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lunes, 6 de julio de 2015

El misterioso caso de la Cárcel de Stanford



El misterioso caso de la Cárcel de Stanford


julio 3, 2015
por Javier Jiménez Cuadros
                  @dronte


Dentro de un momento, llamarán al timbre de tu casa. Al abrir, una pareja de policías preguntará por ti. Sin comerlo ni beberlo, mientras los vecinos se asoman al descansillo, te acusarán en voz alta de robo con violencia y allanamiento, te detendrán y te llevarán, primero, a la comisaría más cercana y después a la prisión provincial.

Allí, serás desnudado, cacheado y todos tu orificios serán inspeccionados a fondo. Te despiojarán, desinfectarán y te darán un uniforme: además del mono numerado, incluirá una pesada cadena enganchada a la altura de los tobillos, unas sandalias de goma y una gorra de nylon. Solo eso. Sin ropa interior, sin calcetines. Te sentirás humillado. Y entonces, poco importará tu identidad, tus creencias o valores, te habrás convertido –emocional, física y psicológicamente– en un preso.

Eso fue lo que les pasó a nueve jóvenes californianos el 15 de agosto de 1971 durante uno de los experimentos más conocidos de la historia de la psicología: el experimento de la cárcel de Stanford. O al menos, eso es lo que nos han contado.
  
La historia popular nos relata, a grandes rasgos, como un psicólogo social, Philip Zimbardo, reunió a 21 estudiantes universitarios ‘normales’, les asignó un papel al azar (unos de presos, otros de guardias) y los metió en una cárcel falsa. Allí, en pocos días y como por generación espontánea, aparecieron las agresiones verbales, los motines e incluso la tortura. El plan inicial era mantenerlos allí durante dos semanas, pero la situación se hizo tan insostenible que hubo que dar por finalizado el experimento en tan solo seis días.

Por eso, cuando los periódicos nos hablan de unos Mozos de Escuadra condenados por torturas o los abusos de Abu Ghraib, siempre hay alguien que dice “como en la película de El Experimento“, film basado en este experimento.

Es más, no sólo lo dice la historia popular, sino la mayoría de los manuales de psicología social. Si le preguntas a tu psicólogo de guardia, lo más probable es que te confirme, entre maravillado y horrorizado, lo que son capaces de hacer las situaciones a personas normales y corrientes.

Ya conocen la historia, ahora les contaremos la verdad
No obstante, la afirmación de Zimbardo de que, gracias a sus situaciones y roles, los estudiantes se habían ‘convertido’ en prisioneros y guardias, no goza de buena salud. No está claro que esta interpretación (la ‘situacionista’) tenga alguna validez. ¡Qué digo validez! No está claro que tenga ningún sentido.

Desde las primeras críticas (Banuaziziy Movahedi, 1975), se puso en duda que en el experimento ocurriera algo por ‘generación espontánea’. Banuazizi y Movahedi demostraron convincentemente que la misma presentación del experimento predisponía a los participantes a pensar que el comportamiento de los guardias iba a ser “opresivo y hostil”. Si a eso le sumamos que, hacia finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, salieron a la luz numerosos casos de disturbios carcelarios y brutalidad por parte de los
guardias (Gray,2013) en Estados Unidos, se hace evidente que cualquier persona seleccionada con la premisa de “participar en un experimento psicológico sobre la vida en las cárceles” (como de hecho se hizo) podía tener una idea preconcebida muy clara de lo que se estaba buscando (Carnahan y McFarland, 2007).

Tampoco podemos decir que los guardias no recibieran instrucciones. El proceso de detención que he descrito arriba fue diseñado explícitamente por los investigadores para “humillar y castrar” a los prisioneros. Como el mismo Zimbardo ha reconocido recientemente (2007) y otros investigadores llevan tiempo señalando (Banyard, 2007; Gray, 2013; Haslam & Reicher, 2012), su papel fue más allá de lo que en un primer momento se dijo: tenía asignado el papel de “Superintendente” y ejerció como tal para que los guardias no tuvieran demasiado espacio a la imaginación. Los guardias fueron aleccionados tanto explícitamente en las reuniones diarias que se mantenían con el equipo investigador, como implícitamente al no ser ‘llamados al orden’ conforme iban aumentando el nivel de hostilidad y agresividad.

En un contexto como este, ese silencio por parte del investigador podía ser interpretado sin problemas como aprobación (Gray, 2013). Uno de los guardias, Dave Eshelman, confesó años después que, en cierta forma, él estaba llevando su propio experimento, “¿Hasta dónde podríamos llegar, cuánto podríamos abusar, hasta que estas personas (los investigadores) dijeran ‘ya basta’?” (Ratnesar,2011).

