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viernes, 22 de julio de 2016

El increíble hallazgo de 97 zonas que no se conocían del cerebro

El increíble hallazgo de 97 zonas que no se conocían del cerebro

Redacción
BBC Mundo
21 julio 2016

Estas son las áreas que responden a una tarea relacionada con el lenguaje. 
Crédito: M GLASSER, D VAN ESSEN/ WASHINGTON UNIVERSITY


Tras sentirse frustrado por tener que acudir a gráficos del cerebro creados el siglo pasado, un equipo de investigadores decidió mapear el cerebro humano.

Y el trabajo bien valió la pena, pues de 180 regiones que identificaron en cada hemisferio del cerebro, los expertos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington, en Estados Unidos, descubrieron 97 áreas nuevas en la corteza cerebral.

Se trata, según expertos, del resultado más significativo que se haya conseguido hasta la fecha para detallar el "cableado" del cerebro humano y cómo afecta al comportamiento.

El trabajo es considerado como el "atlas moderno" para los neurocientíficos o -más acorde con nuestro tiempo- la versión 1.0 de nuestro cerebro.

La corteza es la capa exterior del cerebro y tiene que ver con el conocimiento avanzado, la percepción y el movimiento, por lo que el estudio de estas nuevas zonas permitirá que entendamos mejor cómo funciona el supercomputador que tenemos en la cabeza.

"El cerebro no es como un computador que puede aceptar cualquier sistema operativo y ejecutar cualquier programa", explicó el neurocientífico David Van Esses, investigador principal.

"En cambio, la forma como funciona el cerebro está íntimamente correlacionado con su estructura, con su hardware, por decirlo de alguna forma".

Esto significa que si quieres saber qué es lo que el cerebro puede hacer, hay que entender cómo está organizado y "cableado".

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Para ello, los expertos tomaron los datos de 210 personas del proyecto Human Connectome, una investigación a largo plazo que cuenta con los escáneres cerebrales de 1.200 adultos jóvenes.


Para crear este mapa se tomaron en cuenta tanto la actividad del cerebro como sus propiedades físicas. Crédito: M GLASSER, D VAN ESSEN/ WASHINGTON UNIVERSITY


Los cerebros de los participantes fueron escaneados tanto en reposo como ejecutando distintas tareas: escuchando alguna historia o realizando juegos de memoria.

Así se pudo observar cómo responden las diferentes regiones del cerebro a las distintas actividades.

Tomaron en cuenta propiedades físicas, como la cantidad de mielina -la sustancia que envuelve las células nerviosas- o las variaciones en el plegado y espesor de la corteza.

Y se examinó la actividad cerebral cuando el participante ejecutaba cada tarea y en qué medida lo que pasaba en un área se correlacionaba y coordinaba con otras.

Para asegurarse que los resultados eran correctos, compararon los datos con otro grupo de 210 adultos sanos.

"Terminamos con 180 áreas en cada hemisferio, pero no creemos que esta vaya a ser la cifra definitiva", le dijo al sitio de la universidad Matthew Glasser, también autor del estudio.

"En algunos casos identificamos áreas de la corteza que probablemente tienen subdivisiones, pero no nos atrevimos a trazar una línea con los datos y técnica que tenemos ahora".

Para Glasser, en el futuro otros investigadores contarán con mejores métodos para subdividir el área.

"Debes pensar en este mapa como en la versión 1.0", le dijo al diario The New York Times. "Habrá una versión 2.0 en la medida que haya más datos y más ojos que analicen esos datos".

La 55b y la misteriosa POS2
Por lo pronto sabemos que algunas de esas zonas nuevas, como la 55b, se ilumina cuando la persona escucha una historia.


El motor de la corteza (arriba y en el centro) con sus conexiones de más largo alcance, contienen mielina. Crédito: M GLASSER, D VAN ESSEN/ WASHINGTON UNIVERSITY

Otras regiones tienen un mapa del campo de visión de la persona o son responsables de controlar el movimiento.

Y es posible que algunas regiones, en vez de ser responsables de una tarea específica, estén a cargo de coordinar la información que reciben de distintas señales.

