FUNDAMERCED

Mostrando entradas con la etiqueta EXPERIMENTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EXPERIMENTOS. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de mayo de 2016

El presente es inalcanzable para el cerebro

El presente es inalcanzable para el cerebro
El tiempo de nuestra percepción está atrasado medio segundo respecto al tiempo real de los acontecimientos

El cerebro no tiene ninguna posibilidad de alcanzar la velocidad de los acontecimientos, ni por tanto de atrapar el tiempo que transcurre, ya que el tiempo de nuestras percepciones está retrasado alrededor de medio segundo respecto al tiempo real. Así lo explica el neurólogo de California Benjamín Libet en su nuevo libro “Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness”, que suscita nuevos interrogantes sobre los mecanismos de la conciencia. Libet ha constatado que para que un acontecimiento pase el umbral de la conciencia y sea registrado por una persona, el tiempo desempeña un papel fundamental, ya que si el acontecimiento ocurrido no dura más de medio segundo, el consciente humano sencillamente lo ignora.

Por Eduardo Martínez
Miércoles, 8 de Diciembre 2004

Nuestro cerebro necesita medio segundo de tiempo para que un estímulo pase del inconsciente al consciente, según ha descubierto el neurólogo de la Universidad de California Benjamín Libet. Según sus investigaciones, adquirimos conciencia de la realidad con cierto retraso respecto a la velocidad de los acontecimientos, tan sólo una vez que ha transcurrido medio segundo. 


Para Benjamín Libet, por ello no tenemos ninguna posibilidad de alcanzar la velocidad de los acontecimientos, ni por tanto de atrapar el tiempo que transcurre. Lo explica en su nuevo libro Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness, del que Stephen M. Kosslyn ha realizado un interesante extracto. La obra constituye una presentación de los últimos trabajos de Libet sobre los mecanismos de la conciencia. 



En uno de sus experimentos, Libet puso electrodos sobre el córtex somatosensitivo de pacientes despiertos. El córtex somatosensitivo es la región del cerebro sobre las que circulan las informaciones sensoriales registradas a lo largo del cuerpo. Puede consultarse al respecto el trabajo de Kulisevsky La organización del movimiento: estructura y función de los ganglios basales. 



Con la ayuda de una débil corriente eléctrica, Libet provocó sensaciones en la superficie de la piel de los pacientes cuya duración temporal variaba deliberadamente. Comprobó que si disminuía la duración de los impulsos eléctricos, los pacientes percibían cada vez menos esta agresión y que por debajo de las 500 milésimas de segundo, no se enteraban de nada de lo que ocurría sobre su piel. 



No hay conciencia sin tiempo 



Su conclusión es que para que un acontecimiento pase el umbral de la conciencia y sea registrado por un sujeto, el tiempo desempeña un papel fundamental, ya que si el acontecimiento ocurrido sobre la piel no dura más de medio segundo, el consciente humano sencillamente lo ignora. 



No es la primera vez que Benjamin Libet sorprende con sus descubrimientos sobre la conciencia. Anteriormente había demostrado también que nuestro cerebro toma las decisiones casi un segundo antes de que las asumamos conscientemente. Esta constatación ha llevado a algunos científicos, como Wolf Singer, a dudar de la real existencia del libre albedrío. 



Para obtener este resultado, Libet utilizó pacientes que se mantuvieron despiertos cuando eran sometidos a un episodio de cirugía cerebral. Les pidió que movieran uno de sus dedos mientras observaba electrónicamente su actividad cerebral. De esta forma pudo comprobar que hay un cuarto de segundo de retraso entre la decisión de mover el dedo y el momento presente. 



Roger Penrose, en su obra La Nueva Mente del Emperador (1989), ya describía dos experimentos que tienen que ver con el tiempo que necesita la conciencia para actuar y ser activada. El primero de estos se refería al papel activo de la consciencia y el segundo a su papel pasivo. 



La decisión necesita un segundo 



El primero de los experimentos descrito por Penrose fue realizado por Kornhuber en 1976. Unos voluntarios permitieron que se registrasen las señales eléctricas en un punto de sus cabezas (electroencefalogramas), y se les pedía que flexionaran varias veces, y repentinamente, el dedo índice de sus manos derechas a su capricho. 



