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jueves, 19 de mayo de 2016

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

Conversaciones con Ramón María Nogués (II)

A mediados de abril, se publicó en Tendencias21 de las Religiones una conversación con Ramón María Nogués, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre lo religioso desde una perspectiva biológica, neurológica y antropológica. En esta segunda entrevista se plantea el cuestionamiento neurológico de la libertad o “determinismo neurológico”.

Por Diego Bermejo
Martes, 3 de Mayo 2016

Ramón María Nogués, doctor en biología, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, es especialista en investigación en genética de poblaciones y en evolución molecular del cerebro. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre evolución, genética y relaciones entre cerebro y experiencias espirituales y religiosas. 


En 2015, fue invitado a la Universidad de Deusto para impartir tres seminarios y sendas conferencias dentro del ciclo Ciencia y Religión, en que yo mismo actuaba como organizador y moderador, sobre el tema neurociencias y espiritualidad. Recientemente, la Editorial Sal Terrae ha publicado el libro Neurociencias, espiritualidades y religiones (Sal Terrae, Santander, 2016), que recoge y completa el contenido de estos encuentros. De ellos nacieron las entrevistas que ahora publicamos (la primera apareció a mediados de abril). 



Esta conversación esta centrada globalmente en la naturaleza neurológica del ser humano, y parte del hecho de la libertad y de su consideración neurológica, para conectar con la dignidad, el yo y la personalidad humana.   
  
Otro tema estrechamente ligado a la espiritualidad es el tema de la conciencia y de la libertad. ¿Conducen las neurociencias necesariamente al determinismo y la consiguiente negación de la libertad? ¿Cuál es el estado de la cuestión? 



 Creo que lo característico del  momento actual de la neurología en relación con la libertad se situaría en desplazar las posturas fundamentalmente  ideológicas sobre la libertad (afirmación o negación a priori) hacia un planteamiento operacional; es decir, aproximarse a las decisiones humanas analizándolas como resultado de procesos complejos, para constatar cómo se desenvuelve la decisión individual y qué posibilidades de indeterminación y elección se plantean.  Este es el caso de neurólogos de primera línea como Fuster, Tse o el mismo Libet que en un primer momento sugirió dudas sobre la posibilidad de hablar de libertad. 



Actualmente  muchos eminentes neurólogos piensan que la complejidad del sistema neural del cerebro permite situar el funcionamiento cerebral humano dentro de los sistemas caótico-deterministas que se caracterizan por un  comportamiento poco predecible que admite diversas soluciones. El cerebro generaría la base comportamental básica de nuestras pulsiones y emociones y este mismo cerebro gozaría de una cierta capacidad de reorientación de estas pulsiones y de la facultad de mostrar “tarjeta roja” (es el símil que utilizaba Libet) a una conducta vivida o percibida como no adecuada. 



Esta capacidad de modular el margen de indeterminación disponible correspondería a lo que consideramos la libertad. Esta opinión está reforzada por autores expertos en física fundamental como Kaku y otros. Estos planteamientos se distancian de lo que significaría una aplicación automática y puramente teórica e ideológica del principio causa-efecto. Este principio se respeta perfectamente en el análisis de los sistemas complejos. El sistema es determinista pero caótico-determinista. 



Esto invita a poner en relación la neurociencia y la física cuántica… 



No conozco suficientemente los planteamientos cuánticos y los sistemas hipercomplejos, pero veo en autores competentes la idea de que uniendo la indeterminación, las aportaciones de la física cuántica, y una cierta dosis de azar, como dice Kahn,  hay un margen interesante para huir de las visiones simplistas y aceptar dimensiones de imprevisibilidad en la decisión humana en las que cabe un margen de libertad. Una sola de los cien mil millones de neuronas del cerebro constituye un sistema complejísimo integrado en unos estados variables moleculares y eléctricos del amplio conjunto cerebral, en el que, funcionando perfectamente el principio de causa-efecto,  se dan imprevisibilidades que admiten la denominación de márgenes de libertad, de parte del “yo” gestor (relativo pero real) del sistema. 



Lo que quiere decir es que tampoco el campo neural sería el último territorio ni la piedra fundamental sobre la que descansa la experiencia de libertad. Sino que, si entráramos en procesos cuánticos, indefinidos, complejos, inciertos, indecidibles, etc. 



Exactamente, Heisenberg… 



Entonces entraríamos en un concepto de realidad mucho más difuso, elusivo e inasible, y en el que las neuronas que estudiamos como si fueran los últimos detectores de la libertad o del determinismo, en realidad estarían abiertas a un campo de realidad que se escapa a la determinación y al control. 