"Otra zona interesante es la POS2", le dijo Glasser al sitio Gizmodo. "Todavía no sabemos lo que hace, pero tomando en cuenta su patrón único, es posible que se trate de algo muy especializado".

Fue el alemán Korbinian Brodmann quien primero hizo un mapa de la corteza cerebral a principios del siglo XX.

Brodmann identificó 50 regiones, alguna de las cuales involucradas con el lenguaje, la visión y el procesamiento sensorial. Su trabajo todavía se toma como referencia.

"Mi trabajo anterior sobre conectividad del lenguaje requirió tomar un mapa de 100 años y tratar de adivinar dónde estaban las áreas de Brodmann en relación con las vías (que queríamos determinar) debajo de ellas", señaló Glasser.

"Pronto fue bastante obvio de que necesitábamos una mejor forma de mapear las áreas en los cerebros vivientes que estábamos estudiando".

¿Nuevo, nuevo?
El profesor Simon Eickhoff, que estudia la organización del cerebro en la Universidad de Disseldorf, Alemania, y quien no estuvo involucrado en el estudio, le dijo a la BBC que este nuevo mapa era "un gran paso hacia adelante" construido con una impresionante variedad de datos.


La corteza cerebral es el tejido nervioso que cubre la parte de arriba de los hemisferios del cerebro. 
Crédito: THINKSTOCK

"Es muy útil. Mejora las descripciones que estaban disponibles hasta ahora", señaló Eickhoff.

Pero pidió cautela al calificar las 97 regiones recién delineadas como "áreas nuevas".
"Si te fijas en los mapas clásicos, incluso los del siglo XIX, en el que habían mapas de todo el cerebro, verás que hay una etiqueta para cada punto de la corteza. Ya se ha observado cualquier parte del cerebro".

"Este trabajo define algo claro donde el conocimiento había estado impreciso y quizás contradictorio. Pero 'nuevo' es tu término delicado".

Sin embargo, el neurocientífico computacional de la Universidad de Oxford Tim Behrens considera que este mapa actualizado puede cambiar la forma en que pensamos sobre el cerebro.

"Conceptualmente cambia las cosas. Las áreas del cerebro no están divididas con, vamos a decir, 50 piezas que debemos descifrar lo que hacen".


"En la medida que obtenemos más y mejores datos, lo puedes subdividir más y más; y debemos pensar en el cerebro de una forma más granular".

miércoles, 6 de julio de 2016

Las bacterias intestinales manipulan el cerebro humano

Las bacterias intestinales manipulan el cerebro humano



Se ha descubierto que unas bacterias existentes en los intestinos de los seres humanos necesitan alimentarse de sustancias químicas segregadas por el cerebro; para sobrevivir, estas bacterias dependen de un producto químico segregado por el cerebro, así lo informan en la revista “New Scientist”.  

En efecto, estas bacterias consumen GABA (1) , una molécula crucial para calmar el cerebro, y el hecho de que se alimenten de ella podría ayudar a explicar por qué el microbioma intestinal parece afectar el estado de ánimo, lo sugieren Philip Strandwitz y sus colegas de la Universidad Northeastern, Boston (EE.UU).

Este tipo de bacterias intestinales recién descubierto, conocido como KLE1738, solo crece y se reproduce si alimenta a sus moléculas con GABA, el ácido γ-aminobutírico que es el principal neurotransmisor inhibidor en el sistema nervioso central de los mamíferos y que desempeña el papel principal en la reducción de la excitabilidad neuronal del sistema nervioso de los seres humanos y de otros mamíferos. En humanos, el GABA es directamente responsable de la regulación del tono muscular.

En otras palabras, el GABA inhibe las señales de las células nerviosas, lo que elimina la excitación y tiene un efecto calmante. Los bajos niveles de GABA en el cuerpo se asocian con trastornos de depresión y del estado de ánimo.
Por lo tanto, esta es la primera prueba de que la flora intestinal puede afectar el cerebro y el estado de ánimo de la persona.
Ahora el equipo de Strandwitz trabaja para detectar otros microbios intestinales también consumidores (o quizá productores) de GABA, para utilizar estos conocimientos en el desarrollo de nuevos antidepresivos.
Cabría entonces plantearnos las siguientes interrogantes: ¿La conducta y el comportamiento dependen de una bacteria? ¿Dónde queda el libre albedrío?