La experiencia descubrió algo curioso: hay un aumento gradual del potencial eléctrico registrado por el cerebro durante un segundo entero, y hasta un segundo y medio, antes de que el dedo sea flexionado. Esto parece indicar que el proceso de decisión consciente necesita un segundo para actuar. 



El segundo experimento al que se refiere Penrose es al de Benjamin Libet, según el cual cuando se aplica un estímulo sobre la piel de los pacientes, transcurre aproximadamente medio segundo antes de que sean conscientes de dicho estímulo. 



Para Penrose, de ambos experimentos se desprende que el tiempo de nuestras "percepciones" está atrasado alrededor de medio segundo respecto al tiempo real de los acontecimientos. Es decir, aparentemente, el reloj interno de cada uno de nosotros está arasado medio segundo respecto a la velocidad real de los acontecimientos.



Cuestión de amígdalas o de neocorteza 


Para Penrose, la conclusión de estos dos experimentos considerados en conjunto es que la conciencia no puede reaccionar a una agresión externa si la respuesta tiene que tener lugar en menos de dos segundos. 



Hay una posible explicación de esta manera de proceder de la conciencia, ya que cuando el cerebro recibe un estímulo, a través de cualquiera de los cinco sentidos, lo registra en dos lugares: uno es en la amígdala y el otro es en la neocorteza. 



La amígdala es el área con forma de almendra que se encuentra en el cerebro. Es la encargada de recibir las señales de peligro potencial y la que desencadena una reacción capaz de salvar la vida. La amígdala es por tanto la primera región del cerebro en recibir un mensaje. Es muy rápida y en un instante indica si debemos atacar, huir o detenernos. 



La neocorteza, capa cerebral externa en la que se llevan a cabo funciones superiores como la planificación, el razonamiento y el lenguaje, está más lejos que la amígdala y recibe los mensajes sensoriales más tarde, pero, a diferencia de la amígdala, tiene mayores poderes de evaluación, y se detiene a considerar más cosas. Además, la neocorteza se comunica con la amígdala para ver qué opina antes de reaccionar. 



El presente sólo dura tres segundos 



Dado que el 95 por ciento de los estímulos que recibimos llegan directamente a la neocorteza y sólo un cinco por ciento van directos a la amígdala, el retraso que experimenta la conciencia en registrar las sensaciones corporales y en reaccionar puede estar relacionada con la fase de evaluación que necesita la amígdala. 



En cualquier caso, los trabajos de Libet consolidan las investigaciones sobre los mecanismos de la conciencia y el papel que desempeña el factor tiempo en los procesos cerebrales. 



Otras investigaciones, realizadas tanto con europeos como con indios yanomanis y bochimanos, han establecido a su vez una constatación universal: que el presente dura tres segundos para todas las personas. 



Tres segundos es el lapso de tiempo que necesitamos para distinguir sucesivos impactos sonoros o lumínicos, para guiñar un ojo o para cualquier movimiento corporal. Todo lo demás que añadimos, bien que una experiencia cualquiera se nos hace larga o corta, son sólo sensaciones que no tienen que ver con nuestra conciencia del presente. 



Para la mayoría de las personas, en menos de tres segundos es imposible percibir nada y a partir de ese período de tiempo, el mundo cobra realismo para la conciencia humana. Un ingrediente más a tener en cuenta a la hora de valorar los experimentos de Libet. 



_____

Fuente: http://www.tendencias21.net/El-presente-es-inalcanzable-para-el-cerebro_a485.html

Enlaces relacionados:

