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martes, 1 de octubre de 2013

EL GEN DE LA MALDAD



PERSPECTIVA CIENTÍFICA Y PSICOLÓGICA

El gen de la maldad

No hay acuerdo total entre científicos y psicólogos respecto a si existe el gen de la maldad o si hay personas biológicamente más predispuestas a la perversidad. Muchos quieren creer que hay monstruos de la naturaleza. Eso les eximiría de pensar que, como dice el psicólogo Guillermo Fouce, «todos seríamos capaces de matar»

Gen de la maldad


Por: NOEMÍ LÓPEZ TRUJILLO

SEP 30 2013

La pregunta siempre fue '¿Quién mató a Laura Palmer?', pero quizá habría que reformularla y preguntarnos: ¿Seríamos capaces de matar a Laura Palmer? ¿Seríamos capaces de matar a nuestro hijo, a nuestro padre, a nuestra madre? Queremos creer que no, pero los hechos que han sucedido a lo largo de la Historia y los que suceden día a día hacen tambalear la negativa igual que trastabillan los muebles en un leve terremoto. Señorías, la sesión no ha hecho más que empezar. ¿Existe el gen de la maldad y sólo unos pocos matarían a Laura Palmer o, bajo determinadas circunstancias, todos seríamos capaces de hacerlo?

El doctor Marcelino Cereijido es experto en fisiología celular y molecular y, según él, «el afán por causar daño al prójimo es mucho más que un comportamiento psicológico. Responde a pautas y patrones que permiten un estudio de la maldad desde un punto de vista biológico». Cereijido se adelanta a la pregunta y responde: «No existe un gen de la maldad en el ser humano, pero hay circunstancias biológicas y culturales que propician la perversidad».

 

Perspectiva médica


Feggy Ostrosky, jefa del laboratorio de Neuropsicología de la Universidad Nacional de México (UNAM), también comparte esta opinión: «Hay factores genéticos, sí, pero no existen genes del mal. Los genes juegan un papel importante en la bioquímica del cerebro y en cómo se comunican las neuronas, y esto a su vez influye en la conducta». 

Un estudio del doctor Humberto Moreno relata el siguiente experimento. Se estudiaron dos grupos de personas clasificados entre violentos y no violentos, pero todos ellos sometidos en la infancia a un ambiente hostil similar. Los individuos violentos presentaban una mutación en el gen receptor de serotonina, que es la encargada, entre otras cosas, de la inhibición de la ira y de la agresión. 

En sus estudios, la doctora Ostrosky también establece que en los individuos violentos se han encontrado enzimas que en sus cerebros funcionan de manera diferente y que provocan, por ejemplo, mayor búsqueda de la novedad y poca aversión al riesgo. Sin embargo, «los genes pueden estar presentes, pero no se activan si no se dan otros factores medioambientales. Los científicos estamos aprendiendo que el medio ambiente prende o apaga los genes», argumenta la neuropsicóloga.

En la película ‘Funny Games’ (1997), de Michael Haneke, dos jóvenes se dedican a torturar a felices y acomodadas familias. No hay motivo aparente. Maldad por maldad. En el filme, los asesinos le proponen un sádico juego a la familia: «Vosotros apostáis que estaréis vivos mañana a las 12 de la mañana y nosotros que estaréis muertos». Un argumento tan sencillo como escabroso en el que asusta, como se suele decir, lo que puede llegar a hacer un ser humano a otro. Pero tenemos nuestros mecanismos de defensa para negar la crueldad ajena y pensar que jamás será propia. «Son psicópatas». Y los psicópatas, como demuestra la ciencia, tienen un cerebro diferente. 

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Wisconsin-Madison reveló que los psicópatas muestran una reducción de las conexiones entre la corteza prefrontal ventromedial (CPFVM), la parte del cerebro responsable de sentimientos como la empatía y la culpa, y la amígdala, que interviene en el miedo y la ansiedad. 

Estas personas suelen tener un cociente intelectual muy elevado y un control absoluto de sus emociones. Son conscientes de sus actos y saben qué es el bien y el mal por imposición social, pero no sienten. Muchos habrán respirado tranquilos al pensar que precisamente estos rasgos, poco comunes en la población general, les alejan de la crueldad humana. Sin embargo, el psicólogo Guillermo Fouce asegura que «todos somos un poco psicópatas».

 

Psicoticismo y neurotismo   

Cuando se estudian las personalidades, se establece una línea: en un extremo estaría el psicoticismo y en el otro el neurotismo. El primero se caracteriza por rasgos asociados a los psicópatas (falta de empatía, frialdad emocional, conductas impulsivas y agresivas…), y en el segundo, rasgos propios de personas neuróticas (inestabilidad e inseguridad emocional, ansiedad, tensión…). Fouce apunta a que nos movemos en ese continuo, y que todos tenemos características de un extremo u otro.