El mismo Libet ya lo reconoció. El experimento Libet,  cuando se hizo, era un experimento muy elemental: hay una detección de respuesta eléctrica anterior a la toma de conciencia. Pero de aquí deducir que la libertad no tiene ningún sentido es excesivo. El mismo Libet volvió atrás de una primera interpretación de sus experiencias y en un texto último admitió la posibilidad de un cierto control secundario, libre y consciente de las respuestas generadas de forma un tanto automática por nuestro cerebro. No hay que entender esta posibilidad como una capacidad trascendental de responder de forma autónoma a todos y cada uno de los retos que nos planta la vida, con una especie de libertad trascendental y esencialista. 



Schopenhauer está siendo muy citado en estos debates: “El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”. ¿Qué dirías a esto? 



Estoy de acuerdo, porque el querer en esta frase representa al mundo impulsivo, y aquí volvemos otra vez a la idea de Libet: la mayor parte o, al menos, muchas de nuestras conductas nacen de un fondo que no controlamos conscientemente. Ahora bien, tenemos un cierto margen para darles cauce o no, y este sería el margen de la libertad, que puede ser mucho mayor en unas personas que en otras, porque naturalmente los condicionamientos son muy fuertes y, por tanto, nadie sabe exactamente cuál es el margen de libertad de un individuo concreto. 



En cualquier caso, con Ortega y otros vitalistas, podríamos decir que estamos determinados a ser libres, valga la paradoja o el oxímoron… Condenados a ser libres, afirmaban los existencialistas. 



Sí, sí... 



En torno a la libertad y a la espiritualidad, nuestra cultura muy antropocéntrica, sobre todo androcéntrica, ha puesto mucho relieve y mucho énfasis en la idea de la autorrealización, es decir, en la idea de un yo fuerte, el sujeto moderno, agente racional y libre, llamado a imponer su voluntad a un mundo convertido en objeto. Y, sin embargo, accedemos a experiencias menos verbales, menos verbalizables, arracionales –ni puramente racionales ni puramente emocionales, más bien transracionales– que estarían en el territorio de lo que llamamos espiritualidad y que tú llamas trascendencias múltiples: la ética, la estética, la espiritualidad, la religión… Me refiero en concreto a que estas experiencias que se producen en estos territorios no del todo definibles serían más bien salidas de sí –de un yo demasiado centrado, demasiado individualizado y demasiado egocéntrico– que realización de sí. El éxtasis religioso, la experiencia regalada de sentido pleno de la vida, la gratuidad de un instante gozoso, la contemplación serena de la naturaleza y el cosmos, la conmoción ante la belleza, el orgasmo erótico-sexual, la armonía repentina de un momento que reclama eternidad y reconcilia con la muerte, el deseo vivo y ardiente de justicia, el temblor ante lo sublime e incontrolable… estas experiencias y otras parecen cuestionar la idea tan moderna y racionalista de conciencia y libertad, e indicarían más bien que somos conscientes de nosotros mismo en la misma medida en que nos sentimos sobrepasados, transcendidos, transpasados por un plus de realidad para el que no tenemos ni razón, ni siquiera palabra… Esas experiencias “trans” que te hacen salir de ti, aun siendo consciente de ti, ¿tendrían alguna explicación neuronal, o entramos en un campo transneuronal de conciencia que está más allá de los cerebros individuales? ¿Sería la espiritualidad esto? 



Yo creo que aquí hay una cuestión controvertida que es el valor que la cultura occidental da al individuo, que posiblemente sea desmesurado. Por otra parte, esta misma cultura occidental se ve tentada, quién sabe si como compensación, a dejarse seducir por la idea espiritual de una corriente hindú que es el Vedanta y que insiste en la no-dualidad. Hay que destacar que el “yo” lo ponen en duda también muchos neurólogos para los que este yo sería una fantasía. Entonces aquí se plantea el tema de una manera muy curiosa, porque de una parte la afirmación del yo es una petición clara de la cultura occidental, de la libertad, el yo, el individualismo incluso; en cambio, la reivindicación espiritual está de acuerdo con lo más opuesto a la espiritualidad, con la neurología más dura, y reduccionista, la que dice que el YO es una pura ilusión, porque es una reunión de unos cuantos datos en un momento de sincronía neuronal y no pasa de aquí. Estamos aquí ante un tema muy divertido, porque los extremos se tocan, porque lo más materialista de la interpretación neural coincide con lo más espiritualista de la superación del yo. En este sentido, hemos debatido frecuentemente el tema con Corbí.  Corbí  es muy reticente ante el yo y tiende a coincidir en sus afirmaciones con las de los neurólogos que niegan el valor del yo, aunque él lo plantea desde el punto de vista de la espiritualidad o la filosofía vedanta. Estamos ante una cierta paradoja.


¿Y cuál es tu postura? 