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Nota:

1) El ácido γ-aminobutírico (GABA) es el principal neurotransmisor inhibidor en el sistema nervioso central (SNC) de mamíferos. Desempeña el papel principal en la reducción de excitabilidad neuronal a lo largo del sistema nervioso. En humanos, GABA es directamente responsable de la regulación del tono muscular.3

A pesar de que, en términos químicos, es un aminoácido, en las comunidades científica y médica rara vez se refieren a GABA como tal debido a que el término "aminoácido" por convención se refiere a los α aminoácidos y GABA no lo es. Además no se considera como parte de alguna proteína.

En la displejía espástica en humanos, la absorción de GABA se ve afectada de forma negativa por los nervios dañados por la lesión en las neuronas superiores motoras propias de la condición lo cual lleva a desarrollar hipertonía muscular señalizada por aquellos nervios que son incapaces de absorber GABA.


En vertebrados, GABA actúa en las sinapsis inhibidoras en el cerebro uniéndose a receptores transmembranales específicos en la membrana plasmática tanto de los procesos presinápticos como postsinápticos. Esta unión provoca la apertura de canales iónicos que permiten el flujo tanto de iones cloruro hacia dentro como el flujo de cationes de potasio hacia fuera. Esto resulta en un cambio negativo en el potencial transmembranal, generalmente provocando una hiperpolarización. Se conocen dos clases principales de receptores GABA: GABAA  en el que el receptor forma parte de un complejo de canal iónico regulado por ligando, y el receptor metabotrópico GABAB los cuales son receptores acoplados a proteínas G que abren o cierran los canales iónicos por medio de proteínas G intermediarias. 

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martes, 5 de julio de 2016

Las hembras de bonobo se enfadan más que los machos

Las hembras de bonobo se enfadan más que los machos
  • La investigación concluye afirmando, entre otros, que la agresividad y la dominación masculina no constituyen un rasgo innato, ni legado por nuestros ancestros biológicos 




Los bonobos (Pan paniscus) son una de las especies más hippies que ha dado la evolución. Son pacíficos y utilizan las relaciones sexuales para saludarse, resolver conflictos o reconciliarse.

Junto con los chimpancés (Pan troglodytes) son los parientes vivos más cercanos de los humanos. Entre ellos comparten multitud de similitudes, incluso por un tiempo fueron considerados la misma especie conocidos como ‘chimpancé pigmeo’. No obstante, mientras que los chimpancés tienden a ser agresivos –capaces de matar a miembros de su grupo deliberadamente– los bonobos son animales mucho más gentiles.

Pero a pesar de su estilo de vida libertario, también se crispan. Según un estudio de personalidad, publicado en American Journal of Primatology, las hembras de bonobos son más irritables que los machos, lo que según los investigadores podría deberse a su papel dominante dentro de sus sociedades.

Por primera vez en poblaciones salvajes y durante más de seis meses, el equipo de investigadores estudió el comportamiento de un grupo de 16 bonobos que habitan en la Reserva Científica de Luo, en la República Democrática del Congo.

Tras la observación, ocho fueron los factores dominantes que los autores destacaron del análisis del comportamiento: impasibilidad, amabilidad, agresividad, irritabilidad, actividad, alegría, introversión e higiene personal.

Algunos de los resultados eran esperados. Por ejemplo que los bonobos machos son más introvertidos que las hembras y que pierden amabilidad y ganan agresividad según se van haciendo mayores.


Sin embargo, otros fueron sorprendentes. Los investigadores no observaron diferencias entre sexos en los niveles de agresividad, aunque sí observaron que, entre machos, los rangos jerárquicos más altos se asocian con un carácter más agresivo. 

Otro hallazgo inesperado fue la ausencia de rasgos neuróticos en los bonobos, un comportamiento que ha sido ampliamente observado en otras especies de simios.

Aunque estos resultados no aportan datos sobre el comportamiento humano, ofrecen pistas para llegar a entender los cambios en el comportamiento que tuvieron lugar a lo largo de la evolución.