Un Experimento con la Libertad: El experimento de Benjamín Libet

Un Experimento con la Libertad

Por Roger Bartra
Abril 2011

ES UNA CURIOSA PARADOJA que el neurofisiólogo cuyos experimentos son los más citados para sustentar las tesis deterministas haya creído en la existencia del libre albedrío. Benjamin Libet (1916-2007) fue un científico que en los Estados Unidos se había dado a conocer en los años setenta del siglo XX por unos experimentos que mostraban que, aun cuando una sensación táctil tarda medio segundo en ser reportada concientemente por la persona, subjetivamente la percibe como si hubiese llegado exactamente en el mismo instante. Más tarde Libet instaló en su laboratorio instrumentos de registro muy precisos con el objeto de medir el tiempo transcurrido entre el momento en que una persona decide actuar (por ejemplo, mover un dedo) y el instante en que realmente lo hace. Registró con un electroencefalógrafo la actividad de la corteza cerebral y un osciloscopio cronometró cada acontecimiento. Hay que señalar que unos diez años antes dos investigadores alemanes de la universidad de Friburgo –H. H. Kornhuber y L. Deeke– habían descubierto lo que llamaron el Bereitschaftspotential, que es el potencial de preparación que aparece en la electroencefalografía momentos antes de que ocurra un movimiento voluntario. El experimento de Libet demostró que este potencial eléctrico de preparación ocurría antes de que los sujetos manifestaran su intención de ejecutar una acción, pero que esta sucedía después de haberla decidido concientemente. Mostró también que una decisión voluntaria podía abortar el movimiento, aun cuando ya se hubiese desencadenado el potencial de preparación. Más concretamente, los experimentos de Libet indicaron que los cambios eléctricos que preparan en el cerebro una acción se inician unos 550 milisegundos antes de que ocurra. Los sujetos se percatan de la intención de actuar unos 350 a 400 milisegundos después de que se inicia el potencial de preparación, pero 200 milisegundos antes de que ocurra la acción motora. Libet llegó a la conclusión de que la acción intencional se inicia inconcientemente. Pero también observó que la conciencia puede controlar el resultado del proceso mediante una especie de poder de veto: podía inhibir los mecanismos que llevan a la acción, aun cuando ya se hubiesen iniciado inconcientemente.

Los experimentos de Libet levantaron una gran polvareda de comentarios. Sus propias conclusiones han sido criticadas duramente por los deterministas, pues afirmó que el libre albedrío era una opción científica tan buena o mejor que su negación. Apoyaba su idea en una cita de Isaac Bashevis Singer: “El mayor don que ha recibido la humanidad es el libre albedrío. Es verdad que nuestro uso del libre albedrío es limitado. Pero el poco libre albedrío que tenemos es un don tan enorme y su valor potencial tan grande que por ello mismo vale la pena vivir.” Los deterministas exaltaron el resultado de los experimentos que mostraron que el acto voluntario se inicia inconcientemente, pero rechazaron la posibilidad de que la conciencia pudiese interrumpir el proceso. Libet creyó que podía existir un “campo mental conciente” capaz de actuar sin conexiones neuronales que funcionasen como mediadoras. Seguramente se inspiró en las ideas de Karl Popper, que poco antes de su muerte definió la mente como un “campo de fuerzas”, en unas reflexiones expuestas en 1992. El problema radica, desde luego, en suponer una actividad humana que no tenga ningún soporte neuronal. Si se acepta esta idea se abre la puerta al dualismo y a misteriosas instancias no materiales capaces de mover al cuerpo. En este caso no estaríamos muy lejos de imaginar al alma inmortal moviendo al cuerpo por medio de la glándula pineal, como propuso Descartes.

El determinismo, por su parte, también abre la puerta a algunos demonios. Por ejemplo: si no existe una voluntad que actúa libremente entonces podríamos tener una excusa para cualquier comportamiento inmoral, pues siempre es posible decir que la falta no la comete un individuo concientemente, sino que viene de algún proceso mecánico incontrolable, de alguna causa genética o desequilibrio bioquímico. Una escapatoria fácil ante este problema consiste simplemente en postular que el sentido moral no es más que un dispositivo cerebral, un conjunto de circuitos neuronales engarzados a partir de piezas más antiguas del cerebro de los primates y configurados por la selección natural para realizar su trabajo, según lo ha expresado Steven Pinker. Desde este punto de vista, si el dispositivo funciona mal, la causa no se encuentra en el ejercicio del libre albedrío (en la “voluntad”), sino en el módulo cerebral de una persona, a la cual no obstante se puede achacar la responsabilidad de sus actos. En este caso la culpa no recae en el alma o la conciencia sino en un mecanismo inserto en una red determinista de causas y efectos.