Yo creo que neurológicamente y psicológicamente al yo hay que otorgarle una buena consistencia. Esto en el mundo occidental se ha traducido en un egocentrismo atroz y en la negación del individuo a someterse a nada. Aquí, por ejemplo,  yo creo, que hasta el mismo Freud, cuando habla de una ley superior a mí, no una ley civil, sino una ley metafísica que es superior al individuo, está criticando el individualismo de occidente. Y yo estoy de acuerdo con esta crítica. Hay algo superior, yo no soy la instancia última a la cual se ha de rendir el universo, por tanto yo he de respetar instancias superiores. ¿Cuáles son? Esto es otro tema, el de las  instancias superiores.  Yo creo que, por ejemplo, que los mitos religiosos y espirituales ayudan a reconocer que el yo no es un valor absoluto. Siempre pongo el ejemplo del mito bíblico de Caín y Abel. 



Las personas podemos llegar a la convicción de que no se puede matar a un hermano, y para esto no se necesita inevitablemente ninguna referencia religiosa. Ahora bien,  todos tenemos una debilidad y puede ser que en algún momento perdamos la convicción de que no se puede matar al hermano. Entonces, esta instancia superior que Freud la denominará un superego bueno, o que los relatos religiosos simbólicamente lo determinarán como un mandato de Dios,  creo que  es bueno que yo lo reconozca como superior a este yo ingobernable que en occidente está prestigiado a todo tren y que no reconoce ninguna superioridad a nada. Por tanto, aquí hay un juego tremendo de la neurología, de la espiritualidad y de la responsabilidad social del yo…. Y creo que aquí hay mucho material para elaborar. 



Así, pues, es probable que occidente valore desproporcionadamente el yo, pero el  yo es una pieza central e insubstituible del psiquismo normal. Sin un yo bien establecido la vida psíquica se desmorona. Un psiquismo sin un yo suficiente amenaza con la demencia. Incluso el célebre no-dualismo de la tradición Vedanta supone un yo muy bien establecido psicológicamente. La no-dualidad, paradójicamente, es una sutileza de un yo muy sólido. 



Siguiendo este mismo hilo conductor, en occidente sobre todo y en general en la historia de la humanidad -pasamos al mundo de la ética- sin yo consciente y libre no hay responsabilidad y, entonces, tampoco hay imputabilidad de actos; y, en ese caso, no habría posibilidad de hablar de ética.  Tenemos que postular, por tanto, un mínimo de yo, consciente y libre, para que la cultura ética pueda sobrevivir. 



Claro, si no, nos lo cargamos todo. 



El marco actual que define la cultura ética laica son los derechos humanos, fundados en la idea de dignidad intrínseca de todos los seres humanos. La idea de la dignidad no es unívoca y los intentos de fundamentación de la misma son todo menos “naturales” –¡y menos mal! El supuesto de la dignidad está claro que no depende de la neurociencia. ¿O sí? 



Yo creo que no. La dignidad, como tantos otros valores centrales, no podemos delimitarla neurológicamente. Es un constructo sutil mental que no es posible relacionar en su conjunto con un producto de una red neuronal, aunque podamos ser capaces de detectar alguna zona cerebral que reacciona ante la experiencia de dignidad. 



Entonces, estamos hablando ya de otras dimensiones, como hablaremos también de la estética o de la religión, que no se agotan en lo que la neurociencia pueda decir. 



Yo creo que la neurociencia humana puede captar activaciones de redes neuronales con ocasión de experiencias psicológicas o espirituales relativas a  valores como la dignidad, etc.; pero estas observaciones están muy lejos de explicar la experiencia de la dignidad, que es un “qualia” típico. Estamos ante experiencias que llamo “trascendentes” en el sentido de producirse mucho más allá de las experiencias correspondientes a las necesidades de supervivencia, que responden a  programaciones hipotalámicas, etc.  Estas expresiones humanas que van mucho más allá de lo imprescindible para la supervivencia, y que se manifiestan en lo ético, lo estético, lo religioso, lo amoroso, lo filosófico, etc., se producen evidentemente en relación con el cerebro, pero no se agotan con explicaciones neurológicas. 



En este sentido puede hablarse de trascendencia, de ir más allá de lo predecible desde la naturaleza de un cerebro que garantiza el sobrevivir. Por poner un símil: cuando yo conozco perfectamente la estructura y naturaleza del motor de un automóvil, todavía no conozco nada del posible itinerario o de los proyectos del viaje. Puedo conocer perfectamente el cerebro y desconocer algunas de sus dimensiones “transcendentes”. En este punto hay que reconocer la singularidad mental humana. No vale decir que la psicología y la cultura humana son simplemente una manifestación más de las redes neuronales. Es demasiado sencillo y reduccionista el dar este tipo de explicaciones que de una manotazo eliminan la complejidad.                                
                         
Un punto conflictivo en el diálogo neurociencia-bioética sería la identificación entre cerebro y mente. Parece que se va imponiendo en el ámbito científico la idea de que no podemos o, mejor, no debemos hablar de mente sino de cerebro. 



Hay que hablar de cerebro-mente y mejor si hubiese una expresión integrada. 