Uno de lo asesores del experimento, el exconvicto Carlo Prescott, escribió una carta al Stanford Daily titulada ‘La mentira del experimento de la cárcel de Stanford‘ en el que se arrepentía profundamente de su participación y acusaba a Zimbardo de haber manipulado el comportamiento de los guardias para demostrar su conclusión (Griggs, 2014).

Como ven metodológicamente el estudio es muy pobre: ni doble ciego, ni control de variables externas, ni un largo etcétera. Hasta tal punto que en el año 2002, y con financiación de la BBC, cuando Haslam y Reicher (2005, 2012; Reicher yHaslam, 2006) llevaron a cabo una ‘réplica’ del experimento pero evitando incentivar la hostilidad y los resultados fueron francamente decepcionantes para la hipótesis zimbardiana.

Pero la cosa no se queda aquí. Como señala Griggs (2014), el experimento de Zimbardo ha sido criticado por problemas de generalizabilidad y validez ecológica (Fromm,1973), el posible sesgo en la selección de participantes (Carnahan & McFarland, 2007; McFarland & Carnahan, 2009), por problema éticos (e.g., Savin, 1973) o por no dar cuenta de las diferencias individuales observadas (McGreal, 2013).

No es de extrañar que no se publicara en ninguna revista prestigiosa del área de la psicología social. Lo realmente curioso, como dice Ribkoff (2013) es “que pese a los obvios problemas conceptuales, metodológicos y éticos, el Experimento de la Cárcel de Stanford y las conclusiones propuestas por Zimbardo y otros siga siendo citado constantemente en entornos sociológicos, pedagógicos, políticos, legales y populares como una prueba del ‘poder de la situación’…”.

Entonces, ¿cómo llegó a ser tan exitoso y conocido este experimento?
¿Cómo pudo un experimento mal diseñado, publicado en una revista de segundo o tercer orden, llegar a ser tan respetado y popular? Para entenderlo, como dice Maria Konikkova, tenemos que irnos a octubre de 1971. Menos de dos meses después de la finalización del experimento y mucho antes de que ningún análisis de él hubiera sido publicado (ni probablemente, añado yo, realizado), Philip Zimbardo fue invitado a hablar como experto en la comisión para la reforma de prisiones del Congreso americano.

Tal y como comenta Konikkova, pese a que Zimbardo explicó bien el diseño del experimento, describió el estudio como “un intento para entender qué significaba psicológicamente ser guardia y ser prisionero”. Explicó que los participantes eran “la cream
de la cream de su generación”, que los guardias no habían sido aleccionados y que eran libres de crear “sus propias normas para mantener el orden, la ley y el respeto”. También expuso que “una amplia mayoría de los participantes no fueron capaces de diferenciar claramente entre su rol en el experimento y su ser verdadero”.

“La experiencia del encarcelamiento deshizo, aunque fuera temporalmente, toda una vida de aprendizaje; los valores fueron suspendidos, los autoconceptos fueron desafiados, y el lado más feo, básico y patológico de la naturaleza humana emergió a la superficie”, cito textualmente. Y siguió en esa línea durante los siguientes años ya fuera en entrevistas televisivas o en tribunas para los medios más populares de EE.UU.


Zimbardo distorsionó tanto la imagen del experimento ante la opinión pública que, para cuando se publicaron los artículos sobre el tema (1973a, 1973b) y sus consecuentes críticas (Banuazizi y Movahedi,1975), ya no había nada que hacer, el relato mítico ya estaba lanzado. Lo demás es historia.

O más bien historias. Historias, algunas falsas, otras reales como la vida misma, que os iremos contando en esta nueva serie de mitos y realidades de la psicología que empezamos hoy. Preparados, listos, adelante.

 
About Javier Jiménez Cuadros
Javier Jiménez, Consultor. Me dedico a encontrar soluciones conductuales a problemas sociales, profesionales y personales. He trabajado en las Universidades de Granada, Cambridge y Cranfield. Ahora desarrollo proyectos de consultoría, formación y divulgación con el fin de que la Psicología sea una forma de mejorar el mundo.
 
  
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Fuente: http://rasgolatente.es/el-misterioso-caso-de-la-carcel-de-stanford/

           
                     

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domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Por qué la gente buena hace cosas malas?



¿Por qué la gente buena hace cosas malas?

Carlos López 
5 de Junio de 2014

                                          

Lo vemos a diario, la gente hace cosas malas. Gente como tu y como yo.  Algunos más preparados, otros con mejor reputación y algunos de una clase social alta; aún así hacen cosas malas. Unos roban, otros sobornan, otros chantajean e, incluso, algunos utilizan la violencia. Y en esencia, son gente como tú y como yo.