Se trata de una falsa explicación. Es cierto que aceptar la existencia de una “mente no física” es una violación de las leyes físicas. Pero afirmar que la mente tiene un carácter físico no ayuda en nada a explicar el funcionamiento de los procesos subyacentes a la toma de decisiones. Sería como pretender que la naturaleza física de una institución social o política es la clave para entender sus funciones.~




Roger Bartra es doctor en sociología por La Sorbona y se formó en México como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. El presente artículo fue publicado en la Revista "Letras Libres", México.





___ 

Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/columnas/un-experimento-con-la-libertad

¿Existe realmente el libre albedrío?

¿Existe realmente el libre albedrío?


Tom Stafford
BBC Future

22 agosto 2015






Posiblemente sea el experimento más famoso en neurociencia.

En 1983, Benjamin Libet desató una controversia con su demostración de que nuestra sensación de libre albedrío podría ser una ilusión.

Y es una controversia que, con el correr del tiempo, solo ha ido en aumento.

El experimento de Libet tiene tres componentes vitales: una elección, una medición de la actividad cerebral y un reloj.

La elección es mover el brazo izquierdo o el derecho. En la versión original la decisión se hace al girar la muñeca. En otras versiones de la prueba se hace levantando un dedo de la mano izquierda o de la derecha.
A los participantes se les instruye a "dejar que el impulso (de hacer el movimiento) aparezca por sí solo en cualquier momento, sin ninguna planificación previa o sin tener que concentrarse sobre cuando actuar".

Medición crucial

El tiempo exacto en el que uno hace el movimiento queda registrado al activarse los músculos del brazo.

La medición de la actividad cerebral se hace por medio de electrodos sobre el cuero cabelludo.


Puede que te parezca que estás en control de tus acciones, ¿pero no se tratará de una ilusión?


Cuando los electrodos se colocan por encima de la corteza motora (aproximadamente en el medio de la cabeza) una señal eléctrica distinta aparece entre la derecha y la izquierda, al planificar y ejecutar el movimiento en cualquiera de los dos lados.

El reloj está especialmente diseñado para permitir que los participantes perciban cambios de menos de un segundo y consiste de un solo punto que se desplaza dando vueltas a la circunferencia cada 2,56 segundos. Esto significa que al reportar la posición se está reportando el tiempo.
Si suponemos que puedes reportar la posición exactamente a un ángulo de 5 grados, esto significa que puedes usar este reloj para dar un reporte del tiempo en menos de 36 milisegundos, es decir 36 milésimas de un segundo.

Mezclando esos ingredientes, Libet realizó una medición crucial extra. Les pidió a los participantes reportar, utilizando el reloj, el punto exacto cuando tomaron la decisión de hacer el movimiento.

Resultado explosivo


Desde hacía varias décadas los fisiólogos ya sabían que una fracción de segundo antes de hacer un movimiento ocurre un cambio en las señales eléctricas en tu cerebro.
Y así fue en el experimento de Libet, en el que menos de un segundo antes de que los participantes se movieran un cambio probado podía quedar registrado utilizando los electrodos.


Si realmente creyéramos de todo corazón que la mente está basada en el cerebro, entonces sabríamos que todo cambio mental debe tener un cambio correspondiente en el cerebro.

Sin embargo, el resultado explosivo se produjo cuando los participantes reportaron su decisión de hacer el movimiento. Esto ocurrió entre el cambio eléctrico en el cerebro y el movimiento real.

Esto significa, tan seguro como que toda causa tiene un efecto, que la sensación de decidir no podía ser un reporte preciso de lo que estaba causando el movimiento.

El registro de electrodos mostró que, en cierto sentido, la decisión ya había sido tomada antes de que los participantes estuviesen conscientes de ejecutarla. Las señales del cerebro estaban cambiando antes de que ocurriese la experiencia subjetiva de tomar una decisión.

Y eso encendió la polémica. ¿Ya los cerebros de los participantes habían tomado la decisión? ¿Era la sensación de escoger simplemente una ilusión?