Lo otro sería incurrir en alguna versión del dualismo platónico, espiritualista… Pero surgen cuestiones bioéticas importantes que parecen exceder el ámbito de las neurociencias, en las que se plantea la realidad y dignidad de la persona… Por ejemplo, una lesión cerebral también produce una lesión mental; y determinadas lesiones cerebrales pueden incapacitar a un individuo hasta el punto de no poder reconocer en él actividad personal consciente. ¿Una lesión cerebral hace que una persona no lo sea, porque no tiene una mente completa y, por tanto, ya no es persona? ¿Qué relación existe entre vida mental y dignidad? Una persona afectada de Alzheimer, determinados síndromes mentales, o estados vegetativos no parece que debieran resolverse éticamente desde la pura y simple actividad cerebral… Además, hay muchos tipos y niveles de actividad cerebral… ¿Cuál de ellos habría de utilizarse para determinar los criterios definidores de la vida “humana”? ¿Darwinismo mental? 



Vamos a dejar el dualismo y situémonos con comodidad mental en un sistema de comprensión humana “unitarista”. Desde esta posición admitimos claramente que no existe vida mental que podamos considerar aparte de la vida cerebral, desde el punto de vista observable por la ciencia. Todo el mundo tiene derecho a admitir otras dimensiones metafísicas para el yo, pero no es el caso en el debate cerebro-mente. Entonces, nos encontramos con situaciones límite. 
Existen estados cerebrales tan degradados, que invalidan la consideración de persona para el sujeto en cuestión.



Por ejemplo, el caso de un feto anencefálico, o el de una persona sujeta al funcionamiento de máquinas respiratorias, pero cuyo cerebro no manifiesta ninguna actividad. Lluís Barraquer, el eminente neurólogo y buen amigo, comentaba los casos en que, por razones traumáticas o similares, una persona joven mantenida en un sistema mecánico adecuado aparecía respirando y con un sistema cardiocirculatorio activo, incluso con una cierta buena apariencia física, pero que en realidad estaba muerta. Fuera de estos casos-límite la situación que puede presentar un Alzheimer severo u otros casos de demencia siguen constituyendo un misterio por lo que se refiere a su dimensión personal. 



Pero también se da el caso de personas que, tras pasar por estados vegetativos severos, luego “reviven”, y vuelven a manifestar actividad mental… 



También. Aquí estamos ya en el límite. Si “reviven” hay que aceptar que no estaban muertas. Aquí existen dimensiones neurobiológicas, filosóficas, etc, en juego.  De todas maneras, si “reviven” no se planeta dificultad particular: parecían muertas y no lo estaban. Los casos más complejos se dan cuando no consta casi ninguna actividad mental y no sabemos si lo que hay es vida humana, aunque está claro que viven. Porque la vida humana no es simplemente el resultado de algunas constantes biológicas aparentes. Estas son situaciones muy delicadas, porque frecuentemente no nos consta la voluntad del afectado, y esta voluntad es fundamental. 


 Ramon Maria Nogués.
Fuente: Fragmenta Editorial.
Aún sin querer incurrir en una visión espiritualista de las cosas, es tanto lo que 


ignoramos que la tentación de volver a utilizar categorías espiritualistas parece a veces el mejor modo de poner a salvo el “misterio personal” sobre el que intuitivamente y tradicionalmente hacemos descansar la singularidad de la vida humana y que, sin este postulado, no vemos del todo garantizada con estrictos criterios neurocerebrales. La física cuántica, por otra parte, disuelve la distinción sustancial entre materia y no materia… y opera con términos y principios bastante inmaterialistas, casi espiritualistas o, al menos, idealistas… 

Cogiendo el toro por los cuernos, yo a veces paso a la consideración de las teorías de los físicos gnósticos americanos-orientales que afirman que lo único que existe es lo espiritual; la materia es un error de percepción. A mí  también me gusta jugar a veces con esta variable como provocación epistemológica,  porque realmente no sabemos cuál es la frontera que en definitiva estaría separando lo que llamamos espíritu de lo que llamamos materia. Pero esto creo que quizá no es equiparable a la cuestión de mente-cerebro, es decir, la cuestión cerebro-mente no es lo mismo que materia-espíritu. 


Me parece que la noción de mente, finalmente en la neurología, es funcional y yo no me atrevo a decir que, cuando la mente se ha degradado, todo lo espiritual haya desaparecido, porque estoy entrando en otro campo; entre otras cosas, porque el neurólogo tiene competencias en lo observable y hay un último nivel de la realidad que me parece que no es observable, y sería aquel nivel en el que discutiríamos si lo espiritual o lo material… y, en último término, llegaríamos a lo trascendente (¿Dios?); y desde luego la ciencia no es competente para hablar de Dios. Y el espíritu… ¿qué puede ser? Bueno, pues no sé… 


El presente es inalcanzable para el cerebro

El presente es inalcanzable para el cerebro
El tiempo de nuestra percepción está atrasado medio segundo respecto al tiempo real de los acontecimientos

El cerebro no tiene ninguna posibilidad de alcanzar la velocidad de los acontecimientos, ni por tanto de atrapar el tiempo que transcurre, ya que el tiempo de nuestras percepciones está retrasado alrededor de medio segundo respecto al tiempo real. Así lo explica el neurólogo de California Benjamín Libet en su nuevo libro “Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness”, que suscita nuevos interrogantes sobre los mecanismos de la conciencia. Libet ha constatado que para que un acontecimiento pase el umbral de la conciencia y sea registrado por una persona, el tiempo desempeña un papel fundamental, ya que si el acontecimiento ocurrido no dura más de medio segundo, el consciente humano sencillamente lo ignora.