Los investigadores defienden que las marcadas diferencias de comportamiento entre bonobos y chimpancés hacen que ya no se pueda sugerir que la agresión y la dominación masculina presente en el ser humano sea un rasgo innato que le llega de sus ancestros.

El siguiente paso será entender si estos rasgos de personalidad son consistentes con el tiempo y si existen tendencias similares en otras comunidades bonobos.

El comportamiento pacifista de los bonobos ha sido ampliamente estudiado
debido a su contraste con el resto de primates, más agresivos en general. Según otro nuevo estudio, publicado en BioMedCentral Evolutionary Biology, este estilo de vida podría ser debido a la lotería a la que se enfrentan los machos a la hora de fecundar a las hembras.

Como sucede en otras especies, las hembras presentan una hinchazón de los genitales que se entiende como señal de fecundidad. Pero según los resultados, en las bonobos hembras solo un tercio de las ovulaciones se produce mientras esta manifestación fisiológica  está presente.

Según los expertos, esta incertidumbre ha sido esencial para que las relaciones entre ambos sexos sean menos violentas y que los machos prefieran invertir en socializar más con las hembras en lugar de enfrentarse con otros machos por conseguir aparearse.

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Fuente:

http://noticiasdelaciencia.com/not/20221/las-hembras-de-bonobo-se-enfadan-mas-que-los-machos/&num=1&strip=1&vwsrc=0

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jueves, 19 de mayo de 2016

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

Conversaciones con Ramón María Nogués (II)

A mediados de abril, se publicó en Tendencias21 de las Religiones una conversación con Ramón María Nogués, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre lo religioso desde una perspectiva biológica, neurológica y antropológica. En esta segunda entrevista se plantea el cuestionamiento neurológico de la libertad o “determinismo neurológico”.

Por Diego Bermejo
Martes, 3 de Mayo 2016

Ramón María Nogués, doctor en biología, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, es especialista en investigación en genética de poblaciones y en evolución molecular del cerebro. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre evolución, genética y relaciones entre cerebro y experiencias espirituales y religiosas. 


En 2015, fue invitado a la Universidad de Deusto para impartir tres seminarios y sendas conferencias dentro del ciclo Ciencia y Religión, en que yo mismo actuaba como organizador y moderador, sobre el tema neurociencias y espiritualidad. Recientemente, la Editorial Sal Terrae ha publicado el libro Neurociencias, espiritualidades y religiones (Sal Terrae, Santander, 2016), que recoge y completa el contenido de estos encuentros. De ellos nacieron las entrevistas que ahora publicamos (la primera apareció a mediados de abril). 



Esta conversación esta centrada globalmente en la naturaleza neurológica del ser humano, y parte del hecho de la libertad y de su consideración neurológica, para conectar con la dignidad, el yo y la personalidad humana.   
  
Otro tema estrechamente ligado a la espiritualidad es el tema de la conciencia y de la libertad. ¿Conducen las neurociencias necesariamente al determinismo y la consiguiente negación de la libertad? ¿Cuál es el estado de la cuestión? 



 Creo que lo característico del  momento actual de la neurología en relación con la libertad se situaría en desplazar las posturas fundamentalmente  ideológicas sobre la libertad (afirmación o negación a priori) hacia un planteamiento operacional; es decir, aproximarse a las decisiones humanas analizándolas como resultado de procesos complejos, para constatar cómo se desenvuelve la decisión individual y qué posibilidades de indeterminación y elección se plantean.  Este es el caso de neurólogos de primera línea como Fuster, Tse o el mismo Libet que en un primer momento sugirió dudas sobre la posibilidad de hablar de libertad. 



Actualmente  muchos eminentes neurólogos piensan que la complejidad del sistema neural del cerebro permite situar el funcionamiento cerebral humano dentro de los sistemas caótico-deterministas que se caracterizan por un  comportamiento poco predecible que admite diversas soluciones. El cerebro generaría la base comportamental básica de nuestras pulsiones y emociones y este mismo cerebro gozaría de una cierta capacidad de reorientación de estas pulsiones y de la facultad de mostrar “tarjeta roja” (es el símil que utilizaba Libet) a una conducta vivida o percibida como no adecuada. 



