el individuo se
abstenga de incurrir en delito.
Entre los factores criminógenos existentes
en el entorno social podríamos mencionar a los medios de comunicación (en
cuanto al contenido y mensaje de los programas difundidos por radio, TV, cine,
prensa, revistas, etc., tanto en formato digital o físico o tradicional) así
como a las drogas y el alcohol. Del mismo modo, entre los factores
criminógenos existentes en el propio individuo, señalaríamos como
pertenecientes al genotipo a las psicopatías, las perturbaciones psíquicas, las
enfermedades mentales, las deficiencias congénitas neuronales o nutricionales,
las alteraciones fisiológicas a nivel cerebral así como de glándulas
endocrinas, las anormalidades cromosómicas, etc.; y entre las pertenecientes a
las fenotípicas, señalaríamos a las perturbaciones psíquicas o psicológicas provocadas
por consumo de sustancias estupefacientes, psicotrópicas u alcohol, las
alteraciones y deficiencias de carácter orgánico provocadas por lesiones o por
consumo de sustancias estupefacientes, psicotrópicas u alcohol, así como al
entorno social del individuo.
Nótese que hemos señalado al
entorno social del individuo como un factor criminógeno existente en el propio
individuo, conformando el fenotipo mismo del sujeto; algo así como sí estando
inmerso el individuo en su propio entorno social, ese entorno social fluya a
través del individuo tal como lo haría el aire en nosotros, fluyendo
constantemente en nuestro organismo, aspirándolo, reteniéndolo en nuestros
pulmones y expeliéndolo en incesante ritmo. Pues bien, de ese mismo modo fluye
el entorno social a través de cada uno de nosotros; y fluye a modo de pautas
culturales en nuestra propia conciencia, como datos de información que nos
indican cómo comportarnos y cómo actuar, y que nos son aportados mediante el
proceso de socialización al que somos sometidos en nuestros hogares, familias,
vecinos y compañeros, así como en la escuela por nuestros primeros maestros, y
en la iglesia o templos por nuestros clérigos o pastores; es a ese proceso de
socialización al que aluden las teorías sobre el constructivismo propugnadas
tanto por Jean Piaget como por Lev Vigotsky, por cuanto el individuo forja día
a día desde su infancia su propia personalidad tomando y haciendo suyas las ideas,
conceptos, normas culturales y pautas culturales que se encuentran esparcidos y
diseminados en su propio entorno, y que al interaccionar socialmente le
permitirán adoptar un determinado rol social del modo cómo lo señala en su Teoría
Transaccional el psicólogo Eric Berne; y qué en conjunto vendrían a corroborar
la Teoría de la Asociación Diferencial, de Edwin Sutherland: El criminal no
nace como criminal, aprende a ser criminal; tampoco hereda esa condición ni la
ejecuta por simple imitación, las ejecuta por haberlas aprendido, por haberlas
internalizado.
De manera pues, la psicopatía
podría pasar inadvertida sí el psicópata “aprende” a enmascarar y reprimir su
violenta personalidad, así como a mostrar empatía y hasta compasión; pero ello
no implica que haya dejado de ser un psicópata, implica sólo que ha reprimido
su propia personalidad, así como la podría reprimir un pedófilo, y hacerse
llamar “pedófilo virtuoso”: En cualquier momento mostrarán su verdadera
personalidad. Por supuesto, de decidir
reprimir conducta y comportamiento, uno y otro se abstendrán de pasar al acto
criminal debido a las normas culturales imperantes en la sociedad en la cual se
desenvuelvan, y esas normas culturales están inmersas a su vez tanto en el
individuo, quienes las internalizarán, así como en el entorno social de ese
individuo, qué es la cuestión que queríamos demostrar: Que el entorno social es
un factor criminógeno perteneciente tanto al fenotipo del individuo –por
haberlas internalizado como pautas culturales-
así como al entorno social propiamente, o medio ambiente social.
Desde luego, sí esas pautas
culturales tienden a impedir que el individuo pase al acto, no serían entonces
un factor “criminógeno” sino, más bién, un factor “criminogenicida”.
Entonces, el entorno social
podría actuar tanto para provocar el fenómeno criminal como para impedir qué se
produzca, y volvemos a caer en el proceso de “socialización”.