Por Eduardo Martínez
Miércoles, 8 de Diciembre 2004

Nuestro cerebro necesita medio segundo de tiempo para que un estímulo pase del inconsciente al consciente, según ha descubierto el neurólogo de la Universidad de California Benjamín Libet. Según sus investigaciones, adquirimos conciencia de la realidad con cierto retraso respecto a la velocidad de los acontecimientos, tan sólo una vez que ha transcurrido medio segundo. 


Para Benjamín Libet, por ello no tenemos ninguna posibilidad de alcanzar la velocidad de los acontecimientos, ni por tanto de atrapar el tiempo que transcurre. Lo explica en su nuevo libro Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness, del que Stephen M. Kosslyn ha realizado un interesante extracto. La obra constituye una presentación de los últimos trabajos de Libet sobre los mecanismos de la conciencia. 



En uno de sus experimentos, Libet puso electrodos sobre el córtex somatosensitivo de pacientes despiertos. El córtex somatosensitivo es la región del cerebro sobre las que circulan las informaciones sensoriales registradas a lo largo del cuerpo. Puede consultarse al respecto el trabajo de Kulisevsky La organización del movimiento: estructura y función de los ganglios basales. 



Con la ayuda de una débil corriente eléctrica, Libet provocó sensaciones en la superficie de la piel de los pacientes cuya duración temporal variaba deliberadamente. Comprobó que si disminuía la duración de los impulsos eléctricos, los pacientes percibían cada vez menos esta agresión y que por debajo de las 500 milésimas de segundo, no se enteraban de nada de lo que ocurría sobre su piel. 



No hay conciencia sin tiempo 



Su conclusión es que para que un acontecimiento pase el umbral de la conciencia y sea registrado por un sujeto, el tiempo desempeña un papel fundamental, ya que si el acontecimiento ocurrido sobre la piel no dura más de medio segundo, el consciente humano sencillamente lo ignora. 



No es la primera vez que Benjamin Libet sorprende con sus descubrimientos sobre la conciencia. Anteriormente había demostrado también que nuestro cerebro toma las decisiones casi un segundo antes de que las asumamos conscientemente. Esta constatación ha llevado a algunos científicos, como Wolf Singer, a dudar de la real existencia del libre albedrío. 



Para obtener este resultado, Libet utilizó pacientes que se mantuvieron despiertos cuando eran sometidos a un episodio de cirugía cerebral. Les pidió que movieran uno de sus dedos mientras observaba electrónicamente su actividad cerebral. De esta forma pudo comprobar que hay un cuarto de segundo de retraso entre la decisión de mover el dedo y el momento presente. 



Roger Penrose, en su obra La Nueva Mente del Emperador (1989), ya describía dos experimentos que tienen que ver con el tiempo que necesita la conciencia para actuar y ser activada. El primero de estos se refería al papel activo de la consciencia y el segundo a su papel pasivo. 



La decisión necesita un segundo 



El primero de los experimentos descrito por Penrose fue realizado por Kornhuber en 1976. Unos voluntarios permitieron que se registrasen las señales eléctricas en un punto de sus cabezas (electroencefalogramas), y se les pedía que flexionaran varias veces, y repentinamente, el dedo índice de sus manos derechas a su capricho. 



La experiencia descubrió algo curioso: hay un aumento gradual del potencial eléctrico registrado por el cerebro durante un segundo entero, y hasta un segundo y medio, antes de que el dedo sea flexionado. Esto parece indicar que el proceso de decisión consciente necesita un segundo para actuar. 



El segundo experimento al que se refiere Penrose es al de Benjamin Libet, según el cual cuando se aplica un estímulo sobre la piel de los pacientes, transcurre aproximadamente medio segundo antes de que sean conscientes de dicho estímulo. 



Para Penrose, de ambos experimentos se desprende que el tiempo de nuestras "percepciones" está atrasado alrededor de medio segundo respecto al tiempo real de los acontecimientos. Es decir, aparentemente, el reloj interno de cada uno de nosotros está arasado medio segundo respecto a la velocidad real de los acontecimientos.



Cuestión de amígdalas o de neocorteza 


Para Penrose, la conclusión de estos dos experimentos considerados en conjunto es que la conciencia no puede reaccionar a una agresión externa si la respuesta tiene que tener lugar en menos de dos segundos. 