¿Por qué lo hacen?. Os lo resumo a continuación.



Cuando las personas tienen una ideología que justifique sus acciones, harán cosas malas

Philip G. Zimbardo, profesor emérito de psicología en la Universidad de Stanford lo cuenta perfectamente.



“Todo el mal comienza con una gran ideología”. “¿Cuál es la ideología del mal sobre la guerra de Irak? Seguridad nacional. La seguridad nacional es la ideología que se utiliza para justificar la tortura en Brasil. Una vez que tenga la gran ideología, el gran fin, entonces se justifican los medios.



Cuando alguien tiene poder, abusará de ese poder

Zimbardo creó una simulación de una carcel en 1971, conocida como el experimento de la prisión de Stanford (luego  hicieron la película "El Experimento". En él, los estudiantes universitarios desempeñaron los papeles de “presos” o “guardias”. Tras un primer día relativamente anodino, el segundo día se desató un motín. Los guardias se prestaron como voluntarios para hacer horas extras y disolver la revuelta, atacando a los prisioneros con extintores sin la supervisión directa del equipo investigador. A partir de ese momento, los guardias trataron de dividir a los prisioneros y enfrentarlos situándolos en bloques de celdas «buenos» y «malos», para hacerles creer que había «informantes» entre ellos. Esta treta fue muy efectiva, pues no se volvieron a producir rebeliones a gran escala. De acuerdo con los consejeros de Zimbardo, esta táctica había sido empleada con éxito también en prisiones reales estadounidenses.”El experimento demostró que las fuerzas institucionales y la presión de grupo llevaron a simples estudiantes disfrazados de guardias a ignorar el daño potencial de sus acciones sobre los demás estudiantes presos.



Si las personas llevan un uniforme o una máscara, sentirán el anonimato y se volverán más crueles

La gente puede ser más agresiva cuando se sienten en el anonimato. Lo vemos a diario en las redes socales, las burradas que se pueden decir cuando alguien escribe anónimamente y lo vemos también en las grandes multitudes como estadios de fútbol o manifestaciones. Cuando las identidades están ocultas, la violencia aumenta ya que minimiza la responsabilidad social.



Tener “visión de túnel” en los objetivos puede cegar a la gente a las consecuencias de sus acciones

Establecer y alcanzar metas es importante, pero pueden cegar la gente y olvidar las preocupaciones éticas. Los enormes bonos que ofrecen algunas empresas a sus directivos hacen que estos no actúen de la mejor manera. El caso extremo lo vimos en Enron.



Cuando la gente renombra las cosas terribles, son más fáciles de hacer

Cuando el soborno se convierte en “engrasar los engranajes”, el fraude contable se convierte en la “ingeniería financiera” o los muertos civiles se convierten en “daños colaterales”, el comportamiento no ético puede parecer menos malo. El uso de  eufemismos para las prácticas cuestionables puede liberarlos de sus connotaciones morales, haciéndolos parecer más aceptable.



Cuando las personas no sienten que están valoradas individualmente, pensarán que pueden salirse con la suya

En las grandes organizaciones, los empleados pueden comenzar a sentirse más como números o parte de una máquina que como personas. Esto puede llevar a un comportamiento poco ético ya que cuando no te sientes persona dejas de actuar como tal siendo más propenso a cometer acciones como el fraude, robo o daño a la empresa.



Si alguien está cansado, es más fácil que actúe mal

En una serie de experimentos de la Universidad de Washington el profesor Christopher Barnes encontró que la gente tiene menos capacidad para ejercer el autocontrol cuando están cansados. Lo que significa que cuando no han dormido lo suficiente  son más propensos a saltarse ciertas reglas éticas.



Si un grupo ve a alguien deshonesto, esa persona actuará deshonestamente

La forma en que las personas te ven te influye en tu forma de actuar. Cuando los empleados son vistos con desconfianza y constantemente son tratados como ladrones potenciales, es más probable que roben - los psicólogos llaman el efecto Pigmalión. La gente actúa de acuerdo a las expectativas puestas en ellos. Por ejemplo, cuando Montoro nos trata como delincuentes es cuando más ganas me entran de engañar al fisco.



Si las personas se sienten dominadas, reaccionarán

En un estudio, se pusieron en los baños de una universidad dos distintos carteles; en unos un cartel, y en los  otros,  el otro cartel:

  •      “No escriba en la paredes bajo ninguna circunstancia.”

  •      “Por favor, no escriba en estas paredes.”



¿Adivinas el resultado?