Intuiciones dominantes

Hay mucho más que discutir sobre la neurociencia y el libre albedrío que este único experimento, pero su simpleza permitió atrapar la imaginación de muchos de los que piensan que nuestra condición como criaturas biológicas limita nuestra libre voluntad.

Igualmente, de quienes argumentan que el libre albedrío sobrevive el reto de tener nuestras mentes basadas firmemente en nuestros cerebros biológicos.

Parte de la atracción del experimento de Libet se debe a dos intuiciones dominantes que tenemos acerca de la mente. Sin estas intuiciones el experimento no parecería tan sorprendente.

La primera intuición es la sensación de que nuestra mente es una cosa separada de nuestro ser físico, un dualismo natural que nos empuja a creer que la mente es un lugar puro, abstracto, libre de limitaciones biológicas.

Pensar un instante en la última vez que andabas de mal humor porque estabas hambriento hace añicos esta ilusión, pero yo argumentaría que sigue siendo un tema persistente en nuestra forma de pensar.


 No hay razones para pensar que somos reporteros fidedignos de todos los aspectos de nuestras mentes.


¿Por qué otra razón seríamos los menos sorprendidos de que es posible encontrar correlaciones neurales de eventos mentales?

La segunda intuición generalizada, que nos deja sorprendidos por el experimento de Libet, es la creencia de que conocemos nuestra propia mente, que nuestra experiencia subjetiva de tomar decisiones es un reporte exacto de cómo se tomó esa decisión.

Ilusión

La mente es como una máquina. Siempre que funcione bien, nos sentimos alegremente ignorantes de cómo lo hace. Es solo cuando surgen errores y contradicciones que nos llama la atención mirar bajo el capó.

Y así surgen interrogantes como: ¿Por qué no vi esa salida? ¿Cómo pude olvidar el nombre de esa persona? ¿Por qué la sensación de decidir ocurre después de los cambios del cerebro asociados con la toma de decisiones?

No hay razones para pensar que somos reporteros fidedignos de todos los aspectos de nuestras mentes. De hecho, la psicología nos da muchos ejemplos de casos en los que muchas veces nos equivocamos.

La sensación de decidir en el experimento de Libet podría ser una completa ilusión. Quizás la verdadera decisión está hecha de alguna forma "por nuestro cerebro" o tal vez simplemente sea que la sensación de decidir está atrasada con respecto a nuestra decisión real.

Solo porque reportamos erróneamente el momento de la decisión no quiere decir que no estuvimos íntimamente involucrados en tomarla, en el sentido significativo que eso pudiese tener.

Algunos creen que nuestro ser
biológico limita nuestra libre voluntad.
Cada año se escriben más cosas sobre el experimento de Libet. Es algo que ha generado una industria académica que investiga la neurociencia del libre albedrío. Hay muchas críticas y refutaciones con un intenso debate sobre cómo – y si lo es - es relevante para la libertad de nuestras elecciones de todos los días.

Incluso los partidarios de Libet tienen que admitir que la situación usada podría ser demasiado artificial para ser un modelo directo de las elecciones reales cotidianas.

Sin embargo, el experimento básico continúa inspirando discusión y generando nuevos pensamientos sobre la manera en que nuestra libertad tiene sus raíces en nuestro cerebro.

Y eso, yo argumentaría, se debe a la forma como nos ayuda a confrontar nuestras intuiciones sobre el funcionamiento de la mente y a ver que las cosas son más complicadas de lo que instintivamente imaginamos.

______

Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150817_ciencia_finde_vert_fut_libre_albedrio_lp

Enlaces relacionados: 

lunes, 6 de julio de 2015

El misterioso caso de la Cárcel de Stanford



El misterioso caso de la Cárcel de Stanford


julio 3, 2015
por Javier Jiménez Cuadros
                  @dronte


Dentro de un momento, llamarán al timbre de tu casa. Al abrir, una pareja de policías preguntará por ti. Sin comerlo ni beberlo, mientras los vecinos se asoman al descansillo, te acusarán en voz alta de robo con violencia y allanamiento, te detendrán y te llevarán, primero, a la comisaría más cercana y después a la prisión provincial.