Hay una posible explicación de esta manera de proceder de la conciencia, ya que cuando el cerebro recibe un estímulo, a través de cualquiera de los cinco sentidos, lo registra en dos lugares: uno es en la amígdala y el otro es en la neocorteza. 



La amígdala es el área con forma de almendra que se encuentra en el cerebro. Es la encargada de recibir las señales de peligro potencial y la que desencadena una reacción capaz de salvar la vida. La amígdala es por tanto la primera región del cerebro en recibir un mensaje. Es muy rápida y en un instante indica si debemos atacar, huir o detenernos. 



La neocorteza, capa cerebral externa en la que se llevan a cabo funciones superiores como la planificación, el razonamiento y el lenguaje, está más lejos que la amígdala y recibe los mensajes sensoriales más tarde, pero, a diferencia de la amígdala, tiene mayores poderes de evaluación, y se detiene a considerar más cosas. Además, la neocorteza se comunica con la amígdala para ver qué opina antes de reaccionar. 



El presente sólo dura tres segundos 



Dado que el 95 por ciento de los estímulos que recibimos llegan directamente a la neocorteza y sólo un cinco por ciento van directos a la amígdala, el retraso que experimenta la conciencia en registrar las sensaciones corporales y en reaccionar puede estar relacionada con la fase de evaluación que necesita la amígdala. 



En cualquier caso, los trabajos de Libet consolidan las investigaciones sobre los mecanismos de la conciencia y el papel que desempeña el factor tiempo en los procesos cerebrales. 



Otras investigaciones, realizadas tanto con europeos como con indios yanomanis y bochimanos, han establecido a su vez una constatación universal: que el presente dura tres segundos para todas las personas. 



Tres segundos es el lapso de tiempo que necesitamos para distinguir sucesivos impactos sonoros o lumínicos, para guiñar un ojo o para cualquier movimiento corporal. Todo lo demás que añadimos, bien que una experiencia cualquiera se nos hace larga o corta, son sólo sensaciones que no tienen que ver con nuestra conciencia del presente. 



Para la mayoría de las personas, en menos de tres segundos es imposible percibir nada y a partir de ese período de tiempo, el mundo cobra realismo para la conciencia humana. Un ingrediente más a tener en cuenta a la hora de valorar los experimentos de Libet. 



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Fuente: http://www.tendencias21.net/El-presente-es-inalcanzable-para-el-cerebro_a485.html

Enlaces relacionados:

Un Experimento con la Libertad: El experimento de Benjamín Libet

Un Experimento con la Libertad

Por Roger Bartra
Abril 2011

ES UNA CURIOSA PARADOJA que el neurofisiólogo cuyos experimentos son los más citados para sustentar las tesis deterministas haya creído en la existencia del libre albedrío. Benjamin Libet (1916-2007) fue un científico que en los Estados Unidos se había dado a conocer en los años setenta del siglo XX por unos experimentos que mostraban que, aun cuando una sensación táctil tarda medio segundo en ser reportada concientemente por la persona, subjetivamente la percibe como si hubiese llegado exactamente en el mismo instante. Más tarde Libet instaló en su laboratorio instrumentos de registro muy precisos con el objeto de medir el tiempo transcurrido entre el momento en que una persona decide actuar (por ejemplo, mover un dedo) y el instante en que realmente lo hace. Registró con un electroencefalógrafo la actividad de la corteza cerebral y un osciloscopio cronometró cada acontecimiento. Hay que señalar que unos diez años antes dos investigadores alemanes de la universidad de Friburgo –H. H. Kornhuber y L. Deeke– habían descubierto lo que llamaron el Bereitschaftspotential, que es el potencial de preparación que aparece en la electroencefalografía momentos antes de que ocurra un movimiento voluntario. El experimento de Libet demostró que este potencial eléctrico de preparación ocurría antes de que los sujetos manifestaran su intención de ejecutar una acción, pero que esta sucedía después de haberla decidido concientemente. Mostró también que una decisión voluntaria podía abortar el movimiento, aun cuando ya se hubiese desencadenado el potencial de preparación. Más concretamente, los experimentos de Libet indicaron que los cambios eléctricos que preparan en el cerebro una acción se inician unos 550 milisegundos antes de que ocurra. Los sujetos se percatan de la intención de actuar unos 350 a 400 milisegundos después de que se inicia el potencial de preparación, pero 200 milisegundos antes de que ocurra la acción motora. Libet llegó a la conclusión de que la acción intencional se inicia inconcientemente. Pero también observó que la conciencia puede controlar el resultado del proceso mediante una especie de poder de veto: podía inhibir los mecanismos que llevan a la acción, aun cuando ya se hubiesen iniciado inconcientemente.