Al estudiar la sociedad como un
todo abstracto, los antropólogos funcionalistas afirman que toda sociedad posee
una estructura, y qué esa estructura está conformada por diversas instituciones
que la sustentan y que le permiten desenvolverse y desarrollarse, integrada a
su vez por los individuos que ejecutarán las funciones requeridas y necesarias
para que esas instituciones cumplan la función inherente: Todos necesitamos alimentos,
vestimenta, calzados, etc., pero como quiera que vivimos en sociedad no tenemos
que ocuparnos cada quién de producir los alimentos que necesitamos ingerir, así
como tampoco nos ocupamos de producir ni la vestimenta ni los calzados que
usamos. Y casualmente es esta la razón por la cual surge el Derecho, para regular
de forma armónica las fuerzas de todos los miembros de la sociedad, y
dirigirlas a un solo propósito, el Bien Común: Cada miembro de la sociedad debe
ocupar y ejecutar un rol específico dentro de la sociedad, aportando y
contribuyendo con su esfuerzo personal al logro de ese propósito general; es
así cómo surge la cultura, al ser transmitida de una generación a otra las
pautas culturales que permitirán subsistir al individuo así como a la sociedad
persistir y perpetuarse como ente, perdurando en el tiempo, y qué no es otra sino la
socialización del individuo.
Ahora bién, ¿por qué es alta la
tasa de criminalidad en Venezuela?
En primer lugar, por cuanto el
proceso de socialización que debería ser aplicado a los niños y jóvenes ha sido
efectuado deficientemente, al inculcar a los individuos pautas culturales
inidóneas e inaceptables socialmente,
pues impiden y obstaculizan el desarrollo armónico, ordenado y pacífico
de las relaciones interpersonales entre éstos.
En segundo lugar, por cuanto se
omite someter a proceso de resocialización a quienes incurren en delito,
segregándolos meramente por un tiempo indeterminado en recintos cuyo ambiente fomenta,
promueve y facilita la adopción y el reforzamiento de conductas socialmente inaceptables,
incrementando igualmente la proclividad criminal de éstos.
Criminal psiquiátrico que aún purga condena en la PGV, con la población carcelaria común, por no existir hospitales psiquiátricos para criminales en Venezuela (Nota: Dorangel "El Comegente" cambió sus gustos antropófagos por el vegetarianismo tras ser condenado.)
En tercer lugar, por cuanto es inexistente en el sistema penitenciario actual la clasificación mediante
diagnostico diferencial de aquellos quienes son segregados en los recintos
penales y penitenciarios, al extremo que a los efectos del requerido
tratamiento penitenciario no se distingue en modo alguno a los internos, agrupando indistintamente a quienes están
afectados por alguna psicopatía con quienes padecen desórdenes mentales y con
todos aquellos que ni son psicópatas ni padecen desorden mental alguno; en vez
de destinar a unos a centros de reclusión específicos para psicópatas, otros a
centros terapéuticos para criminales con desórdenes mentales y al resto
agruparlos en centros comunes de acuerdo a su edad, sexo, grado de peligrosidad,
tiempo de duración de la reclusión, etc., conforme a los parámetros aceptados
internacionalmente.
En cuarto lugar, por cuanto el
sistema penal y penitenciario venezolano no intimida al delincuente:
► De caer preso, el delincuente
sabe que será conducido a un recinto dónde recibirá visitas de sus familiares y
amigos con bastante frecuencia, y hasta tendrá la oportunidad de serle permitida
la pernocta de esa visita por varios días en el recinto;
► Sabe y le consta que en los
recintos podrá disfrutar en todo momento del uso de electrodomésticos,
televisores, teléfonos celulares, laptops, etc., así como quizás disfrutar de
la compañía de mascotas (perros, animales exóticos,etc.) y hasta el porte y
posesión de todo
Animales hallados al clausurar Cárcel de Sabaneta: Cunaguaros (Leopardus Pardalis), babas (Caiman Crocodrilus), etc.
tipo de armas de fuego, explosivos y granadas incluidas, así
como el uso y disfrute de piscinas, discotecas, restaurantes, conciertos con
genuinos artistas de fama o participar como jugador en auténticas partidas de
rugby o hasta viajar a Europa como integrante de una impecable orquesta
sinfónica, con todos los gastos pagos: Boleto aéreo ida y vuelta, estadía,
todas las comidas y bebidas!
