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viernes, 2 de octubre de 2015

El lado carnívoro de los afables bonobos

El lado carnívoro de los afables bonobos

 


•       Investigadores del Instituto Max Planck descubren que se comen a otros primates

•       Estos primates son afables, promiscuos y sus hembras gozan de una buena posición social

•       Este hallazgo tumba la teoría de que la caza surge en sociedades de dominación masculina

 

RTVE.ES / EUROPA PRESS
13.10.2008 | actualización 00h00


                           


Pese a su reputación de ser una criaturas que se comportan con altruismo y practican el amor libre, a la hora de comer los bonobos no tienen reparos en cazar y matar las crías de otros monos, al igual que hacen sus más feroces primos, los chimpancés.



Así lo han descubierto un grupo de investigadores del Instituto Max Planck para la Antropología Evolutiva en Alemania tras haber presenciado la caza de algunos primates por parte de una comunidad de bonobos asentada en los bosques de la República Democrática del Congo.




"Los bonobos no tienen compasión. Los cogen y empiezan a comérselos. No les importa matarlos", detalla Gottfried Hohmann, uno de los autores del estudio que revela los hábitos alimenticios de estos primates, que ha sido publicado en el último número de la revista Current Biology.




                        



Las hembras también cazan




El descubrimiento desafía la teoría de que la dominancia y agresividad masculinas deben tener un vínculo causal con la conducta de caza, una idea que mantienen los primeros modelos de la evolución de la agresividad en humanos y en los primates no humanos. 




En las comunidades de primates bonobos las hembras se encuentran en la cúspide de la pirámide social y se pensaba que los machos comían sólo carne de antílopes, ardillas y roedores. 




Según explica Gottfried Hohmann, "estos descubrimientos son particularmente relevantes para el debate sobre la dominancia, vinculación, agresión y caza de los machos, un dominio que se creía distinto entre chimpancés y bonobos". 




Hohmann señala que en el caso de los chimpancés, la dominancia masculina se asocia con la violencia física, la caza y el consumo de carne. 




"Por inferencia, la carencia de dominancia masculina y violencia física a menudo se utiliza para explicar la relativa ausencia de caza y consumo de carne en los bonobos. Nuestras observaciones sugieren que, en contraste con hipótesis previas, estas conductas podrían persistir en sociedades con relaciones sociales diferentes". 




Los bonobos viven sólo en los bosques de las tierras bajas al sur del río Congo y, junto con los chimpancés, son en el ámbito evolutivo los primates más cercanos a los humanos. 




Los bonobos son conocidos por su promiscuidad, ya que los actos sexuales del mismo y distinto sexo son comunes como forma de bienvenida, resolución de problemas o reconciliación después de los conflictos. 




Cinco años de seguimiento




Los investigadores realizaron su descubrimiento mientras estudiaban una población de bonobos que vive en LuiKotale, en el Parque Nacional de Salonga, en la República Democrática del Congo. Los autores habían estado siguiendo a los bonobos durante los últimos cinco años, lo que hizo posibles estas observaciones. 




Los científicos vieron tres episodios exitosos de caza en los que los bonobos capturaron y comieron un primate. En otros dos casos, la caza falló. Los datos de LuiKotale mostraron que los bonobos de ambos sexos jugaban papeles activos en la persecución y caza de los monos. 




Según los investigadores, la participación de las hembras adultas en estas cacerías, algo que no se produce entre los chimpancés, podría reflejar patrones sociales como la formación de una alianza y cooperación entre las hembras adultas. 




Los futuros estudios en LuiKotale podrían seguir arrojando luz sobre el significado y las causas de la agresividad, la caza y el consumo de carne en bonobos, chimpancés y humanos.






                           
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Fuente: http://www.rtve.es/noticias/20081013/lado-carnivoro-afables-bonobos/177129.shtml 

lunes, 6 de julio de 2015

El misterioso caso de la Cárcel de Stanford



El misterioso caso de la Cárcel de Stanford


julio 3, 2015
por Javier Jiménez Cuadros
                  @dronte


Dentro de un momento, llamarán al timbre de tu casa. Al abrir, una pareja de policías preguntará por ti. Sin comerlo ni beberlo, mientras los vecinos se asoman al descansillo, te acusarán en voz alta de robo con violencia y allanamiento, te detendrán y te llevarán, primero, a la comisaría más cercana y después a la prisión provincial.