Los experimentos de Libet levantaron una gran polvareda de comentarios. Sus propias conclusiones han sido criticadas duramente por los deterministas, pues afirmó que el libre albedrío era una opción científica tan buena o mejor que su negación. Apoyaba su idea en una cita de Isaac Bashevis Singer: “El mayor don que ha recibido la humanidad es el libre albedrío. Es verdad que nuestro uso del libre albedrío es limitado. Pero el poco libre albedrío que tenemos es un don tan enorme y su valor potencial tan grande que por ello mismo vale la pena vivir.” Los deterministas exaltaron el resultado de los experimentos que mostraron que el acto voluntario se inicia inconcientemente, pero rechazaron la posibilidad de que la conciencia pudiese interrumpir el proceso. Libet creyó que podía existir un “campo mental conciente” capaz de actuar sin conexiones neuronales que funcionasen como mediadoras. Seguramente se inspiró en las ideas de Karl Popper, que poco antes de su muerte definió la mente como un “campo de fuerzas”, en unas reflexiones expuestas en 1992. El problema radica, desde luego, en suponer una actividad humana que no tenga ningún soporte neuronal. Si se acepta esta idea se abre la puerta al dualismo y a misteriosas instancias no materiales capaces de mover al cuerpo. En este caso no estaríamos muy lejos de imaginar al alma inmortal moviendo al cuerpo por medio de la glándula pineal, como propuso Descartes.

El determinismo, por su parte, también abre la puerta a algunos demonios. Por ejemplo: si no existe una voluntad que actúa libremente entonces podríamos tener una excusa para cualquier comportamiento inmoral, pues siempre es posible decir que la falta no la comete un individuo concientemente, sino que viene de algún proceso mecánico incontrolable, de alguna causa genética o desequilibrio bioquímico. Una escapatoria fácil ante este problema consiste simplemente en postular que el sentido moral no es más que un dispositivo cerebral, un conjunto de circuitos neuronales engarzados a partir de piezas más antiguas del cerebro de los primates y configurados por la selección natural para realizar su trabajo, según lo ha expresado Steven Pinker. Desde este punto de vista, si el dispositivo funciona mal, la causa no se encuentra en el ejercicio del libre albedrío (en la “voluntad”), sino en el módulo cerebral de una persona, a la cual no obstante se puede achacar la responsabilidad de sus actos. En este caso la culpa no recae en el alma o la conciencia sino en un mecanismo inserto en una red determinista de causas y efectos.

Se trata de una falsa explicación. Es cierto que aceptar la existencia de una “mente no física” es una violación de las leyes físicas. Pero afirmar que la mente tiene un carácter físico no ayuda en nada a explicar el funcionamiento de los procesos subyacentes a la toma de decisiones. Sería como pretender que la naturaleza física de una institución social o política es la clave para entender sus funciones.~




Roger Bartra es doctor en sociología por La Sorbona y se formó en México como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. El presente artículo fue publicado en la Revista "Letras Libres", México.





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Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/columnas/un-experimento-con-la-libertad

¿Existe realmente el libre albedrío?

¿Existe realmente el libre albedrío?


Tom Stafford
BBC Future

22 agosto 2015






Posiblemente sea el experimento más famoso en neurociencia.

En 1983, Benjamin Libet desató una controversia con su demostración de que nuestra sensación de libre albedrío podría ser una ilusión.

Y es una controversia que, con el correr del tiempo, solo ha ido en aumento.

El experimento de Libet tiene tres componentes vitales: una elección, una medición de la actividad cerebral y un reloj.

La elección es mover el brazo izquierdo o el derecho. En la versión original la decisión se hace al girar la muñeca. En otras versiones de la prueba se hace levantando un dedo de la mano izquierda o de la derecha.
A los participantes se les instruye a "dejar que el impulso (de hacer el movimiento) aparezca por sí solo en cualquier momento, sin ninguna planificación previa o sin tener que concentrarse sobre cuando actuar".

Medición crucial

El tiempo exacto en el que uno hace el movimiento queda registrado al activarse los músculos del brazo.

La medición de la actividad cerebral se hace por medio de electrodos sobre el cuero cabelludo.


Puede que te parezca que estás en control de tus acciones, ¿pero no se tratará de una ilusión?


Cuando los electrodos se colocan por encima de la corteza motora (aproximadamente en el medio de la cabeza) una señal eléctrica distinta aparece entre la derecha y la izquierda, al planificar y ejecutar el movimiento en cualquiera de los dos lados.

El reloj está especialmente diseñado para permitir que los participantes perciban cambios de menos de un segundo y consiste de un solo punto que se desplaza dando vueltas a la circunferencia cada 2,56 segundos. Esto significa que al reportar la posición se está reportando el tiempo.
Si suponemos que puedes reportar la posición exactamente a un ángulo de 5 grados, esto significa que puedes usar este reloj para dar un reporte del tiempo en menos de 36 milisegundos, es decir 36 milésimas de un segundo.

Mezclando esos ingredientes, Libet realizó una medición crucial extra. Les pidió a los participantes reportar, utilizando el reloj, el punto exacto cuando tomaron la decisión de hacer el movimiento.