Esta capacidad de modular el margen de indeterminación disponible correspondería a lo que consideramos la libertad. Esta opinión está reforzada por autores expertos en física fundamental como Kaku y otros. Estos planteamientos se distancian de lo que significaría una aplicación automática y puramente teórica e ideológica del principio causa-efecto. Este principio se respeta perfectamente en el análisis de los sistemas complejos. El sistema es determinista pero caótico-determinista. 



Esto invita a poner en relación la neurociencia y la física cuántica… 



No conozco suficientemente los planteamientos cuánticos y los sistemas hipercomplejos, pero veo en autores competentes la idea de que uniendo la indeterminación, las aportaciones de la física cuántica, y una cierta dosis de azar, como dice Kahn,  hay un margen interesante para huir de las visiones simplistas y aceptar dimensiones de imprevisibilidad en la decisión humana en las que cabe un margen de libertad. Una sola de los cien mil millones de neuronas del cerebro constituye un sistema complejísimo integrado en unos estados variables moleculares y eléctricos del amplio conjunto cerebral, en el que, funcionando perfectamente el principio de causa-efecto,  se dan imprevisibilidades que admiten la denominación de márgenes de libertad, de parte del “yo” gestor (relativo pero real) del sistema. 



Lo que quiere decir es que tampoco el campo neural sería el último territorio ni la piedra fundamental sobre la que descansa la experiencia de libertad. Sino que, si entráramos en procesos cuánticos, indefinidos, complejos, inciertos, indecidibles, etc. 



Exactamente, Heisenberg… 



Entonces entraríamos en un concepto de realidad mucho más difuso, elusivo e inasible, y en el que las neuronas que estudiamos como si fueran los últimos detectores de la libertad o del determinismo, en realidad estarían abiertas a un campo de realidad que se escapa a la determinación y al control. 



El mismo Libet ya lo reconoció. El experimento Libet,  cuando se hizo, era un experimento muy elemental: hay una detección de respuesta eléctrica anterior a la toma de conciencia. Pero de aquí deducir que la libertad no tiene ningún sentido es excesivo. El mismo Libet volvió atrás de una primera interpretación de sus experiencias y en un texto último admitió la posibilidad de un cierto control secundario, libre y consciente de las respuestas generadas de forma un tanto automática por nuestro cerebro. No hay que entender esta posibilidad como una capacidad trascendental de responder de forma autónoma a todos y cada uno de los retos que nos planta la vida, con una especie de libertad trascendental y esencialista. 



Schopenhauer está siendo muy citado en estos debates: “El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”. ¿Qué dirías a esto? 



Estoy de acuerdo, porque el querer en esta frase representa al mundo impulsivo, y aquí volvemos otra vez a la idea de Libet: la mayor parte o, al menos, muchas de nuestras conductas nacen de un fondo que no controlamos conscientemente. Ahora bien, tenemos un cierto margen para darles cauce o no, y este sería el margen de la libertad, que puede ser mucho mayor en unas personas que en otras, porque naturalmente los condicionamientos son muy fuertes y, por tanto, nadie sabe exactamente cuál es el margen de libertad de un individuo concreto. 



En cualquier caso, con Ortega y otros vitalistas, podríamos decir que estamos determinados a ser libres, valga la paradoja o el oxímoron… Condenados a ser libres, afirmaban los existencialistas. 



Sí, sí... 