► Sabe y le consta que automática
e incondicionalmente obtendrá defensa penal gratuita por parte de funcionarios
públicos cuyo sueldo será pagado por el erario nacional, a costa de los
contribuyentes;
► Sabe y le consta que sus
familiares más allegados serán beneficiados con el “Plan Llegó Maita”, implementado
por el Ministerio de los Servicios Penitenciarios, y que comprende agasajos y
obsequios en los días festivos más significativos para una madre (Día de la
Mujer, Día de la Madre, Navidad, Año Nuevo, etc.) así como excursiones con
alojamiento incluido en los antiguos hoteles de la corporación Hilton y otros
ahora
pertenecientes a Venetur (Margarita, Cumaná, Macuto, Chichiriviche,
Canaima, etc.), lo cual incluye adicionalmente la automática inclusión en otros
planes tales como “Gran Misión Vivienda Venezuela” y “Mi Casa Bien Equipada”,
para así poner cese a las penurias que provocaron la invisibilización de un ser
excluido por los anteriores gobiernos apátridas;
► Sabe y le consta que sí permanece
en detención más de dos años continuos sin obtener sentencia condenatoria,
saldrá en libertad;
► Sabe y le consta que el
expediente de su causa podrá ser examinado dentro del mismo recinto por jueces
itinerantes que podrían concederle la libertad, así como obtenerla a través del
denominado “Plan Cayapa”;
► Sabe y le consta que desde los
recintos podrá seguir movilizando sus cuentas bancarias, así como administrar
sus bienes muebles e inmuebles, dado que ni unos ni otros ni serán incautados
ni serán sometidos a ningún tipo de restricción.
Asesinado por un expran en Sabaneta, junto a los de su grupo criminal; el expran le extrajó corazón y ojos, tras obligarlo a desnudarse para cobardemente matarlo. El crimen aún permanece impune.
► Sabe y le consta que no pagará
condena por los delitos cometidos dentro del recinto, así como tampoco será
enjuiciado por ello o que su pena será incrementada en modo alguno para que
purgue condena adicional por estas otras acciones delictivas, aún cuándo
asesine a mansalva a otros internos o extorsione desde el interior del recinto
a ciudadanos que se hallen fuera del recinto o que se fugue y lo recapturen;
► Sabe y le consta que podrá
estacionar dentro del propio recinto los vehículos automotores que hurte aún
estando preso, sea para conservarlo para su uso posterior, sea para aguardar
por el pago de rescate por el hurto.
En fin, abundan y sobran las
razones para afirmar que el sistema penal penitenciario no intimida al
delincuente; pareciera que lo incita, que lo provoca a delinquir.
Prosiguiendo, en quinto lugar, por
cuanto fue anulada por inconstitucional la Ley de Vagos y Maleantes, que al
menos permitía mantener bajo control el fenómeno criminal, impidiendo que
deambularan a su antojo por las calles menesterosos, malvivientes, rufianes,
proxenetas, vagos y maleantes, dado que la policía podía ejercer función
preventiva y profiláctica, deteniendo a quién careciera de empleo, a todo aquél
que se dedicase a los juegos de envite y azar en las vías públicas, etc., así
como a enviar a las Colonias Móviles de El Dorado a todo aquél que estuviese
vagando, cometiendo fechorías, o que tuviese cinco o más denuncias ante los
cuerpos policiales: Eran enviados a las Colonias, a trabajar, a sembrar el
campo, a cuidar y a alimentar animales, a aprender los rudimentos de un oficio,
a capacitarse para trabajar a través del antiguo INCE, con instructores cabales.
Ahora no, ahora pueden graduarse hasta de Abogado en una penitenciaría, gracias a la
Misión Sucre, y descontar tiempo de condena por tiempo de estudio, rebajando
así su tiempo de estadía en el recinto, por cada día de estudio, un día menos
de condena.