Allí, serás desnudado, cacheado y todos tu orificios serán inspeccionados a fondo. Te despiojarán, desinfectarán y te darán un uniforme: además del mono numerado, incluirá una pesada cadena enganchada a la altura de los tobillos, unas sandalias de goma y una gorra de nylon. Solo eso. Sin ropa interior, sin calcetines. Te sentirás humillado. Y entonces, poco importará tu identidad, tus creencias o valores, te habrás convertido –emocional, física y psicológicamente– en un preso.

Eso fue lo que les pasó a nueve jóvenes californianos el 15 de agosto de 1971 durante uno de los experimentos más conocidos de la historia de la psicología: el experimento de la cárcel de Stanford. O al menos, eso es lo que nos han contado.
  
La historia popular nos relata, a grandes rasgos, como un psicólogo social, Philip Zimbardo, reunió a 21 estudiantes universitarios ‘normales’, les asignó un papel al azar (unos de presos, otros de guardias) y los metió en una cárcel falsa. Allí, en pocos días y como por generación espontánea, aparecieron las agresiones verbales, los motines e incluso la tortura. El plan inicial era mantenerlos allí durante dos semanas, pero la situación se hizo tan insostenible que hubo que dar por finalizado el experimento en tan solo seis días.

Por eso, cuando los periódicos nos hablan de unos Mozos de Escuadra condenados por torturas o los abusos de Abu Ghraib, siempre hay alguien que dice “como en la película de El Experimento“, film basado en este experimento.

Es más, no sólo lo dice la historia popular, sino la mayoría de los manuales de psicología social. Si le preguntas a tu psicólogo de guardia, lo más probable es que te confirme, entre maravillado y horrorizado, lo que son capaces de hacer las situaciones a personas normales y corrientes.

Ya conocen la historia, ahora les contaremos la verdad
No obstante, la afirmación de Zimbardo de que, gracias a sus situaciones y roles, los estudiantes se habían ‘convertido’ en prisioneros y guardias, no goza de buena salud. No está claro que esta interpretación (la ‘situacionista’) tenga alguna validez. ¡Qué digo validez! No está claro que tenga ningún sentido.

Desde las primeras críticas (Banuaziziy Movahedi, 1975), se puso en duda que en el experimento ocurriera algo por ‘generación espontánea’. Banuazizi y Movahedi demostraron convincentemente que la misma presentación del experimento predisponía a los participantes a pensar que el comportamiento de los guardias iba a ser “opresivo y hostil”. Si a eso le sumamos que, hacia finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, salieron a la luz numerosos casos de disturbios carcelarios y brutalidad por parte de los
guardias (Gray,2013) en Estados Unidos, se hace evidente que cualquier persona seleccionada con la premisa de “participar en un experimento psicológico sobre la vida en las cárceles” (como de hecho se hizo) podía tener una idea preconcebida muy clara de lo que se estaba buscando (Carnahan y McFarland, 2007).

Tampoco podemos decir que los guardias no recibieran instrucciones. El proceso de detención que he descrito arriba fue diseñado explícitamente por los investigadores para “humillar y castrar” a los prisioneros. Como el mismo Zimbardo ha reconocido recientemente (2007) y otros investigadores llevan tiempo señalando (Banyard, 2007; Gray, 2013; Haslam & Reicher, 2012), su papel fue más allá de lo que en un primer momento se dijo: tenía asignado el papel de “Superintendente” y ejerció como tal para que los guardias no tuvieran demasiado espacio a la imaginación. Los guardias fueron aleccionados tanto explícitamente en las reuniones diarias que se mantenían con el equipo investigador, como implícitamente al no ser ‘llamados al orden’ conforme iban aumentando el nivel de hostilidad y agresividad.

En un contexto como este, ese silencio por parte del investigador podía ser interpretado sin problemas como aprobación (Gray, 2013). Uno de los guardias, Dave Eshelman, confesó años después que, en cierta forma, él estaba llevando su propio experimento, “¿Hasta dónde podríamos llegar, cuánto podríamos abusar, hasta que estas personas (los investigadores) dijeran ‘ya basta’?” (Ratnesar,2011).