En torno a la libertad y a la espiritualidad, nuestra cultura muy antropocéntrica, sobre todo androcéntrica, ha puesto mucho relieve y mucho énfasis en la idea de la autorrealización, es decir, en la idea de un yo fuerte, el sujeto moderno, agente racional y libre, llamado a imponer su voluntad a un mundo convertido en objeto. Y, sin embargo, accedemos a experiencias menos verbales, menos verbalizables, arracionales –ni puramente racionales ni puramente emocionales, más bien transracionales– que estarían en el territorio de lo que llamamos espiritualidad y que tú llamas trascendencias múltiples: la ética, la estética, la espiritualidad, la religión… Me refiero en concreto a que estas experiencias que se producen en estos territorios no del todo definibles serían más bien salidas de sí –de un yo demasiado centrado, demasiado individualizado y demasiado egocéntrico– que realización de sí. El éxtasis religioso, la experiencia regalada de sentido pleno de la vida, la gratuidad de un instante gozoso, la contemplación serena de la naturaleza y el cosmos, la conmoción ante la belleza, el orgasmo erótico-sexual, la armonía repentina de un momento que reclama eternidad y reconcilia con la muerte, el deseo vivo y ardiente de justicia, el temblor ante lo sublime e incontrolable… estas experiencias y otras parecen cuestionar la idea tan moderna y racionalista de conciencia y libertad, e indicarían más bien que somos conscientes de nosotros mismo en la misma medida en que nos sentimos sobrepasados, transcendidos, transpasados por un plus de realidad para el que no tenemos ni razón, ni siquiera palabra… Esas experiencias “trans” que te hacen salir de ti, aun siendo consciente de ti, ¿tendrían alguna explicación neuronal, o entramos en un campo transneuronal de conciencia que está más allá de los cerebros individuales? ¿Sería la espiritualidad esto? 



Yo creo que aquí hay una cuestión controvertida que es el valor que la cultura occidental da al individuo, que posiblemente sea desmesurado. Por otra parte, esta misma cultura occidental se ve tentada, quién sabe si como compensación, a dejarse seducir por la idea espiritual de una corriente hindú que es el Vedanta y que insiste en la no-dualidad. Hay que destacar que el “yo” lo ponen en duda también muchos neurólogos para los que este yo sería una fantasía. Entonces aquí se plantea el tema de una manera muy curiosa, porque de una parte la afirmación del yo es una petición clara de la cultura occidental, de la libertad, el yo, el individualismo incluso; en cambio, la reivindicación espiritual está de acuerdo con lo más opuesto a la espiritualidad, con la neurología más dura, y reduccionista, la que dice que el YO es una pura ilusión, porque es una reunión de unos cuantos datos en un momento de sincronía neuronal y no pasa de aquí. Estamos aquí ante un tema muy divertido, porque los extremos se tocan, porque lo más materialista de la interpretación neural coincide con lo más espiritualista de la superación del yo. En este sentido, hemos debatido frecuentemente el tema con Corbí.  Corbí  es muy reticente ante el yo y tiende a coincidir en sus afirmaciones con las de los neurólogos que niegan el valor del yo, aunque él lo plantea desde el punto de vista de la espiritualidad o la filosofía vedanta. Estamos ante una cierta paradoja.


¿Y cuál es tu postura? 


Yo creo que neurológicamente y psicológicamente al yo hay que otorgarle una buena consistencia. Esto en el mundo occidental se ha traducido en un egocentrismo atroz y en la negación del individuo a someterse a nada. Aquí, por ejemplo,  yo creo, que hasta el mismo Freud, cuando habla de una ley superior a mí, no una ley civil, sino una ley metafísica que es superior al individuo, está criticando el individualismo de occidente. Y yo estoy de acuerdo con esta crítica. Hay algo superior, yo no soy la instancia última a la cual se ha de rendir el universo, por tanto yo he de respetar instancias superiores. ¿Cuáles son? Esto es otro tema, el de las  instancias superiores.  Yo creo que, por ejemplo, que los mitos religiosos y espirituales ayudan a reconocer que el yo no es un valor absoluto. Siempre pongo el ejemplo del mito bíblico de Caín y Abel. 



Las personas podemos llegar a la convicción de que no se puede matar a un hermano, y para esto no se necesita inevitablemente ninguna referencia religiosa. Ahora bien,  todos tenemos una debilidad y puede ser que en algún momento perdamos la convicción de que no se puede matar al hermano. Entonces, esta instancia superior que Freud la denominará un superego bueno, o que los relatos religiosos simbólicamente lo determinarán como un mandato de Dios,  creo que  es bueno que yo lo reconozca como superior a este yo ingobernable que en occidente está prestigiado a todo tren y que no reconoce ninguna superioridad a nada. Por tanto, aquí hay un juego tremendo de la neurología, de la espiritualidad y de la responsabilidad social del yo…. Y creo que aquí hay mucho material para elaborar. 



Así, pues, es probable que occidente valore desproporcionadamente el yo, pero el  yo es una pieza central e insubstituible del psiquismo normal. Sin un yo bien establecido la vida psíquica se desmorona. Un psiquismo sin un yo suficiente amenaza con la demencia. Incluso el célebre no-dualismo de la tradición Vedanta supone un yo muy bien establecido psicológicamente. La no-dualidad, paradójicamente, es una sutileza de un yo muy sólido. 



Siguiendo este mismo hilo conductor, en occidente sobre todo y en general en la historia de la humanidad -pasamos al mundo de la ética- sin yo consciente y libre no hay responsabilidad y, entonces, tampoco hay imputabilidad de actos; y, en ese caso, no habría posibilidad de hablar de ética.  Tenemos que postular, por tanto, un mínimo de yo, consciente y libre, para que la cultura ética pueda sobrevivir. 



Claro, si no, nos lo cargamos todo. 



El marco actual que define la cultura ética laica son los derechos humanos, fundados en la idea de dignidad intrínseca de todos los seres humanos. La idea de la dignidad no es unívoca y los intentos de fundamentación de la misma son todo menos “naturales” –¡y menos mal! El supuesto de la dignidad está claro que no depende de la neurociencia. ¿O sí? 



Yo creo que no. La dignidad, como tantos otros valores centrales, no podemos delimitarla neurológicamente. Es un constructo sutil mental que no es posible relacionar en su conjunto con un producto de una red neuronal, aunque podamos ser capaces de detectar alguna zona cerebral que reacciona ante la experiencia de dignidad. 



Entonces, estamos hablando ya de otras dimensiones, como hablaremos también de la estética o de la religión, que no se agotan en lo que la neurociencia pueda decir. 



Yo creo que la neurociencia humana puede captar activaciones de redes neuronales con ocasión de experiencias psicológicas o espirituales relativas a  valores como la dignidad, etc.; pero estas observaciones están muy lejos de explicar la experiencia de la dignidad, que es un “qualia” típico. Estamos ante experiencias que llamo “trascendentes” en el sentido de producirse mucho más allá de las experiencias correspondientes a las necesidades de supervivencia, que responden a  programaciones hipotalámicas, etc.  Estas expresiones humanas que van mucho más allá de lo imprescindible para la supervivencia, y que se manifiestan en lo ético, lo estético, lo religioso, lo amoroso, lo filosófico, etc., se producen evidentemente en relación con el cerebro, pero no se agotan con explicaciones neurológicas. 



En este sentido puede hablarse de trascendencia, de ir más allá de lo predecible desde la naturaleza de un cerebro que garantiza el sobrevivir. Por poner un símil: cuando yo conozco perfectamente la estructura y naturaleza del motor de un automóvil, todavía no conozco nada del posible itinerario o de los proyectos del viaje. Puedo conocer perfectamente el cerebro y desconocer algunas de sus dimensiones “transcendentes”. En este punto hay que reconocer la singularidad mental humana. No vale decir que la psicología y la cultura humana son simplemente una manifestación más de las redes neuronales. Es demasiado sencillo y reduccionista el dar este tipo de explicaciones que de una manotazo eliminan la complejidad.                                
                         
Un punto conflictivo en el diálogo neurociencia-bioética sería la identificación entre cerebro y mente. Parece que se va imponiendo en el ámbito científico la idea de que no podemos o, mejor, no debemos hablar de mente sino de cerebro. 



Hay que hablar de cerebro-mente y mejor si hubiese una expresión integrada. 



Lo otro sería incurrir en alguna versión del dualismo platónico, espiritualista… Pero surgen cuestiones bioéticas importantes que parecen exceder el ámbito de las neurociencias, en las que se plantea la realidad y dignidad de la persona… Por ejemplo, una lesión cerebral también produce una lesión mental; y determinadas lesiones cerebrales pueden incapacitar a un individuo hasta el punto de no poder reconocer en él actividad personal consciente. ¿Una lesión cerebral hace que una persona no lo sea, porque no tiene una mente completa y, por tanto, ya no es persona? ¿Qué relación existe entre vida mental y dignidad? Una persona afectada de Alzheimer, determinados síndromes mentales, o estados vegetativos no parece que debieran resolverse éticamente desde la pura y simple actividad cerebral… Además, hay muchos tipos y niveles de actividad cerebral… ¿Cuál de ellos habría de utilizarse para determinar los criterios definidores de la vida “humana”? ¿Darwinismo mental? 



Vamos a dejar el dualismo y situémonos con comodidad mental en un sistema de comprensión humana “unitarista”. Desde esta posición admitimos claramente que no existe vida mental que podamos considerar aparte de la vida cerebral, desde el punto de vista observable por la ciencia. Todo el mundo tiene derecho a admitir otras dimensiones metafísicas para el yo, pero no es el caso en el debate cerebro-mente. Entonces, nos encontramos con situaciones límite. 
Existen estados cerebrales tan degradados, que invalidan la consideración de persona para el sujeto en cuestión.



Por ejemplo, el caso de un feto anencefálico, o el de una persona sujeta al funcionamiento de máquinas respiratorias, pero cuyo cerebro no manifiesta ninguna actividad. Lluís Barraquer, el eminente neurólogo y buen amigo, comentaba los casos en que, por razones traumáticas o similares, una persona joven mantenida en un sistema mecánico adecuado aparecía respirando y con un sistema cardiocirculatorio activo, incluso con una cierta buena apariencia física, pero que en realidad estaba muerta. Fuera de estos casos-límite la situación que puede presentar un Alzheimer severo u otros casos de demencia siguen constituyendo un misterio por lo que se refiere a su dimensión personal. 



Pero también se da el caso de personas que, tras pasar por estados vegetativos severos, luego “reviven”, y vuelven a manifestar actividad mental… 



También. Aquí estamos ya en el límite. Si “reviven” hay que aceptar que no estaban muertas. Aquí existen dimensiones neurobiológicas, filosóficas, etc, en juego.  De todas maneras, si “reviven” no se planeta dificultad particular: parecían muertas y no lo estaban. Los casos más complejos se dan cuando no consta casi ninguna actividad mental y no sabemos si lo que hay es vida humana, aunque está claro que viven. Porque la vida humana no es simplemente el resultado de algunas constantes biológicas aparentes. Estas son situaciones muy delicadas, porque frecuentemente no nos consta la voluntad del afectado, y esta voluntad es fundamental. 


 Ramon Maria Nogués.
Fuente: Fragmenta Editorial.
Aún sin querer incurrir en una visión espiritualista de las cosas, es tanto lo que 


ignoramos que la tentación de volver a utilizar categorías espiritualistas parece a veces el mejor modo de poner a salvo el “misterio personal” sobre el que intuitivamente y tradicionalmente hacemos descansar la singularidad de la vida humana y que, sin este postulado, no vemos del todo garantizada con estrictos criterios neurocerebrales. La física cuántica, por otra parte, disuelve la distinción sustancial entre materia y no materia… y opera con términos y principios bastante inmaterialistas, casi espiritualistas o, al menos, idealistas… 

Cogiendo el toro por los cuernos, yo a veces paso a la consideración de las teorías de los físicos gnósticos americanos-orientales que afirman que lo único que existe es lo espiritual; la materia es un error de percepción. A mí  también me gusta jugar a veces con esta variable como provocación epistemológica,  porque realmente no sabemos cuál es la frontera que en definitiva estaría separando lo que llamamos espíritu de lo que llamamos materia. Pero esto creo que quizá no es equiparable a la cuestión de mente-cerebro, es decir, la cuestión cerebro-mente no es lo mismo que materia-espíritu. 


Me parece que la noción de mente, finalmente en la neurología, es funcional y yo no me atrevo a decir que, cuando la mente se ha degradado, todo lo espiritual haya desaparecido, porque estoy entrando en otro campo; entre otras cosas, porque el neurólogo tiene competencias en lo observable y hay un último nivel de la realidad que me parece que no es observable, y sería aquel nivel en el que discutiríamos si lo espiritual o lo material… y, en último término, llegaríamos a lo trascendente (¿Dios?); y desde luego la ciencia no es competente para hablar de Dios. Y el espíritu… ¿qué puede ser? Bueno, pues no sé…