Allí, serás desnudado, cacheado y todos tu orificios serán inspeccionados a fondo. Te despiojarán, desinfectarán y te darán un uniforme: además del mono numerado, incluirá una pesada cadena enganchada a la altura de los tobillos, unas sandalias de goma y una gorra de nylon. Solo eso. Sin ropa interior, sin calcetines. Te sentirás humillado. Y entonces, poco importará tu identidad, tus creencias o valores, te habrás convertido –emocional, física y psicológicamente– en un preso.

Eso fue lo que les pasó a nueve jóvenes californianos el 15 de agosto de 1971 durante uno de los experimentos más conocidos de la historia de la psicología: el experimento de la cárcel de Stanford. O al menos, eso es lo que nos han contado.
  
La historia popular nos relata, a grandes rasgos, como un psicólogo social, Philip Zimbardo, reunió a 21 estudiantes universitarios ‘normales’, les asignó un papel al azar (unos de presos, otros de guardias) y los metió en una cárcel falsa. Allí, en pocos días y como por generación espontánea, aparecieron las agresiones verbales, los motines e incluso la tortura. El plan inicial era mantenerlos allí durante dos semanas, pero la situación se hizo tan insostenible que hubo que dar por finalizado el experimento en tan solo seis días.

Por eso, cuando los periódicos nos hablan de unos Mozos de Escuadra condenados por torturas o los abusos de Abu Ghraib, siempre hay alguien que dice “como en la película de El Experimento“, film basado en este experimento.

Es más, no sólo lo dice la historia popular, sino la mayoría de los manuales de psicología social. Si le preguntas a tu psicólogo de guardia, lo más probable es que te confirme, entre maravillado y horrorizado, lo que son capaces de hacer las situaciones a personas normales y corrientes.

Ya conocen la historia, ahora les contaremos la verdad
No obstante, la afirmación de Zimbardo de que, gracias a sus situaciones y roles, los estudiantes se habían ‘convertido’ en prisioneros y guardias, no goza de buena salud. No está claro que esta interpretación (la ‘situacionista’) tenga alguna validez. ¡Qué digo validez! No está claro que tenga ningún sentido.

Desde las primeras críticas (Banuaziziy Movahedi, 1975), se puso en duda que en el experimento ocurriera algo por ‘generación espontánea’. Banuazizi y Movahedi demostraron convincentemente que la misma presentación del experimento predisponía a los participantes a pensar que el comportamiento de los guardias iba a ser “opresivo y hostil”. Si a eso le sumamos que, hacia finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, salieron a la luz numerosos casos de disturbios carcelarios y brutalidad por parte de los
guardias (Gray,2013) en Estados Unidos, se hace evidente que cualquier persona seleccionada con la premisa de “participar en un experimento psicológico sobre la vida en las cárceles” (como de hecho se hizo) podía tener una idea preconcebida muy clara de lo que se estaba buscando (Carnahan y McFarland, 2007).

Tampoco podemos decir que los guardias no recibieran instrucciones. El proceso de detención que he descrito arriba fue diseñado explícitamente por los investigadores para “humillar y castrar” a los prisioneros. Como el mismo Zimbardo ha reconocido recientemente (2007) y otros investigadores llevan tiempo señalando (Banyard, 2007; Gray, 2013; Haslam & Reicher, 2012), su papel fue más allá de lo que en un primer momento se dijo: tenía asignado el papel de “Superintendente” y ejerció como tal para que los guardias no tuvieran demasiado espacio a la imaginación. Los guardias fueron aleccionados tanto explícitamente en las reuniones diarias que se mantenían con el equipo investigador, como implícitamente al no ser ‘llamados al orden’ conforme iban aumentando el nivel de hostilidad y agresividad.

En un contexto como este, ese silencio por parte del investigador podía ser interpretado sin problemas como aprobación (Gray, 2013). Uno de los guardias, Dave Eshelman, confesó años después que, en cierta forma, él estaba llevando su propio experimento, “¿Hasta dónde podríamos llegar, cuánto podríamos abusar, hasta que estas personas (los investigadores) dijeran ‘ya basta’?” (Ratnesar,2011).