Uno de lo asesores del experimento, el exconvicto Carlo Prescott, escribió una carta al Stanford Daily titulada ‘La mentira del experimento de la cárcel de Stanford‘ en el que se arrepentía profundamente de su participación y acusaba a Zimbardo de haber manipulado el comportamiento de los guardias para demostrar su conclusión (Griggs, 2014).

Como ven metodológicamente el estudio es muy pobre: ni doble ciego, ni control de variables externas, ni un largo etcétera. Hasta tal punto que en el año 2002, y con financiación de la BBC, cuando Haslam y Reicher (2005, 2012; Reicher yHaslam, 2006) llevaron a cabo una ‘réplica’ del experimento pero evitando incentivar la hostilidad y los resultados fueron francamente decepcionantes para la hipótesis zimbardiana.

Pero la cosa no se queda aquí. Como señala Griggs (2014), el experimento de Zimbardo ha sido criticado por problemas de generalizabilidad y validez ecológica (Fromm,1973), el posible sesgo en la selección de participantes (Carnahan & McFarland, 2007; McFarland & Carnahan, 2009), por problema éticos (e.g., Savin, 1973) o por no dar cuenta de las diferencias individuales observadas (McGreal, 2013).

No es de extrañar que no se publicara en ninguna revista prestigiosa del área de la psicología social. Lo realmente curioso, como dice Ribkoff (2013) es “que pese a los obvios problemas conceptuales, metodológicos y éticos, el Experimento de la Cárcel de Stanford y las conclusiones propuestas por Zimbardo y otros siga siendo citado constantemente en entornos sociológicos, pedagógicos, políticos, legales y populares como una prueba del ‘poder de la situación’…”.

Entonces, ¿cómo llegó a ser tan exitoso y conocido este experimento?
¿Cómo pudo un experimento mal diseñado, publicado en una revista de segundo o tercer orden, llegar a ser tan respetado y popular? Para entenderlo, como dice Maria Konikkova, tenemos que irnos a octubre de 1971. Menos de dos meses después de la finalización del experimento y mucho antes de que ningún análisis de él hubiera sido publicado (ni probablemente, añado yo, realizado), Philip Zimbardo fue invitado a hablar como experto en la comisión para la reforma de prisiones del Congreso americano.

Tal y como comenta Konikkova, pese a que Zimbardo explicó bien el diseño del experimento, describió el estudio como “un intento para entender qué significaba psicológicamente ser guardia y ser prisionero”. Explicó que los participantes eran “la cream
de la cream de su generación”, que los guardias no habían sido aleccionados y que eran libres de crear “sus propias normas para mantener el orden, la ley y el respeto”. También expuso que “una amplia mayoría de los participantes no fueron capaces de diferenciar claramente entre su rol en el experimento y su ser verdadero”.

“La experiencia del encarcelamiento deshizo, aunque fuera temporalmente, toda una vida de aprendizaje; los valores fueron suspendidos, los autoconceptos fueron desafiados, y el lado más feo, básico y patológico de la naturaleza humana emergió a la superficie”, cito textualmente. Y siguió en esa línea durante los siguientes años ya fuera en entrevistas televisivas o en tribunas para los medios más populares de EE.UU.


Zimbardo distorsionó tanto la imagen del experimento ante la opinión pública que, para cuando se publicaron los artículos sobre el tema (1973a, 1973b) y sus consecuentes críticas (Banuazizi y Movahedi,1975), ya no había nada que hacer, el relato mítico ya estaba lanzado. Lo demás es historia.

O más bien historias. Historias, algunas falsas, otras reales como la vida misma, que os iremos contando en esta nueva serie de mitos y realidades de la psicología que empezamos hoy. Preparados, listos, adelante.

 
About Javier Jiménez Cuadros
Javier Jiménez, Consultor. Me dedico a encontrar soluciones conductuales a problemas sociales, profesionales y personales. He trabajado en las Universidades de Granada, Cambridge y Cranfield. Ahora desarrollo proyectos de consultoría, formación y divulgación con el fin de que la Psicología sea una forma de mejorar el mundo.
 
  
_____

Fuente: http://rasgolatente.es/el-misterioso-caso-de-la-carcel-de-stanford/

           
                     

Enlaces relacionados: