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miércoles, 6 de julio de 2016

Las bacterias intestinales manipulan el cerebro humano

Las bacterias intestinales manipulan el cerebro humano



Se ha descubierto que unas bacterias existentes en los intestinos de los seres humanos necesitan alimentarse de sustancias químicas segregadas por el cerebro; para sobrevivir, estas bacterias dependen de un producto químico segregado por el cerebro, así lo informan en la revista “New Scientist”.  

En efecto, estas bacterias consumen GABA (1) , una molécula crucial para calmar el cerebro, y el hecho de que se alimenten de ella podría ayudar a explicar por qué el microbioma intestinal parece afectar el estado de ánimo, lo sugieren Philip Strandwitz y sus colegas de la Universidad Northeastern, Boston (EE.UU).

Este tipo de bacterias intestinales recién descubierto, conocido como KLE1738, solo crece y se reproduce si alimenta a sus moléculas con GABA, el ácido γ-aminobutírico que es el principal neurotransmisor inhibidor en el sistema nervioso central de los mamíferos y que desempeña el papel principal en la reducción de la excitabilidad neuronal del sistema nervioso de los seres humanos y de otros mamíferos. En humanos, el GABA es directamente responsable de la regulación del tono muscular.

En otras palabras, el GABA inhibe las señales de las células nerviosas, lo que elimina la excitación y tiene un efecto calmante. Los bajos niveles de GABA en el cuerpo se asocian con trastornos de depresión y del estado de ánimo.
Por lo tanto, esta es la primera prueba de que la flora intestinal puede afectar el cerebro y el estado de ánimo de la persona.
Ahora el equipo de Strandwitz trabaja para detectar otros microbios intestinales también consumidores (o quizá productores) de GABA, para utilizar estos conocimientos en el desarrollo de nuevos antidepresivos.
Cabría entonces plantearnos las siguientes interrogantes: ¿La conducta y el comportamiento dependen de una bacteria? ¿Dónde queda el libre albedrío?

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Nota:

1) El ácido γ-aminobutírico (GABA) es el principal neurotransmisor inhibidor en el sistema nervioso central (SNC) de mamíferos. Desempeña el papel principal en la reducción de excitabilidad neuronal a lo largo del sistema nervioso. En humanos, GABA es directamente responsable de la regulación del tono muscular.3

A pesar de que, en términos químicos, es un aminoácido, en las comunidades científica y médica rara vez se refieren a GABA como tal debido a que el término "aminoácido" por convención se refiere a los α aminoácidos y GABA no lo es. Además no se considera como parte de alguna proteína.

En la displejía espástica en humanos, la absorción de GABA se ve afectada de forma negativa por los nervios dañados por la lesión en las neuronas superiores motoras propias de la condición lo cual lleva a desarrollar hipertonía muscular señalizada por aquellos nervios que son incapaces de absorber GABA.


En vertebrados, GABA actúa en las sinapsis inhibidoras en el cerebro uniéndose a receptores transmembranales específicos en la membrana plasmática tanto de los procesos presinápticos como postsinápticos. Esta unión provoca la apertura de canales iónicos que permiten el flujo tanto de iones cloruro hacia dentro como el flujo de cationes de potasio hacia fuera. Esto resulta en un cambio negativo en el potencial transmembranal, generalmente provocando una hiperpolarización. Se conocen dos clases principales de receptores GABA: GABAA  en el que el receptor forma parte de un complejo de canal iónico regulado por ligando, y el receptor metabotrópico GABAB los cuales son receptores acoplados a proteínas G que abren o cierran los canales iónicos por medio de proteínas G intermediarias. 

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domingo, 29 de mayo de 2016

Los analgésicos reducen la empatía

El paracetamol reduce la empatía

Dos experimentos revelan que disminuye la capacidad de comprender el sufrimiento de otras personas


El paracetamol o acetaminofeno, uno de los analgésicos más comúnmente utilizados, reduce la capacidad de comprender el sufrimiento de otras personas, ha revelado un estudio. Previamente, se había descubierto que también disminuye algunas emociones positivas, como la alegría. En sentido contrario, algunos especialistas barajan actualmente la posibilidad de desarrollar medicinas que aumenten comportamientos prosociales, como la compasión.