Resultado explosivo


Desde hacía varias décadas los fisiólogos ya sabían que una fracción de segundo antes de hacer un movimiento ocurre un cambio en las señales eléctricas en tu cerebro.
Y así fue en el experimento de Libet, en el que menos de un segundo antes de que los participantes se movieran un cambio probado podía quedar registrado utilizando los electrodos.


Si realmente creyéramos de todo corazón que la mente está basada en el cerebro, entonces sabríamos que todo cambio mental debe tener un cambio correspondiente en el cerebro.

Sin embargo, el resultado explosivo se produjo cuando los participantes reportaron su decisión de hacer el movimiento. Esto ocurrió entre el cambio eléctrico en el cerebro y el movimiento real.

Esto significa, tan seguro como que toda causa tiene un efecto, que la sensación de decidir no podía ser un reporte preciso de lo que estaba causando el movimiento.

El registro de electrodos mostró que, en cierto sentido, la decisión ya había sido tomada antes de que los participantes estuviesen conscientes de ejecutarla. Las señales del cerebro estaban cambiando antes de que ocurriese la experiencia subjetiva de tomar una decisión.

Y eso encendió la polémica. ¿Ya los cerebros de los participantes habían tomado la decisión? ¿Era la sensación de escoger simplemente una ilusión?

Intuiciones dominantes

Hay mucho más que discutir sobre la neurociencia y el libre albedrío que este único experimento, pero su simpleza permitió atrapar la imaginación de muchos de los que piensan que nuestra condición como criaturas biológicas limita nuestra libre voluntad.

Igualmente, de quienes argumentan que el libre albedrío sobrevive el reto de tener nuestras mentes basadas firmemente en nuestros cerebros biológicos.

Parte de la atracción del experimento de Libet se debe a dos intuiciones dominantes que tenemos acerca de la mente. Sin estas intuiciones el experimento no parecería tan sorprendente.

La primera intuición es la sensación de que nuestra mente es una cosa separada de nuestro ser físico, un dualismo natural que nos empuja a creer que la mente es un lugar puro, abstracto, libre de limitaciones biológicas.

Pensar un instante en la última vez que andabas de mal humor porque estabas hambriento hace añicos esta ilusión, pero yo argumentaría que sigue siendo un tema persistente en nuestra forma de pensar.


 No hay razones para pensar que somos reporteros fidedignos de todos los aspectos de nuestras mentes.


¿Por qué otra razón seríamos los menos sorprendidos de que es posible encontrar correlaciones neurales de eventos mentales?

La segunda intuición generalizada, que nos deja sorprendidos por el experimento de Libet, es la creencia de que conocemos nuestra propia mente, que nuestra experiencia subjetiva de tomar decisiones es un reporte exacto de cómo se tomó esa decisión.

Ilusión

La mente es como una máquina. Siempre que funcione bien, nos sentimos alegremente ignorantes de cómo lo hace. Es solo cuando surgen errores y contradicciones que nos llama la atención mirar bajo el capó.

Y así surgen interrogantes como: ¿Por qué no vi esa salida? ¿Cómo pude olvidar el nombre de esa persona? ¿Por qué la sensación de decidir ocurre después de los cambios del cerebro asociados con la toma de decisiones?

No hay razones para pensar que somos reporteros fidedignos de todos los aspectos de nuestras mentes. De hecho, la psicología nos da muchos ejemplos de casos en los que muchas veces nos equivocamos.

La sensación de decidir en el experimento de Libet podría ser una completa ilusión. Quizás la verdadera decisión está hecha de alguna forma "por nuestro cerebro" o tal vez simplemente sea que la sensación de decidir está atrasada con respecto a nuestra decisión real.

Solo porque reportamos erróneamente el momento de la decisión no quiere decir que no estuvimos íntimamente involucrados en tomarla, en el sentido significativo que eso pudiese tener.

Algunos creen que nuestro ser
biológico limita nuestra libre voluntad.
Cada año se escriben más cosas sobre el experimento de Libet. Es algo que ha generado una industria académica que investiga la neurociencia del libre albedrío. Hay muchas críticas y refutaciones con un intenso debate sobre cómo – y si lo es - es relevante para la libertad de nuestras elecciones de todos los días.

Incluso los partidarios de Libet tienen que admitir que la situación usada podría ser demasiado artificial para ser un modelo directo de las elecciones reales cotidianas.

Sin embargo, el experimento básico continúa inspirando discusión y generando nuevos pensamientos sobre la manera en que nuestra libertad tiene sus raíces en nuestro cerebro.

Y eso, yo argumentaría, se debe a la forma como nos ayuda a confrontar nuestras intuiciones sobre el funcionamiento de la mente y a ver que las cosas son más complicadas de lo que instintivamente imaginamos.

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Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150817_ciencia_finde_vert_fut_libre_albedrio_lp

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