Uno de lo asesores del experimento, el exconvicto Carlo Prescott, escribió una carta al Stanford Daily titulada ‘La mentira del experimento de la cárcel de Stanford‘ en el que se arrepentía profundamente de su participación y acusaba a Zimbardo de haber manipulado el comportamiento de los guardias para demostrar su conclusión (Griggs, 2014).

Como ven metodológicamente el estudio es muy pobre: ni doble ciego, ni control de variables externas, ni un largo etcétera. Hasta tal punto que en el año 2002, y con financiación de la BBC, cuando Haslam y Reicher (2005, 2012; Reicher yHaslam, 2006) llevaron a cabo una ‘réplica’ del experimento pero evitando incentivar la hostilidad y los resultados fueron francamente decepcionantes para la hipótesis zimbardiana.

Pero la cosa no se queda aquí. Como señala Griggs (2014), el experimento de Zimbardo ha sido criticado por problemas de generalizabilidad y validez ecológica (Fromm,1973), el posible sesgo en la selección de participantes (Carnahan & McFarland, 2007; McFarland & Carnahan, 2009), por problema éticos (e.g., Savin, 1973) o por no dar cuenta de las diferencias individuales observadas (McGreal, 2013).

No es de extrañar que no se publicara en ninguna revista prestigiosa del área de la psicología social. Lo realmente curioso, como dice Ribkoff (2013) es “que pese a los obvios problemas conceptuales, metodológicos y éticos, el Experimento de la Cárcel de Stanford y las conclusiones propuestas por Zimbardo y otros siga siendo citado constantemente en entornos sociológicos, pedagógicos, políticos, legales y populares como una prueba del ‘poder de la situación’…”.

Entonces, ¿cómo llegó a ser tan exitoso y conocido este experimento?
¿Cómo pudo un experimento mal diseñado, publicado en una revista de segundo o tercer orden, llegar a ser tan respetado y popular? Para entenderlo, como dice Maria Konikkova, tenemos que irnos a octubre de 1971. Menos de dos meses después de la finalización del experimento y mucho antes de que ningún análisis de él hubiera sido publicado (ni probablemente, añado yo, realizado), Philip Zimbardo fue invitado a hablar como experto en la comisión para la reforma de prisiones del Congreso americano.

Tal y como comenta Konikkova, pese a que Zimbardo explicó bien el diseño del experimento, describió el estudio como “un intento para entender qué significaba psicológicamente ser guardia y ser prisionero”. Explicó que los participantes eran “la cream
de la cream de su generación”, que los guardias no habían sido aleccionados y que eran libres de crear “sus propias normas para mantener el orden, la ley y el respeto”. También expuso que “una amplia mayoría de los participantes no fueron capaces de diferenciar claramente entre su rol en el experimento y su ser verdadero”.

“La experiencia del encarcelamiento deshizo, aunque fuera temporalmente, toda una vida de aprendizaje; los valores fueron suspendidos, los autoconceptos fueron desafiados, y el lado más feo, básico y patológico de la naturaleza humana emergió a la superficie”, cito textualmente. Y siguió en esa línea durante los siguientes años ya fuera en entrevistas televisivas o en tribunas para los medios más populares de EE.UU.


Zimbardo distorsionó tanto la imagen del experimento ante la opinión pública que, para cuando se publicaron los artículos sobre el tema (1973a, 1973b) y sus consecuentes críticas (Banuazizi y Movahedi,1975), ya no había nada que hacer, el relato mítico ya estaba lanzado. Lo demás es historia.

O más bien historias. Historias, algunas falsas, otras reales como la vida misma, que os iremos contando en esta nueva serie de mitos y realidades de la psicología que empezamos hoy. Preparados, listos, adelante.

 
About Javier Jiménez Cuadros
Javier Jiménez, Consultor. Me dedico a encontrar soluciones conductuales a problemas sociales, profesionales y personales. He trabajado en las Universidades de Granada, Cambridge y Cranfield. Ahora desarrollo proyectos de consultoría, formación y divulgación con el fin de que la Psicología sea una forma de mejorar el mundo.
 
  
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Fuente: http://rasgolatente.es/el-misterioso-caso-de-la-carcel-de-stanford/

           
                     

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