 

Martes 17 de mayo de 2016

Por Yaiza Martínez.

Escritora, periodista, y Directora de Tendencias21.





El año pasado, un equipo de investigadores estadounidenses descubrió que el analgésico acetaminofeno (más conocido como paracetamol) embota las emociones positivas, como la alegría. 

Lo hicieron a partir de un experimento en el que participaron 82 personas, la mitad de las cuales tomaron una dosis de 1.000 miligramos de acetaminofeno, y la otra mitad, un placebo de aspecto idéntico. 

Tras esperar 60 minutos para que el medicamento surtiera efecto, los participantes vieron 40 fotografías seleccionadas para provocar respuestas emocionales. Las fotos eran extremadamente desagradables (niños desnutridos llorando), neutrales (una vaca en un campo) o muy agradables (niños pequeños que juegan con gatos). 

Después de ver cada foto, se pidió a los participantes que calificaran cómo de agradable eran las imágenes, en una escala de -5 a 5. Luego se les pidió que midieran la reacción emocional que habían sentido, de 0 a 10. 

Los que tomaron paracetamol clasificaron todas las fotografías de forma menos extrema que aquellos que tomaron el placebo, y lo mismo ocurrió con sus emociones. La gente que tomó el analgésico no parecía saber que estaba reaccionando de manera diferente. 

En este estudio participó Baldwin Way, profesor de psicología y miembro del Ohio State (OSU) Wexner Medical Center’s Institute for Behavioral Medicine Research de EEUU. Más recientemente, Way ha trabajado con el también psicólogo Geoffrey Durso de la OSU en una nueva investigación sobre el paracetamol. 

En este caso, lo que han descubierto los investigadores es que cuando se toma acetaminofeno también se reduce la empatía, tanto por los dolores físicos como  por los dolores sociales de otras personas. 

Los investigadores encontraron, por ejemplo, que cuando los participantes que tomaron paracetamol supieron sobre las desgracias de otros, pensaron que estos habían experimentado menos dolor y sufrimiento, en comparación con los participantes que no habían tomado ningún analgésico. 


Nuevas pruebas realizadas 

Estos resultados fueron obtenidos a partir de dos experimentos. En el primero participaron 80 estudiantes universitarios, la mitad de los cuales tomaron 1.000 mg de paracetamol, mientras que la otra mitad tomó un placebo. 

Después de esperar una hora para que el medicamento surtiera efecto, los participantes leyeron ocho relatos cortos en los que una persona sufría algún tipo de dolor.  Los participantes calificaron el dolor de cada uno de estos personajes entre  1 (ningún dolor) y  5 puntos (peor dolor posible).  En general, los participantes que habían tomado  paracetamol calificaron como menos grave el dolor de los personajes, en comparación con aquellos que habían tomado el placebo. 

En un segundo experimento,  114 estudiantes universitarios fueron divididos en dos grupos: una mitad tomó paracetamol y el resto un placebo. A todos ellos se les presentó el ruido de cuatro explosiones de dos segundos –de entre  75 y 105 decibelios-, y se les pidió que evaluasen  su ruido en una escala de entre  1 (nada desagradable) y 10 (muy desagradable). Se les pidió a continuación que imaginaran cuánta molestia causarían esas mismas explosiones en otro participante en el estudio, anónimo. 

Los resultados mostraron que, en comparación con aquellos que tomaron el placebo, los participantes que tomaron paracetamol clasificaron las explosiones de ruido como menos desagradables para ellos mismos; y también pensaron que serían menos desagradables para los demás.


Implicaciones 

La empatía, según la definición más extendida, es la habilidad que posee un individuo de percibir los pensamientos y sentimientos de otros, lo que genera sentimientos de simpatía, comprensión y ternura. En general se entiende como la acción o actitud de ponerse en el lugar de otro para verlo desde su marco interno de referencia. 

De este modo, se comprende que los resultados obtenidos en este estudio son importantes. Sobre todo si se tiene en cuenta que el acetaminofeno se encuentra en más de 600 de los medicamentos que se venden en EEUU, según se explica en una nota de prensa de la Ohio State University. 

De hecho, se calcula que, a la semana, alrededor del 23% de los adultos estadounidenses (unos 52 millones de personas) utilizan un medicamento que contiene acetaminofeno. 

Posible causa de la ‘desconexión’ 


Pero, ¿por qué un medicamento contra el dolor físico puede reducir nuestra empatía? La respuesta podemos hallarla en otra investigación de hace más de 12 años. 

En 2004, científicos del University College London (UCL) del Reino Unido hallaron que las mismas regiones cerebrales implicadas en el dolor propio se activan también cuando nos identificamos con otras personas que están padeciendo algún dolor. 

Este descubrimiento fue realizado gracias a la observación de las reacciones del cerebro, a través de imágenes de resonancia magnética (que, curiosamente, también detectaron que el efecto placebo no es sólo psicológico, pues implica una disminución de la actividad de las regiones cerebrales relacionadas con el dolor, pero eso no viene ahora al caso). 

Es decir, que si el paracetamol ‘adormece’ aquellas regiones cerebrales que nos producen dolor, inevitablemente hará que también dejemos de conectar con el dolor de otros. 

Estudios posteriores han incidido en la neurobiología de la empatía, por ejemplo, se ha descubierto que losmédicos pueden sentir el dolor de los enfermos que tratan  (e incluso experimentar alivio cuando los pacientes también los sienten);  y que la capacidad humana para identificarnos con el dolor de otros existe desde la infancia. 


Medicamentos para lograr efectos positivos 

Curiosamente, en 2015 se descubrió que otro medicamento llamado  tolcapona, y que se usa para tratar a personas con la enfermedad de Parkinson, puede   hacer a las personas más sensibles y menos tolerantes a la desigualdad social. 

El hallazgo fue realizado por científicos de la Universidad de California en Berkeley, EEUU, y apuntaba a que podría crearse una píldora destinada a impulsar la compasión humana. 

También se ha descubierto recientemente que la oxitocina, también conocida como “hormona del amor” por su importancia en las relaciones de pareja y el establecimiento de los lazos entre madre e hijo, incrementa la sensibilidad, la capacidad de confiar en otras personas y la empatía; por lo que ya se contempla su uso para modificar comportamientos. 

Por último, un libro publicado en 2011 por especialistas en bioética de Oxford analizaba la posibilidad de que en el futuro lleguen a existir medicamentos que mejoren la moralidad humana. Según los autores de la obra, los científicos están cada vez más interesados en el desarrollo de tecnologías biomédicas capaces de intervenir en los procesos biológicos que condicionan el comportamiento y el pensamiento morales.



Referencia bibliográfica:

Dominik Mischkowski, Jennifer Crocker, Baldwin M. Way. From Painkiller to Empathy Killer: Acetaminophen (Paracetamol) Reduces Empathy for Pain. Social Cognitive and Affective Neuroscience(2016). DOI: 10.1093/scan/nsw057.


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Fuente:

http://www.tendencias21.net/El-paracetamol-reduce-la-empatia_a42594.html

jueves, 19 de mayo de 2016

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

La libertad humana desde la perspectiva de la neurociencia

Conversaciones con Ramón María Nogués (II)

A mediados de abril, se publicó en Tendencias21 de las Religiones una conversación con Ramón María Nogués, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre lo religioso desde una perspectiva biológica, neurológica y antropológica. En esta segunda entrevista se plantea el cuestionamiento neurológico de la libertad o “determinismo neurológico”.

Por Diego Bermejo
Martes, 3 de Mayo 2016

Ramón María Nogués, doctor en biología, Catedrático de Biología Humana en la Universidad Autónoma de Barcelona, es especialista en investigación en genética de poblaciones y en evolución molecular del cerebro. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre evolución, genética y relaciones entre cerebro y experiencias espirituales y religiosas. 


En 2015, fue invitado a la Universidad de Deusto para impartir tres seminarios y sendas conferencias dentro del ciclo Ciencia y Religión, en que yo mismo actuaba como organizador y moderador, sobre el tema neurociencias y espiritualidad. Recientemente, la Editorial Sal Terrae ha publicado el libro Neurociencias, espiritualidades y religiones (Sal Terrae, Santander, 2016), que recoge y completa el contenido de estos encuentros. De ellos nacieron las entrevistas que ahora publicamos (la primera apareció a mediados de abril). 



Esta conversación esta centrada globalmente en la naturaleza neurológica del ser humano, y parte del hecho de la libertad y de su consideración neurológica, para conectar con la dignidad, el yo y la personalidad humana.   
  
Otro tema estrechamente ligado a la espiritualidad es el tema de la conciencia y de la libertad. ¿Conducen las neurociencias necesariamente al determinismo y la consiguiente negación de la libertad? ¿Cuál es el estado de la cuestión? 



 Creo que lo característico del  momento actual de la neurología en relación con la libertad se situaría en desplazar las posturas fundamentalmente  ideológicas sobre la libertad (afirmación o negación a priori) hacia un planteamiento operacional; es decir, aproximarse a las decisiones humanas analizándolas como resultado de procesos complejos, para constatar cómo se desenvuelve la decisión individual y qué posibilidades de indeterminación y elección se plantean.  Este es el caso de neurólogos de primera línea como Fuster, Tse o el mismo Libet que en un primer momento sugirió dudas sobre la posibilidad de hablar de libertad. 



Actualmente  muchos eminentes neurólogos piensan que la complejidad del sistema neural del cerebro permite situar el funcionamiento cerebral humano dentro de los sistemas caótico-deterministas que se caracterizan por un  comportamiento poco predecible que admite diversas soluciones. El cerebro generaría la base comportamental básica de nuestras pulsiones y emociones y este mismo cerebro gozaría de una cierta capacidad de reorientación de estas pulsiones y de la facultad de mostrar “tarjeta roja” (es el símil que utilizaba Libet) a una conducta vivida o percibida como no adecuada. 



Esta capacidad de modular el margen de indeterminación disponible correspondería a lo que consideramos la libertad. Esta opinión está reforzada por autores expertos en física fundamental como Kaku y otros. Estos planteamientos se distancian de lo que significaría una aplicación automática y puramente teórica e ideológica del principio causa-efecto. Este principio se respeta perfectamente en el análisis de los sistemas complejos. El sistema es determinista pero caótico-determinista. 



Esto invita a poner en relación la neurociencia y la física cuántica… 



No conozco suficientemente los planteamientos cuánticos y los sistemas hipercomplejos, pero veo en autores competentes la idea de que uniendo la indeterminación, las aportaciones de la física cuántica, y una cierta dosis de azar, como dice Kahn,  hay un margen interesante para huir de las visiones simplistas y aceptar dimensiones de imprevisibilidad en la decisión humana en las que cabe un margen de libertad. Una sola de los cien mil millones de neuronas del cerebro constituye un sistema complejísimo integrado en unos estados variables moleculares y eléctricos del amplio conjunto cerebral, en el que, funcionando perfectamente el principio de causa-efecto,  se dan imprevisibilidades que admiten la denominación de márgenes de libertad, de parte del “yo” gestor (relativo pero real) del sistema. 



Lo que quiere decir es que tampoco el campo neural sería el último territorio ni la piedra fundamental sobre la que descansa la experiencia de libertad. Sino que, si entráramos en procesos cuánticos, indefinidos, complejos, inciertos, indecidibles, etc. 



Exactamente, Heisenberg… 



Entonces entraríamos en un concepto de realidad mucho más difuso, elusivo e inasible, y en el que las neuronas que estudiamos como si fueran los últimos detectores de la libertad o del determinismo, en realidad estarían abiertas a un campo de realidad que se escapa a la determinación y al control. 



El mismo Libet ya lo reconoció. El experimento Libet,  cuando se hizo, era un experimento muy elemental: hay una detección de respuesta eléctrica anterior a la toma de conciencia. Pero de aquí deducir que la libertad no tiene ningún sentido es excesivo. El mismo Libet volvió atrás de una primera interpretación de sus experiencias y en un texto último admitió la posibilidad de un cierto control secundario, libre y consciente de las respuestas generadas de forma un tanto automática por nuestro cerebro. No hay que entender esta posibilidad como una capacidad trascendental de responder de forma autónoma a todos y cada uno de los retos que nos planta la vida, con una especie de libertad trascendental y esencialista. 



Schopenhauer está siendo muy citado en estos debates: “El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”. ¿Qué dirías a esto? 



Estoy de acuerdo, porque el querer en esta frase representa al mundo impulsivo, y aquí volvemos otra vez a la idea de Libet: la mayor parte o, al menos, muchas de nuestras conductas nacen de un fondo que no controlamos conscientemente. Ahora bien, tenemos un cierto margen para darles cauce o no, y este sería el margen de la libertad, que puede ser mucho mayor en unas personas que en otras, porque naturalmente los condicionamientos son muy fuertes y, por tanto, nadie sabe exactamente cuál es el margen de libertad de un individuo concreto. 



En cualquier caso, con Ortega y otros vitalistas, podríamos decir que estamos determinados a ser libres, valga la paradoja o el oxímoron… Condenados a ser libres, afirmaban los existencialistas. 



Sí, sí... 



En torno a la libertad y a la espiritualidad, nuestra cultura muy antropocéntrica, sobre todo androcéntrica, ha puesto mucho relieve y mucho énfasis en la idea de la autorrealización, es decir, en la idea de un yo fuerte, el sujeto moderno, agente racional y libre, llamado a imponer su voluntad a un mundo convertido en objeto. Y, sin embargo, accedemos a experiencias menos verbales, menos verbalizables, arracionales –ni puramente racionales ni puramente emocionales, más bien transracionales– que estarían en el territorio de lo que llamamos espiritualidad y que tú llamas trascendencias múltiples: la ética, la estética, la espiritualidad, la religión… Me refiero en concreto a que estas experiencias que se producen en estos territorios no del todo definibles serían más bien salidas de sí –de un yo demasiado centrado, demasiado individualizado y demasiado egocéntrico– que realización de sí. El éxtasis religioso, la experiencia regalada de sentido pleno de la vida, la gratuidad de un instante gozoso, la contemplación serena de la naturaleza y el cosmos, la conmoción ante la belleza, el orgasmo erótico-sexual, la armonía repentina de un momento que reclama eternidad y reconcilia con la muerte, el deseo vivo y ardiente de justicia, el temblor ante lo sublime e incontrolable… estas experiencias y otras parecen cuestionar la idea tan moderna y racionalista de conciencia y libertad, e indicarían más bien que somos conscientes de nosotros mismo en la misma medida en que nos sentimos sobrepasados, transcendidos, transpasados por un plus de realidad para el que no tenemos ni razón, ni siquiera palabra… Esas experiencias “trans” que te hacen salir de ti, aun siendo consciente de ti, ¿tendrían alguna explicación neuronal, o entramos en un campo transneuronal de conciencia que está más allá de los cerebros individuales? ¿Sería la espiritualidad esto? 



Yo creo que aquí hay una cuestión controvertida que es el valor que la cultura occidental da al individuo, que posiblemente sea desmesurado. Por otra parte, esta misma cultura occidental se ve tentada, quién sabe si como compensación, a dejarse seducir por la idea espiritual de una corriente hindú que es el Vedanta y que insiste en la no-dualidad. Hay que destacar que el “yo” lo ponen en duda también muchos neurólogos para los que este yo sería una fantasía. Entonces aquí se plantea el tema de una manera muy curiosa, porque de una parte la afirmación del yo es una petición clara de la cultura occidental, de la libertad, el yo, el individualismo incluso; en cambio, la reivindicación espiritual está de acuerdo con lo más opuesto a la espiritualidad, con la neurología más dura, y reduccionista, la que dice que el YO es una pura ilusión, porque es una reunión de unos cuantos datos en un momento de sincronía neuronal y no pasa de aquí. Estamos aquí ante un tema muy divertido, porque los extremos se tocan, porque lo más materialista de la interpretación neural coincide con lo más espiritualista de la superación del yo. En este sentido, hemos debatido frecuentemente el tema con Corbí.  Corbí  es muy reticente ante el yo y tiende a coincidir en sus afirmaciones con las de los neurólogos que niegan el valor del yo, aunque él lo plantea desde el punto de vista de la espiritualidad o la filosofía vedanta. Estamos ante una cierta paradoja.


¿Y cuál es tu postura? 


Yo creo que neurológicamente y psicológicamente al yo hay que otorgarle una buena consistencia. Esto en el mundo occidental se ha traducido en un egocentrismo atroz y en la negación del individuo a someterse a nada. Aquí, por ejemplo,  yo creo, que hasta el mismo Freud, cuando habla de una ley superior a mí, no una ley civil, sino una ley metafísica que es superior al individuo, está criticando el individualismo de occidente. Y yo estoy de acuerdo con esta crítica. Hay algo superior, yo no soy la instancia última a la cual se ha de rendir el universo, por tanto yo he de respetar instancias superiores. ¿Cuáles son? Esto es otro tema, el de las  instancias superiores.  Yo creo que, por ejemplo, que los mitos religiosos y espirituales ayudan a reconocer que el yo no es un valor absoluto. Siempre pongo el ejemplo del mito bíblico de Caín y Abel. 



Las personas podemos llegar a la convicción de que no se puede matar a un hermano, y para esto no se necesita inevitablemente ninguna referencia religiosa. Ahora bien,  todos tenemos una debilidad y puede ser que en algún momento perdamos la convicción de que no se puede matar al hermano. Entonces, esta instancia superior que Freud la denominará un superego bueno, o que los relatos religiosos simbólicamente lo determinarán como un mandato de Dios,  creo que  es bueno que yo lo reconozca como superior a este yo ingobernable que en occidente está prestigiado a todo tren y que no reconoce ninguna superioridad a nada. Por tanto, aquí hay un juego tremendo de la neurología, de la espiritualidad y de la responsabilidad social del yo…. Y creo que aquí hay mucho material para elaborar. 



Así, pues, es probable que occidente valore desproporcionadamente el yo, pero el  yo es una pieza central e insubstituible del psiquismo normal. Sin un yo bien establecido la vida psíquica se desmorona. Un psiquismo sin un yo suficiente amenaza con la demencia. Incluso el célebre no-dualismo de la tradición Vedanta supone un yo muy bien establecido psicológicamente. La no-dualidad, paradójicamente, es una sutileza de un yo muy sólido. 



Siguiendo este mismo hilo conductor, en occidente sobre todo y en general en la historia de la humanidad -pasamos al mundo de la ética- sin yo consciente y libre no hay responsabilidad y, entonces, tampoco hay imputabilidad de actos; y, en ese caso, no habría posibilidad de hablar de ética.  Tenemos que postular, por tanto, un mínimo de yo, consciente y libre, para que la cultura ética pueda sobrevivir. 



Claro, si no, nos lo cargamos todo. 



El marco actual que define la cultura ética laica son los derechos humanos, fundados en la idea de dignidad intrínseca de todos los seres humanos. La idea de la dignidad no es unívoca y los intentos de fundamentación de la misma son todo menos “naturales” –¡y menos mal! El supuesto de la dignidad está claro que no depende de la neurociencia. ¿O sí? 



Yo creo que no. La dignidad, como tantos otros valores centrales, no podemos delimitarla neurológicamente. Es un constructo sutil mental que no es posible relacionar en su conjunto con un producto de una red neuronal, aunque podamos ser capaces de detectar alguna zona cerebral que reacciona ante la experiencia de dignidad. 



Entonces, estamos hablando ya de otras dimensiones, como hablaremos también de la estética o de la religión, que no se agotan en lo que la neurociencia pueda decir. 



Yo creo que la neurociencia humana puede captar activaciones de redes neuronales con ocasión de experiencias psicológicas o espirituales relativas a  valores como la dignidad, etc.; pero estas observaciones están muy lejos de explicar la experiencia de la dignidad, que es un “qualia” típico. Estamos ante experiencias que llamo “trascendentes” en el sentido de producirse mucho más allá de las experiencias correspondientes a las necesidades de supervivencia, que responden a  programaciones hipotalámicas, etc.  Estas expresiones humanas que van mucho más allá de lo imprescindible para la supervivencia, y que se manifiestan en lo ético, lo estético, lo religioso, lo amoroso, lo filosófico, etc., se producen evidentemente en relación con el cerebro, pero no se agotan con explicaciones neurológicas. 



En este sentido puede hablarse de trascendencia, de ir más allá de lo predecible desde la naturaleza de un cerebro que garantiza el sobrevivir. Por poner un símil: cuando yo conozco perfectamente la estructura y naturaleza del motor de un automóvil, todavía no conozco nada del posible itinerario o de los proyectos del viaje. Puedo conocer perfectamente el cerebro y desconocer algunas de sus dimensiones “transcendentes”. En este punto hay que reconocer la singularidad mental humana. No vale decir que la psicología y la cultura humana son simplemente una manifestación más de las redes neuronales. Es demasiado sencillo y reduccionista el dar este tipo de explicaciones que de una manotazo eliminan la complejidad.                                
                         
Un punto conflictivo en el diálogo neurociencia-bioética sería la identificación entre cerebro y mente. Parece que se va imponiendo en el ámbito científico la idea de que no podemos o, mejor, no debemos hablar de mente sino de cerebro. 



Hay que hablar de cerebro-mente y mejor si hubiese una expresión integrada. 



Lo otro sería incurrir en alguna versión del dualismo platónico, espiritualista… Pero surgen cuestiones bioéticas importantes que parecen exceder el ámbito de las neurociencias, en las que se plantea la realidad y dignidad de la persona… Por ejemplo, una lesión cerebral también produce una lesión mental; y determinadas lesiones cerebrales pueden incapacitar a un individuo hasta el punto de no poder reconocer en él actividad personal consciente. ¿Una lesión cerebral hace que una persona no lo sea, porque no tiene una mente completa y, por tanto, ya no es persona? ¿Qué relación existe entre vida mental y dignidad? Una persona afectada de Alzheimer, determinados síndromes mentales, o estados vegetativos no parece que debieran resolverse éticamente desde la pura y simple actividad cerebral… Además, hay muchos tipos y niveles de actividad cerebral… ¿Cuál de ellos habría de utilizarse para determinar los criterios definidores de la vida “humana”? ¿Darwinismo mental? 



Vamos a dejar el dualismo y situémonos con comodidad mental en un sistema de comprensión humana “unitarista”. Desde esta posición admitimos claramente que no existe vida mental que podamos considerar aparte de la vida cerebral, desde el punto de vista observable por la ciencia. Todo el mundo tiene derecho a admitir otras dimensiones metafísicas para el yo, pero no es el caso en el debate cerebro-mente. Entonces, nos encontramos con situaciones límite. 
Existen estados cerebrales tan degradados, que invalidan la consideración de persona para el sujeto en cuestión.



Por ejemplo, el caso de un feto anencefálico, o el de una persona sujeta al funcionamiento de máquinas respiratorias, pero cuyo cerebro no manifiesta ninguna actividad. Lluís Barraquer, el eminente neurólogo y buen amigo, comentaba los casos en que, por razones traumáticas o similares, una persona joven mantenida en un sistema mecánico adecuado aparecía respirando y con un sistema cardiocirculatorio activo, incluso con una cierta buena apariencia física, pero que en realidad estaba muerta. Fuera de estos casos-límite la situación que puede presentar un Alzheimer severo u otros casos de demencia siguen constituyendo un misterio por lo que se refiere a su dimensión personal. 



Pero también se da el caso de personas que, tras pasar por estados vegetativos severos, luego “reviven”, y vuelven a manifestar actividad mental… 



También. Aquí estamos ya en el límite. Si “reviven” hay que aceptar que no estaban muertas. Aquí existen dimensiones neurobiológicas, filosóficas, etc, en juego.  De todas maneras, si “reviven” no se planeta dificultad particular: parecían muertas y no lo estaban. Los casos más complejos se dan cuando no consta casi ninguna actividad mental y no sabemos si lo que hay es vida humana, aunque está claro que viven. Porque la vida humana no es simplemente el resultado de algunas constantes biológicas aparentes. Estas son situaciones muy delicadas, porque frecuentemente no nos consta la voluntad del afectado, y esta voluntad es fundamental. 


 Ramon Maria Nogués.
Fuente: Fragmenta Editorial.
Aún sin querer incurrir en una visión espiritualista de las cosas, es tanto lo que 


ignoramos que la tentación de volver a utilizar categorías espiritualistas parece a veces el mejor modo de poner a salvo el “misterio personal” sobre el que intuitivamente y tradicionalmente hacemos descansar la singularidad de la vida humana y que, sin este postulado, no vemos del todo garantizada con estrictos criterios neurocerebrales. La física cuántica, por otra parte, disuelve la distinción sustancial entre materia y no materia… y opera con términos y principios bastante inmaterialistas, casi espiritualistas o, al menos, idealistas… 

Cogiendo el toro por los cuernos, yo a veces paso a la consideración de las teorías de los físicos gnósticos americanos-orientales que afirman que lo único que existe es lo espiritual; la materia es un error de percepción. A mí  también me gusta jugar a veces con esta variable como provocación epistemológica,  porque realmente no sabemos cuál es la frontera que en definitiva estaría separando lo que llamamos espíritu de lo que llamamos materia. Pero esto creo que quizá no es equiparable a la cuestión de mente-cerebro, es decir, la cuestión cerebro-mente no es lo mismo que materia-espíritu. 


Me parece que la noción de mente, finalmente en la neurología, es funcional y yo no me atrevo a decir que, cuando la mente se ha degradado, todo lo espiritual haya desaparecido, porque estoy entrando en otro campo; entre otras cosas, porque el neurólogo tiene competencias en lo observable y hay un último nivel de la realidad que me parece que no es observable, y sería aquel nivel en el que discutiríamos si lo espiritual o lo material… y, en último término, llegaríamos a lo trascendente (¿Dios?); y desde luego la ciencia no es competente para hablar de Dios. Y el espíritu… ¿qué puede ser? Bueno, pues no sé… 


lunes, 5 de octubre de 2015

FEROMONAS Y AGRESIVIDAD: ¿Causa y efecto?



FEROMONAS Y AGRESIVIDAD: ¿Causa y efecto?
      Las feromonas inducen atracción sexual pero... ¿también generan o provocan la agresividad?  
      Así lo demuestra una reciente investigación: La misma feromona masculina que genera atracción en una hembra virgen, induce agresión en una hembra madre, tornándola tanto o más agresiva que el propio macho.





Investigadores de la Universitat Jaume I (UJI) de Castellón han desarrollado un modelo pionero para conocer los mecanismos cerebrales que desencadenan la agresividad, según han informado fuentes de la UJI en un comunicado. 


Sus promotores aseguran que es "una oportunidad única" para descubrir las bases neuronales de la agresividad y sus mecanismos de control, "pero también para estudiar otros comportamientos sociosexuales de enorme importancia, como la atracción o los comportamientos maternal y paternal". 


El modelo, publicado en la revista “Frontiers in Behavioral Neuroscience”, permite analizar la zona cerebral conocida como el cerebro sociosexual, responsable de los comportamientos instintivos, a través de la comparación de cerebros de ratones hembras en situaciones fisiológicas como la maternidad en las que su comportamiento difiere sustancialmente del resto. 


El método propuesto ha sido desarrollado a partir de las investigaciones realizadas por Ana Martín Sánchez en su tesis doctoral, realizada en el Laboratorio de Neuroanatomía Funcional (NeuroFun) de la UJI. 

Mediante el estudio del comportamiento maternal de ratones hembra se detectó que las madres desarrollan un comportamiento agresivo frente a los ratones macho, algo que las hembras vírgenes no expresan. 

Como explica Ana Martín Sánchez, "una hembra normalmente no es agresiva. Para que agreda tiene que ocurrir que sea madre y tenga unas crías que defender; en estos casos, cuando se le acerca un ratón macho, la hembra lo va a atacar siendo tan o más agresiva que él". 


Las investigaciones previas del grupo habían demostrado que las hembras vírgenes se sienten atraídas por una feromona que los machos expulsan en su orina, pero tal como señala la investigadora Carmen Agustín, "los estudios recientes del Laboratorio NeuroFun de la UJI han demostrado que la misma feromona masculina que genera atracción en una hembra virgen, induce agresión en una hembra madre". 


Esta agresión está determinada por la zona cerebral conocida como el cerebro sociosexual, la más primitiva, similar en todos los vertebrados y responsable de comportamientos instintivos, no cognitivos, y por ello muy difíciles de controlar. 


El modelo desarrollado por los investigadores de la Universitat Jaume I contribuirá a entender cómo esta zona del cerebro gestiona el comportamiento social y cómo surge la agresividad a partir del estudio de un animal que agrede en una situación fisiológica definida como es la maternidad. 

El modelo desarrollado por el grupo NeuroFun de la UJI permitiría, mediante el análisis de esas zonas del cerebro y del cambio en la expresión de determinados genes, diseñar una estrategia farmacológica para disminuir la agresividad.

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