Cuando un mal comportamiento se castiga con una multa, la acción se convierte en algo económico y no en algo moral

Un estudio demostró que poniendo una multa a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos, en vez de acabar con el problema, elevó el número de padres que se retrasaban. La razón es que la multa justificaba el retraso y no se sentían mal por hacerlo.



El hambre lleva a un peor comportamiento

Es lógico, el hambre obstaculiza la capacidad de autocontrol. Un estudio reciente de la Universidad de Ohio encontró “que cuanto menor es el nivel de azúcar de un participante en el estudio, menor es el control de uno mismo”



Cuando un entorno está dañado, es más probable que la gente no siga las reglas

El ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani popularizó la  ”teoría de la ventana rota” cuando lideró un esfuerzo generalizado para reducir los índices de criminalidad. La idea era acabar con los delitos menores y limpiar la ciudad para crear una apariencia de orden y desalentar los delitos de mayor tamaño. Cuando la gente ve el desorden o desorganización, asumen que no hay autoridad real. En ese entorno, el umbral a sobrepasar los límites legales y morales es menor.



Cuando se etiqueta a un grupo de gente, se la deshumaniza y es más fácil tratarla con crueldad

En 1975 un experimento  del psicólogo Albert Bandura encontró que las etiquetas deshumanizan las personas, lo que lleva a acciones más agresivas. En el experimento, se pidió a un grupo de estudiantes que administrase descargas eléctricas a otro.



Antes de comenzar el estudio, los estudiantes escuchaban por “casualidad” (que no era tan casual) hablar a la auxiliar con distintos niveles de humanización:



  •     Neutral: “Los sujetos de la otra escuela están aquí.”

  •     Humanizado: “Los sujetos de la otra escuela están aquí, que parecen majos’”.

  •     Deshumanizado: “Los sujetos de la otra escuela están aquí, parece animales’”.



El resultado: Los estudiantes que escuchaban lo de “animales” utilizaron más descargas eléctricas que el resto.



Si alguien con autoridad te dice que hagas cosas malas, la harás

El experimento Milgram: Un científico vestido con una bata blanca de laboratorio, pidió a los participantes realizar descargas eléctricas – de 15 a 450 voltios – a una víctima (actor) cuando éste no aprendía con éxito un conjunto de palabras.



Al comienzo del experimento, Milgram predijo que 3% de los participantes daría la carga máxima. Pero finalmente el porcentaje se elevó hasta el 65% .



Conclusión: La mayoría de seres humanos obedece a otro que considera superior, antes que replantearse lo que está haciendo ni por qué lo está haciendo.



Y si estas razones no te parecen suficientes, luego tenemos el dinero y el sexo, pero eso ya da para un blog entero.


                               

Ahondando un poco más: ¿Por qué la gente se deja arrastrar por ideologías, y llevadas por estas ideologías comete abusos y hasta incurre en crímenes? Ya podríamos deducir que cuando las personas tienen una ideología que justifique sus acciones, hará cosas "malas"; asimismo, que cuándo tienen poder, abusarán de ese poder; que cuando renombran las cosas malas, éstas serán más fáciles de hacer; así como que el anonimato, la banalización del mal, la asociación diferencial y la impunidad incrementarán el comportamiento violento o inadecuado socialmente.  La respuesta quizás la hallemos en otro experimento: La Tercera Ola.


La Tercera Ola fue un experimento para demostrar que incluso las sociedades libres y abiertas no son inmunes al atractivo de ideologías autoritarias y dictatoriales, realizado por el profesor de historia Ron Jones en el marco de su estudio sobre la Alemania nazi con alumnos de secundaria, al convencer a sus estudiantes de que el movimiento eliminaría la democracia. El hecho de que la democracia enfatizara el individualismo se consideró un defecto de la democracia, y Jones hizo hincapié en ello a través de su lema "Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo".

El experimento se llevó a cabo en el Cubberley High School, un colegio de Palo Alto, California, durante la primera semana de abril de 1967. Jones, al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el partido nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados "indeseables", decidió mostrárselo. Jones escribió que comenzó con cosas simples, como la disciplina en el salón de clases, y que logró convertir a su clase de historia en un grupo con un gran sentido de la causa.

Jones llamó al movimiento "La Tercera Ola", debido a la noción popular de que la tercera de una serie de olas en el mar es siempre la más fuerte. Al parecer, el experimento cobró vida propia, cuando alumnos de toda la escuela se unieron a él.

A pesar de las implicaciones evidentes que este estudio ofrece sobre la maleabilidad mental del ser humano y de tener particular interés para los psicólogos que pudieran desear comprenderlo y prevenirlo, poco se ha hecho sobre el asunto.

El experimento fue llevado a las pantallas de cine: "Die Welle" ("La ola").



                          

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