En sexto lugar, por cuanto las
fuerzas de seguridad pública incumplen su función primordial y en vez de
resguardar a la ciudadanía, persiguiendo y aprehendiendo delincuentes como
debería ser, actúan sólo luego de haberse materializado el delito y sí acaso vigilan,
lo hacen a través de cámaras colocadas en postes o adosadas en drones, y
pierden el tiempo esperando llamadas de emergencia que pocas veces atienden y
que les efectúa la ciudadanía a través de una enrevesada maraña de números
telefónicos que corresponden a una astronómica cantidad de cuadrantes
policiales en las que dividieron todo el territorio nacional; pero eso sí, ya a las cinco de las tarde retornan a sus respectivos
hogares, quizás a bordo de la patrulla asignada, un Toyota Corolla, con el
uniforme aún planchadito y almidonado, y las botas o zapatos aún lustrosos.
En séptimo y último lugar, por
cuanto todo el sistema penal venezolano promueve y fomenta la impunidad del
criminal, incluyendo a los de cuello blanco así como el de los políticos
corruptos, concentrándose y atendiendo sólo a la forma y lo aparente, en vez de
resolver el fondo de la cuestión: Sí un
individuo altera y perturba el orden social, incurriendo en acto criminal, debe
ser segregado; una vez segregado, debe ser sometido a reeducación y
resocialización
social; una vez reeducado y resocializado socialmente podría ser entonces rehabilitado
y reinsertado de nuevo en la sociedad; pero no, el sistema ignora quién es
psicópata y no para mientes, lo segrega un tiempo y lo regresa de nuevo a las
calles, sin mantener algún control sobre ese psicópata, y resulta que ese
psicópata reincide y reincidiendo se repite el ciclo ya referido –defensa
pública gratuita, una bulliciosa vida en la cárcel, libertad sí existe retardo
procesal, Plan Llegó Maita, etc.-; en fin, el sistema es criminógeno.
Excepciones a lo anterior:
Disidentes políticos, presos políticos, tuiteros presos. A éstos los mantienen
encerrados en oscuras y frías mazmorras, ven la luz del sol muy pocas veces,
algunos perdieron hasta la noción del tiempo, alumbrados constantemente por
bombillos incandescentes
A modo de corolario, es una
sandez afirmar que el delito es una constelación de múltiples causas. El delito
es el acto voluntario de un individuo cuya proclividad criminal aunada a su
peligrosidad criminal lo animan a pasar al acto criminal, abusando así del
derecho de un tercero. Es voluntario por cuanto en el denominado “iter
criminis” notamos qué es la determinación del propio sujeto lo que impele al
sujeto a pasar al acto, así esté ofuscado o lleno de ira; y es voluntario por
cuanto aún cuándo esté ofuscado o lleno de ira, para proseguir con la misma
casuística, el sujeto puede o podría abstenerse de pasar al acto, reprimiéndose
y controlando su ímpetu, lo cual tendría lugar en la fase de deliberación del
“iter criminis”.
En Venezuela, dadas las
características ya señaladas del sistema penal penitenciario, la contención
voluntaria no viene dada en función a la intimibilidad del sistema, vendría
dada en todo caso por peculiaridades propias e intrínsecas del sujeto: De allí la
alta tasa de criminalidad, y de allí el ambiente violento en el que por lo
general se desarrolla toda interrelación social, comenzando por la comunicación
verbal; al no existir un freno social que contenga los impulsos y emociones,
éstos fluirán libremente; de allí la crueldad criminal, el ensañamiento, el
surgimiento de bandas de delincuentes, la ola de homicidios con decapitaciones,
la ola de asesinatos tras robos de nimiedades. No existe freno que los
contenga, a no ser el de Fuenteovejuna, que ya comenzó a ser aplicado.
Concluyendo, el sistema penal
penitenciario no sólo debe ser idóneo y adecuado; también debe ser congruente y
coherente. No podemos ir por las escuelas hablando acerca del bullying o
violencia escolar mientras en nuestras cárceles existan armas de gran potencia
en manos de los reclusos, ni mientras sigan publicando sus grotescas fotos en
las redes sociales, gracias a qué ni siquiera se les ha ocurrido a las
autoridades colocar un simple bloqueador de llamadas telefónicas celulares
arriba en las azoteas a los recintos carcelarios; tampoco podemos inculcar
pautas culturales socialmente aceptables a nuestros niños y jóvenes mientras
impere el caos administrativo y la corrupción pública en el país, así cómo
tampoco podríamos someter a resocialización social a un paupérrimo robagallinas
a sabiendas qué quienes se enriquecieron groseramente con el erario público se
pasean impunemente disfrutando alegremente su riqueza mal habida. Es un sistema, como una pieza mecánica con
engranajes; todos deben funcionar al unísono; cuando eso ocurra, se acabará el
bochinche en Venezuela, aquél bochinche que advirtió y denunció el ilustre Precursor
Francisco de Miranda, y qué aún nos afecta como sociedad.
Las maras
salvadoreñas han echado raíces en Milán, una de las urbes más importantes de
Europa y que acoge la mayor concentración de connacionales fuera del continente
americano. No se trata de una presencia anecdótica o de la llegada de dosquetrés pandilleros, como ya se ha
reportado en otras latitudes. No. En la capital industrial italiana, la Mara
Salvatrucha y el Barrio 18 tienen estructuras estables que han provocado ya
varios muertos, y que se han convertido en un serio problema de seguridad
pública para la Polizia di Stato.
Incluso se ha duplicado la ruptura entre Revolucionarios y Sureños. El fenómeno
es algo nuevo y genera situaciones surrealistas, como que mientras en El
Salvador el Estado está guerreando contra los mareros, a quienes considera terroristas, el consulado en Milán
vela por sus derechos humanos y procesales. –
por ROBERTO VALENCIA Publicado en "El Faro", de El Salvador, el 22 de abril de 2016
Miles de
milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho
de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y
otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses,
furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y
el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.
Zinedine
Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un
país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias
futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños,
fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas
ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron
una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más
gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado,
Sleepy, Mecha…
Algunos
generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas
del fenómeno de ‘le gang latine’,
pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la
Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura,
ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9
de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.
Aunque no
tardaría en desbocarse todo... en regresar a la normalidad.
***
Para hallar
huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger,
un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha
citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para
llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.
—Tenemos que
ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.
Tiger aterrizó
en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles
como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que
pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso
vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta
madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla
perfecto italiano y... y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me
compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero
aka del Tiger.
En El Salvador
desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia,
sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger
es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su
vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto
del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia
suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en
una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades
relevantes de su barrio.
“Ya no le
tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en
las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se
vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”
En plaza
Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos
bajo la imponente estación Milano Centrale.
***
La Mara
Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las
calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica,
los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo
que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera
de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las
pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.
Las gangas se
importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de
siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales,
económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy
poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a
la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.
La aparente
paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho
metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a
2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de
seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000
habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas
y victimarios la ponen las maras.
Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras
400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social,
en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.
Más allá de
los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador
es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional,
fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla,
fronteras erigidas sobre la sangre de miles.
La mitad de la
población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley
del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros,
un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas
insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada
tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18.
Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares
que residen en áreas controladas por pandillas rivales.
Pero… ¿por qué
Milán, a 10,000
kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o
Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el
Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano
una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se
concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la
principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.
El Consulado
General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es
capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una
migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de
oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de
salvadoreños en Milán y alrededores.
“Estamos un
poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”,
dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo
mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con
una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una
imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.
Hay
salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de
salvadoreños ya –miles quizás- de segunda y hasta de tercera generación. El
flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la
guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por
las pandillas como detonante.
A Italia
migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son
recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las
pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados,
amenazados de muerte. Y migran también mareros:
algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el
corazón.
“En 2005 o
2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un
referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano,
por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.
Mareros
dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su
vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al
inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando
el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros
aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca
separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.
Desde afuera
resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más
difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para
romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir,
siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando
se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se
come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo
ve cómo son las leyes, las costumbres... uno se adapta. Luego entrás a cometer
delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene
ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de
campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los
deportan”.
***
La estación
Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su
monumentalidad: 200
metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el
rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone,
la plaza Duca d'Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas
ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para
hallar huellas.
—‘È qui’ cerca
–dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.
La calle al
costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los
rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la
fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar
un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los
edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados
por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este
‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.
En la entrada
de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice
debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que
quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador:
metro y medio de altura, aerosol... Había un gran ‘18’ azul, y a los costados,
en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny
Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día
Tiger.
Su teléfono
vuelve a sonar.
—¿¡Y quién va
a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?
—...
—Casi todo lo
han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.
En el placazo
aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza
brutal que un grupo de emeeses le
propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más
destacado, el Gato.
Gato es el aka
de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero
hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013,
inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la
partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena
su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir
su vida.
—Quizá sea el
único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.
En septiembre
de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia.
Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di
Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo
presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia
significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato
representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en
Milán.
—Vamos a Carbonari
–me apura Tiger–, quizá queden más placazos.
Trata de
disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace
cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su
vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.
***
Cuando
Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía,
y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en
esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.
La poderosa
burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a
sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia Católica canalizó esa necesidad.
Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de
Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se
animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas,
cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad
en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.
Cuatro décadas
después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde
mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad
diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la
Iglesia Católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero,
con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera
presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y
política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.
—¿Cuándo
empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.
—Se escuchaban
cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó…
quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.
El domingo 13
de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas
de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros.
Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un
joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la
incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de
agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon,
le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo
perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se
empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.
—La Policía
nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.
Los nuestros,
dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un
chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre
las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo.
Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di
Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.
Los nuestros,
dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El
Salvador.
Los nuestros,
dice Deidamia, con el alma doliente.
***
Rara vez baja
a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de
Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase
media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.
—¿En Milán
está dividida la 18? –pregunto.
—Sí, pero de
hace poco.
En El
Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios,
fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.
—Acá no había
división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a
los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de
Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no
quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían
oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.
—¿Pagar a la
pandilla?
—Aguantar
verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los
zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron
la pandilla.
A escala
minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector
de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las
nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles
salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a
lo que representó el Viejo Lyn.
—Vaya, estamos
en Carbonari –me dice Tiger.
***
Dentro del
enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las
labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di
Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de
Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las
más nutridas y especializadas.
En 2005 se
conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las
primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean,
estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo
Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la
violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.
En Milán, por
su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales
de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y
también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara
Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas
problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida
mayor preocupación.
—La mentalidad
del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con
los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes
más experimentados del grupo.
Lisi y Campari
manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero,
palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño
promedio tiene problemas para definir con precisión.
—La mentalidad
es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.
—¿Creen que
pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.
—Yo no lo creo
–dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la
Salvatrucha o la 18.
—Son
diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios,
por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo
nacional, de solidaridad interna... Las pandillas salvadoreñas no; según mi
experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.
Los operativos
más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en
septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención
de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa
ferroviaria regional.
El jueves 11
de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a
unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios
trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los
empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un
machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la
amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino
un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los
agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en
poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de
hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme
Lisi y Campari
están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas
suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara
Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.
—Cuando apagas
un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos
la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de
nuevo.
Dentro de dos
días, Cholo el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más
amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo
extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo.
Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.
***
Me dice Tiger
que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en
Milán.
—Aquí se
hacían los meeting.
Le dicen plaza
Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro,
diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima.
Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo.
Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de
bancas, árboles, senderos adoquinados…
—Es un parque
escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie
puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil,
porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían
los meeting.
El meeting, de
asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando
la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser
changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El
Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el
barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con
ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero.
Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado
popular de San Donato Milanese. Y así.
El crecimiento
del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el
cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado
con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con
pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso.
Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.
—Deben de
haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.
Maciachini, un
sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de
un kilómetro.
—Vamos mejor a
ver qué ondas en el Trotter.
***
Mientras en El
Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra
las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia
vela por los mareros encarcelados.
—Yo llego a
las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a
familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.
Habla Vanessa
Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo
de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio
de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados,
procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado
italiano respete sus derechos humanos.
La mayoría de
las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked,
al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del
total.
—Adentro son
bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que
por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación
efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.
Vanessa Hasbún
busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por
buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión
que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades,
incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.
—Pero los
demás van a seguir; esa es mi sensación.
***
El Trotter
todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está
algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta
viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a
Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa
áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18…
Tiger está inquieto.
—¿Cuál es la
principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia?
–pregunto.
—La misión –me
responde, después de pensarlo unos segundos.
Desde que a
mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador,
ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para
garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que
primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En
Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la
MS-13, y de 18 en la 18.
"—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.
—Es lo que les
falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo
es el Wicked."
Wicked es el
aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con
una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El
Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni
creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara
tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su
propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, de la 18.
El domingo 7
de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave
en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a)
King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana
el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los
Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la
pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas
de las pandillas latinas milanesas.
—Nosotros
escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que
simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el
único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se
metió en lo de matar al King Boricua.
—Algo
desequilibrado, ¿no?
—Noooo. Wicked
no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que
estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente
basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona
tranquila, bien portado.
El Wicked
simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia,
dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un
dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el
arraigo del fenómeno.
Aún vamos en
el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a
sonar.
Después de lo
del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas
salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.
— ¿Por qué la
dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.
—No, no, no…
cada uno lo suyo –responde, casi ofendido- . Lo han insinuado, pero pollos
pendejos tampoco somos.
—Entonces, ¿de
qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?
—Que se
expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí,
para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en
esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto?
Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de
locos presos y el vergo fuera.
Con un
movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.
Cuando el
salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se
asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las
pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el
azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el
‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el
Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.
La Misión
Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador,
tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio
Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.
“Mi función es
ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos
problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro
en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que
pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El
Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y
le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene
la metástasis de las maras en Milán.
***
Desde piazzale
Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle
larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos
lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu,
árabe... Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y
locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a
pasear el milanés clasemediero o de más arriba.
—No hay barrio
más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de
culeros, prostitutas y transas.
Su teléfono
vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza.
Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar
latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana
como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El
Manabá.
—Este era
nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de
aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero
balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a
comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho,
clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y
luego te deportan. Ese es el problema.
Ese es el
problema, dice.
—Mirá, esta es
la entrada del Trotter.
"... en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema."
***
La metástasis
de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones
inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el
fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de
la sociedad salvadoreña son... nulas.
El italiano es
un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los
trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes
diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad
desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la
violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia
es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas
del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares.
Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se
conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la
referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier
nueva estructura que amenazara sus intereses.
"El italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas."
“Acá en
Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los
otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.
Maras como las
de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia,
por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país
que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia
que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.
Para que las
maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la
salvadoreña.
***
El ‘parco’ Trotter
es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito
interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre
el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por
abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los
veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños
tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día
se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con
horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para
los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El
Dorado.
Un señor mayor
nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no.
En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente
de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos
que veré en Milán.
Es mediodía
ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá.
Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja
del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del
área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres
restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para
la comunidad salvadoreña.
—¿Vos sos
Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San
Siro?
—¡No, ni
pendejo! Se llena de salvadoreños.
Vida de
peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al
estadio.
Su teléfono
vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está
encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.
—Era mi
cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.
Tiger calla
por unos segundos.
—Una vez
conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los
tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n'ombre…
malísimo… con cara de asco... de odio. A saber, quizá se vinieron de El
Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara... Yo hasta mal
me sentí.
—¿No le
dijiste nada?
—¿Y qué le voy
a decir? Si... ‘a la final’... ella tiene razón.
***
Deidamia habla
con el alma doliente.
—Estuve en
junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días
mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el
gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te
digo: oíme bien... y mirame…
Deidamia me
clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta
ahora firme.
—… Amo mi
patria... amo mis raíces... Primera vez en mi vida que fui y me sentí
prisionera... ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna
parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección... Si ahora me
preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible…
¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.
Deidamia teme
que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo
sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos
más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, cancerígeno,
indetenible.
—¿Cómo evitar
que esto siga creciendo, Deidamia?
—Ya es tarde
–dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que
nuestra gente ya no emigre para acá.