«Hay muchos psicópatas adaptados a la sociedad

De hecho, se habla de ‘sociedades psicópatas’, que suelen ser muy competitivas y centradas en ser operativas y materialistas. Cuando la gente vive en sociedades así, se adapta para destacar, para ser el mejor. Importas más tú que el otro. La empatía y la sensibilidad se reducen poco a poco. Los rasgos psicópatas también se ‘educan’», argumenta Fouce. Esta tesis también la mantiene Adolf Tobeña, Catedrático de Psicología Médica y Psiquiatría en la Universidad Autónoma de Barcelona: «Nuestras ganas de demostrar que somos competitivos alimenta el progreso, pero también sustenta nuestra cara más oscura».

Coged aire y pensad: Entonces, ¿qué ocurre cuando personas con las funciones cerebrales correctas, como tú, como yo, comete actos perversos e infames?

Experimentos de la psicología social

En 1962, Stanley Milgram llevó a cabo un revelador experimento. Reclamó voluntarios de todas las edades para participar en un supuesto estudio sobre memoria y aprendizaje. En realidad, Milgram quería medir la disposición de las personas para obedecer órdenes de la autoridad aun cuando estas entrasen en conflicto con su conciencia personal. Para ello, pusieron a un actor que, supuestamente, sería sometido a descargas eléctricas cuando fallase al contestar las preguntas que se le iban a realizar. 

El ‘maestro’ —el psicólogo que conducía el experimento— pedía a los participantes —que desconocían que todo estaba teatralizado— que cuando el alumno se equivocase, le administrasen descargas eléctricas. Estas iban en aumento cada vez que erraba. No podían verle, pero sí escucharle, y cuanto mayor eran las descargas, más gritaba y se quejaba de dolores en el pecho. Hasta un 65% de las personas llegaron al tope de voltios (450), y el 100% sobrepasó los 300 sin oponerse, sólo porque el maestro así se lo había pedido.

Antes del experimento, Milgram preguntó a 40 psiquiatras qué porcentaje de participantes llegaría a administrar ese nivel de descargas capaz de matar a alguien. Estos determinaron que sólo el 1%, los sádicos. Se equivocaron. «Las conclusiones venían a decir que no hay personas buenas malas, sino que todo depende de las circunstancias», explica Guillermo Fouce, quien añade que «todos seríamos capaces de matar».

 

El anonimato, crucial en la maldad

El psicólogo Philip Zimbardo realizó un experimento similar en 1971, en Stanford. Pidió voluntarios, todos universitarios, para estudiar cómo sería la vida en una cárcel. Tras entrevistas de personalidad y habiendo elegido a los más normales, unos recibieron el papel de guardianes y otros, de presos. Zimbardo sería el superintendente. A los prisioneros les encerraron y a los guardias les proporcionaron uniforme y porras, pero en todo momento sabían que se trataba de una recreación

A los pocos días, los reclusos comenzaron a rebelarse y los guardias usaron la fuerza, los golpes y la tortura psicológica para reprimirles porque «eran peligrosos», a pesar de que el superintendente, Zimbardo, les decía que no hacía falta, que recordaran que era un experimento. Sin embargo, el propio psicólogo tardó hasta seis días en cancelar aquello. Años más tarde reconoció que llegó a asustarse de sí mismo.

Zimbardo se preguntaba si las buenas personas dominan y cambian la maldad de un lugar, pero sus conclusiones apuntaron a que el mal lugar corrompe incluso a los buenos. Además, determinó que bajo el anonimato, las personas eran capaces de llevar a cabo actos de los que nunca se creyeron capaces. «El anonimato es crucial. Me pongo una máscara y significa que yo no soy yo, sino otra persona, así que no soy responsable de mis actos». 

Esto recuerda a la afamada serie Breaking Bad, en la que Walter White lleva una vida familiar tranquila y feliz que combina con otra vida en la que trafica con droga. En ella, se hace llamar Heisenberg, y en ella, es capaz de matar, capaz de hacer cosas con las que a Walter le temblaría el pulso.

A Laura Palmer le parecía tan aterrador que su propio padre abusara de ella que inventó un demonio al que achacó toda esa maldad: Bob, un espíritu que poseía y pervertía a las personas, convirtiéndolas en seres pérfidos y depravados. Y aquí, tanto científicos como psicólogos seguro que están de acuerdo: Bob, excepto en la mente de David Lynch, no existe.


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Fuente: http://www.gonzoo.com/zoom/story/el-gen-de-la-maldad-902/

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